Historia

El golpe de Estado de 1832 permitió que la muerte de Fernando VII, en el otoño del año siguiente, cogiese a los liberales encaramados en el poder. La regente María Cristina necesitaba de aquella fuerza política para defender los discutidos derechos de su hija al trono, y los liberales, por su parte, podían encontrar en la defensa del testamento de Fernando VII un principio de legitimidad y un modo de alzarse con el gobierno del país. De aquí la alianza entre los dos elementos -María Cristina con su hija Isabel II, por un lado; el partido liberal, por otro- que en el fondo no tenían miras comunes.
Sin embargo, aquella alianza no fue suficiente para evitar la guerra civil. Ni don Carlos ni sus partidarios podían resignarse a perder la herencia y la orientación política que poco antes habían creído asegurada, y se lanzaron al campo. Fue una guerra larga -siete años-, pródiga en encuentros, violenta muchas veces, y hasta cruel por sus durezas y actos de represalia, como es frecuente que ocurra en contiendas civiles.
[ ...] Los carlistas contaban con el apoyo de grandes sectores populares, especialmente en el ámbito campesino, donde se guardaban mejor las viejas tradiciones. Pero los que apoyaban a Isabel II eran, aunque pocos, los más fuertes e influyentes. Entre ellos figuraban los propietarios, los hombres de negocios, los intelectuales, los profesionales de cierta cultura. También la casi totalidad de la nobleza, una vez que comprendió que el régimen liberal no le cerraba el acceso a los puestos de mando y no iba a meterse con sus propiedades. Y, sobre todo, el ejército, cuya oficialidad se puso, casi sin excepción, a disposición del nuevo régimen. 

(J.C. Clemente; "Las guerras carlistas"; 1985: págs 7-8)


el liberalismo moderado que apoyaban la burguesía de las ciudades del litoral y los hombres de negocio que empezaban a surgir en Madrid al compás del incipiente desarrollo de la economía nacional (…) La proclamación de Isabel como heredera de la Corona no fue, pues, el resultado de un mero cabildeo cortesano. La burguesía festejó en todas partes el acontecimiento con singular aplauso (Josep Fontana)

El inicio de tal problema hemos de verlo en las leyes desamortizadoras que, paralelamente a la primera guerra, se fueron produciendo por parte de los gobiernos liberales en el poder. La desamortización iba fundamentalmente contra los bienes de la Iglesia, pero también afectó de una manera decisiva a los bienes comunales. Los aparceros y arrendatarios de las tierras de la Iglesia, que disfrutaban de las mismas prácticamente como si fueran propietarios de ellas, a cambio de unas pequeñas compensaciones anuales a los obispos o a los monasterios, quedaron convertidos en simples braceros sometidos a unos amos mucho más duros y exigentes: la oligarquía ciudadana y los caciques de pueblo, que habían adquirido a precios irrisorios las tierras eclesiales vendidas precipitadamente por el gobierno. Una identidad entre la Iglesia y el pueblo se acababa de producir como consecuencia de la nefasta medida gubernamental. La Iglesia reivindicaba las tierras que le habían sido arrebatadas, y la masa agrícola se oponía a sus nuevos amos. Con ello se producía lo contrario a lo pretendido por el régimen liberal, porque lo curioso de las leyes desamortizadoras es que intentaban fortalecer al sistema en el poder, proporcionándole, no sólo medios económicos procedentes de tales ventas, sino también quitar influencia a la Iglesia respecto a la base popular. El frente común eclesiástico-popular era ya un hecho, lo mismo que la identidad de su reivindicacionismo, y con ello la infección clerical se asentaba, dando origen a una primera desviación del exclusivo sentimiento socializante y liberalizador del pueblo que se había alzado encuadrado en el Carlismo.
Pero tal intoxicación eclesial, que pudo haber sido en cierta forma beneficiosa para el Partido, caso de haber sido protagonizada por la alta jerarquía, fue doblemente nefasta porque el episcopado se inclinó estratégicamente hacia el poder (a cambio del presupuesto gubernamental de culto y clero), mientras que al lado del Carlismo, y controlándole ideológicamente, quedó el bajo clero, totalmente reaccionario e inculto.

(José Mª de Zavala; Partido Carlista; 1976: págs 10-11)

... los intereses del campesinado fueron sacrificados y amplias capas de labriegos españoles (que anteriormente vivían en una relativa prosperidad y vieron ahora afectada su situación por el doble juego de la liquidación del régimen señorial en beneficio de los señores, y del aumento de los impuestos), se levantarían en armas contra una revolución burguesa y una reforma agraria que se hacían a sus expensas, y se encontrarían, lógicamente, del lado de los enemigos de estos cambios: del lado del carlismo (Josep Fontana; Cambio económico y actitudes políticas en la España del siglo XIX; 1973: 162)

Y así se escandalizaban los liberales tachando a los carlistas de "comunistas"


¡Viva Carlos VI y la Constitución!
"...lo que no pretende restablecer Montemolín es el absolutismo y si en cambio un gobierno constitucional. Pero no para aquí el engaño que padece nuestra credulidad. Tampoco es monarquía constitucional, como la que tenemos, ni a don Carlos lo que se pretende, no, montañeses: es el fatal comunismo en toda su extensión y horror, es este sistema desorganizador del mismo; es, en fin, el terrible combate del que no tiene contra el que tiene: en una palabra, la destrucción de la religión; es decir, “que los bienes sean comunes”, esto es, de todos en general, y de ninguno en particular: que los padres no tendrán dominio sobre sus hijos; ni éstos sujeción respecto a sus padres; que los templos y sus ministros serán abolidos... tal es el comunismo". 

“Manifest del poble de la Garriga”, 25 de enero de 1849 citado por J.C. Clemente y C. S. Costa en Montejurra 1976, Barcelona 1976, pág 13.




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