domingo, 12 de marzo de 2017

EL ENFOQUE DE LA DESGLOBALIZACIÓN

Soberanía y proteccionismo

Dos vertientes de la interpretación del proteccionismo entran en liza: la primera, la del egoísmo burgués ultranacionalista que fomenta en los pueblos la guerra de todos contra todos; la segunda, basada en una concepción más humanista, aspira a la solidaridad entre los pueblos, amparando su capacidad democrática en la autogestión por los derechos y coberturas sociales, laborales, ecológicas y medio-ambientales.

LEGITIMISTA DIGITAL
12 de marzo de 2017 

Tras el triunfo del Brexit en Gran Bretaña y la victoria de Trump en los EEUU, el mundo anglosajón ha alcanzado su punto de inflexión en cuanto a su interés por el liberalismo económico traducido en neoliberalismo desde los años 80 del siglo XX hasta la actualidad.
La presión del bloque capitalista liderado por este mundo anglosajón para que economías como la China se incorporasen al comercio internacional con el objetivo de adopción de ese libre mercado, le ha salido terriblemente caro a occidente, que pensaba vender allí sus electrodomésticos, tecnologías, bienes y servicios.
La situación actual del comercio internacional ha inhibido al mundo anglosajón respecto a China, y muchos países de la Unión Europea se preguntan qué hacer ante la inevitable presencia, no sólo del gigante asiático sino de sus efectos en la economía internacional al haber comprobado que dosis de mayor liberalismo económico sólo trae cierre de fábricas y empresas en lugar de mayor prosperidad.

Aquellos que en los años 70 y 80 presumían de liberales ante el bloque constituido por los países socialistas, se han convertido en reticentes a la práctica del libre comercio internacional porque ya no les beneficia. Han venido saqueando los recursos de los países empobrecidos que no gozan de protección social ni ambiental, y ahora muchos de estos países, han caído en la órbita de China, al comprar ésta grandes extensiones de tierra para proveer a sus ciudadanos de alimentos, lo que deja a muchos países de África sin recursos propios, sin capacidad de soberanía alimentaria porque ya no disponen de hectáreas de terreno propias destinadas a la autogestión alimentaria.
Ahora, esta burguesía neoliberal capitalista, responsable de la caída del muro de Berlín y del bloque socialista, que se ha visto durante todos estos años con las manos completamente libres para desmantelar los Estados, y por tanto para privatizar todos los sectores estratégicos de la economía bajo el paradigma anglosajón del libre comercio, nos encontramos con el egoísmo de dicha oligarquía plutócrata más propensa a encerrarse, más proclive al ultranacionalismo proteccionista desde el sistema capitalista.
Así, nos encontramos bajo la amenaza que supone la presencia creciente de las fuerzas ultraderechistas en países como Bélgica, Francia, Austria, Alemania, por no hablar de la contribución al triunfo del propio Brexit en Gran Bretaña y como los partidarios de Le Pen en Francia amenazan con hacer salir al país de la Unión Europea. Ante este contexto, no ayuda nada que las fuerzas políticas del bipartito turnista se entiendan en Europa porque han puesto de manifiesto que sirven como títeres a los poderes mercantiles y financieros, a una oligarquía plutócrata que jamás se presenta a las elecciones, pero que en realidad detenta el poder de los países en Europa y en España, quedando en evidencia. No debe sorprender en este sentido, lo que significa el entendimiento entre el Partido Socialista y el Partido Popular Europeos. La socialdemocracia europea lleva quedando en evidencia desde hace mucho tiempo al asumir y aceptar todos y cada uno de los presupuestos económicos neoliberales capitalistas: privatización y recortes de lo público, reducción del peso del Estado y entrega de la soberanía monetaria a la banca privada, lo que significa que la creación del dinero ya no es pública, sino privada. Con la venta de las empresas públicas que daban ingresos públicos y por tanto beneficios públicos que recalaban en la posible reinversión pública, el Estado perdió la posibilidad de la capacidad de la soberanía económica, una soberanía que venía de garantizar la soberanía alimentaria y la soberanía energética. En el momento en que se privatizan todas estas capacidades públicas, los Estados se convirtieron en gestores del gasto público sin ninguna posibilidad real de obtener una capacidad de acumular ingresos públicos lo suficientemente potentes para hacer frente a los gastos santitarios, educativos y de pensiones.
El mundo se ha convertido en un campo de batalla de las oligarquías plutócratas que controlan diversas áreas de influencia, y a la que representa occidente, liderados por el mundo anglosajón, parece no interesarles el neoliberalismo económico de la Escuela de Chicago bajo el enfoque de Margareth Thatcher y Ronald Reagan, por ello votaron el Brexit en Gran Bretaña y votaron a Donald Trump en los EEUU. Ello ha dado alas a la extrema derecha que promueve un proteccionismo económico capitalista y egoísta. Se trata de liberales que se vuelven proteccionistas según su conveniencia, que cuando ven que no pueden ningunear a China e imponerle su neoliberalismo económico para venderle los productos occidentales, sino que ocurre todo lo contrario, entonces, se deciden convenientemente, por el proteccionismo. Paradójico resulta, que estos liberales que acusaban de proteccionistas a los comunistas, se hayan vuelto proteccionistas. Sólo lo han hecho porque no les ha salido bien el resultado, ya que pensaban que occidente siempre dominaría el tablero económico internacional. No ha sido así.
Este pernicioso neoliberalismo económico a demás de haber contribuido como paradigma internacional en la mentalidad de los habitantes del Planeta, ha significado la asimilación de un planteamiento egoísta de una guerra de todos contra todos donde domina el más fuerte, el que tiene dinero. Ello ha puesto de manifiesto la crisis de valores sociales en cuanto al humanitarismo y la solidaridad. Estos valores estaban presentes en las economías que evitaban la relación y dinámica capitalistas, la desaparición de estas economías, llevó al triunfo irremediable del egoísmo económico. Y ahora, ese egoísmo económico, ha pasado de ser liberal o neoliberal, a un enfoque ultranacionalista y proteccionista desde un punto de vista excluyente, con todas las consideraciones de racista y xenófobo, bajo la égida del poder financiero.
¿Qué puede hacer la izquierda ante semejante cuadro contextual?
Para empezar, las fuerzas socialdemócratas deberían dejar de apoyar y pactar con las fuerzas neoliberales conservadoras que nos han traído estos lodos, para recuperar al menos, las categorías y planteamientos de la socialdemocracia defendida en los años 40, 50 y 60 del siglo XX. Y ello significa romper con todo planteamiento liberal que promueve la privatización de lo público, favoreciendo la reversión de esas privatizaciones acontecidas desde los años 70 hasta la actualidad. El apoyo de las fuerzas socialdemócratas europeas a los partidodos liberales y conservadores, lo que está contribuyendo es al desencanto de las capas populares y los estractos sociales que han perdido poder adquisitivo desde que empezó la crisis económica en 2008, y que hoy día en Europa se decantan por votar a la extrema derecha al vislumbrar la dejación que las fuerzas socialdemócratas han hecho de la defensa de lo público.
Ante esta situación del triunfo del egoísmo excluyente basado en el capitalismo proteccionista ultranacionalista dotado de un racismo asombroso y verdaderamente preocupante; ahí tenemos la respuesta de la Unión Europea ante la crisis de los Refugiados, la respuesta, no puede ser, ni seguir basada en apoyar gobiernos derechistas. Esto ya ha retratado a la socialdemocracia europea, y al PSOE con la actual gestora en brazos del Partido Popular.
En Francia significó en el seno del Partido Socialista, el triunfo de Manuel Valls sobre las ideas de Arnaud Montebourg. Este último, partidario de la desglobalización plantea como respuesta a los grandes retos y adversidades de la economía internacional, una serie de soluciones basadas en el proteccionismo solidario socialista y ecologista, para hacer frente al nuevo proteccionismo capitalista de esa oligarquía que durante todos estos años nos ha impuesto el neoliberalismo económico del libre mercado, hasta que ha notado que ya no les beneficia, y ahora quieren recurrir a prácticas proteccionistas basadas en la exclusión y en la xenofobia señalando a las víctimas del sistema capitalista, entre otros, los refugiados, símbolo de la presencia que significan los inmigrantes que vienen a Europa a buscarse la vida, como cabezas de turco, advirtiendo con sus discursos xenófobos y racistas que vienen a quitarnos nuestros puestos de trabajo.
Muchos partidarios del Brexit, en el seno del gobierno conservador, ya están planteando medidas económicas que castiguen a los empresarios que contraten mano de obra considerada extranjera, al no contratar mano de obra considerada nativa “made in UK”. Los gobiernos conservadores, ni los liberales quieren plantear esta problemática desde la perspectiva de las soluciones y coberturas sociales basadas en las garantías de los convenios colectivos donde absolutamente todos los ciudadanos que vivan y estén presentes en el país, sin exclusión y excepción, deben tener los mismos derechos de contratación. A los liberales y a los conservadores este hecho no les hace ninguna gracia, porque a los primeros se les acaba el chollo de la explotación de mano de obra barata, al no tener estos ciudadanos la posibilidad legal de ser amparados por el convenio colectivo que regule sus salarios; y a los conservadores ultranacionalistas, porque su objetivo es expulsar del país a toda esta mano de obra bajo el eslogan: “nos roban nuestro trabajo”.
Pero acceder a los mismos derechos no puede hacerse en condiciones de precariedad. La aceptación de productos foráneos en nuestras economías locales viene dada por la aceptación neoliberal de posibilitar el desarrollo de las economías extranjeras, de manera que nos encontramos numerosa cantidad de productos a precios irrisorios que compiten de forma desleal con la industria local, de manera que muchos productores conciben la idea de deslocalizar sus empresas a países donde la mano de obra es barata, no existe seguridad social, ni protección ambiental de ningún tipo. Por ello occidente se ha encontrado ocupado por una avalancha de productos y bienes que provienen del mercado asiático, entre otros de China.
La idea proteccionista surge de nuevo en las mentes de los conservadores y liberales cuando la oligarquía plutócrata a la que sirven o de la que forman parte, ya no se beneficia de esa supuesta dinámica del libre comercio internacional. Entonces su respuesta xenófoba recurre al gran muro, a la prohibición de las importaciones extranjeras tratando de convencer a una población local que no tiene donde emplearse por la crisis, que tiene dificultades de llegar a fin de mes, y no goza de un poder adquisitivo que le permita adquirir productos y bienes de un mayor valor añadido.
Algunos dirigentes de Podemos se han jactado de comprar en el “Alcampo” como forma de empatizar con una buena parte de la población desempleada y sin recursos que consume productos y bienes derivados de la precarización laboral y salarial, donde los trabajadores que elaboraron aquellos productos que se consumen en Europa, lo hicieron en condiciones de explotación laboral lamentables e indignas al no existir ni siquiera seguridad social, ni protección ambiental, lo que significa que también se ha contaminado para producirlos.
La idea del liberalismo económico que promueve el consumo y explotación de bienes y servicios en el contexto mundial de globalización neoliberal bajo la excusa de posibilitar el desarrollo de los países empobrecidos y saqueados por esas mismas políticas liberales, favorece un ciclo creciente de dependencia y empobrecimiento, que no permite a esos países en vías de desarrollo a salir de su creciente y profunda miseria, sino que los adentra en un lodazal de pobreza interminable, y al mismo tiempo condiciona al mundo entero a promover dinámicas económicas tendentes a la precarización laboral basadas en la dinamitación de las coberturas sociales laborales y sanitarias, así como medioambientales existentes en algunos países occidentales, porque para poder competir con los productos foráneos baratos, sólo existe la vía de la “chinalización” de nuestras economías, basada en la desprotección laboral, la eliminación de coste ambiental y ecológico, lo que implica la importación de la asimilación de un entorno más hostil para nuestras economías. En definitiva, al consumir productos, bienes y servicios baratos, producidos en condiciones de explotación indignas, estamos contribuyendo a favorecer la deslocalización de nuestras empresas e industrias, a las que les estamos exigiendo un compromiso y garantías sociales y ambientales, que en el resto del mundo no se aplican.
¿Cómo evitar esta precarización de la economía sin recurrir a la exclusión y a la xenofobia?
La extrema derecha ha enarbolado el discurso del muro señalando a las víctimas del capitalismo como el chivo expiatorio responsable de todos los males de nuestra sociedad, bajo el señuelo y argumento que “nos roban el trabajo”. Como decía arriba, en condiciones de igualdad, sujetas a un convenio colectivo legal donde sean evidentes las garantías laborales, sociales y medioambientales, no será posible excluir como gusta a los liberales, a las personas que no les ampara la ley y que están en una situación de vulnerabilidad y dependencia inaceptable e inadmisible, porque son agentes económicos pasto de la explotación desigual. Por ello los liberales abogan por suprimir todos los convenios sociales y laborales, para favorecer la desigualdad ante la posible contratación, porque el empresario siempre contratará una mano de obra barata que no esté sujeta a convenio colectivo alguno.
En estos mismos términos pasa exactamente lo mismo, cuando nuestras economías liberales han permitido la entrada de productos y bienes considerados baratos por la demanda interna local, se han dejado de consumir bienes y productos fabricados a nivel local, para consumir otros foráneos, producidos en condiciones que no han respetado el medio ambiente, ni los derechos sociales laborales básicos, en base a la creciente desigualdad que ha permitido el contexto de globalización neoliberal capitalista.
Proteccionismo Solidario Socialista y Ecologista
La respuesta ante esta situación que favorece el egoísmo ultranacionalista y la creciente desigualdad, no puede ser ni más ni menos que un proteccionismo solidario, socialista y ecologista que revierta la situación y condiciones explicadas anteriormente, utilizando los aranceles aduaneros como instrumento favorecedor de la política social, con la intención de igualar los precios de los productos foráneos que entran a nuestras economías, con los precios de los productos fabricados en los países respetuosos con los convenios colectivos sociales, laborales y ambientales. Es decir, no nos negamos a la posibilidad del progreso de los países empobrecidos del resto del mundo, pero los bienes y productos que nos quieran vender deberán fabricarse en condiciones laborales, sociales y ecológicas, dignas, y para ello, no vamos a permitir la destrucción del tejido empresarial público comprometido con el medio ambiente y los derechos sociales, de manera que todos los productos y bienes foráneos que entren en las economías respetuosas con el medio ambiente y los derechos de los trabajadores, serán automáticamente investidos con un precio igual al de los bienes y productos fabricados en el país que realiza la importación de esos productos. Lo que históricamente se conoce con el nombre de “prevelement”, una medida arancelaria que disuade a los consumidores del país receptor de la importación de productos y bienes foráneos, con la intención de evitar su consumo a elección del consumidor, al encontrarse con el mismo precio de consumo de los bienes foráneos y de los bienes locales, lo que les puede llevar más fácilmente a considerar de manera utilitaria el favorecer el consumo de los bienes locales, porque éstos han sido producidos en condiciones de dignidad laboral y ambiental.
Esta medida favorecería que en las economías de los países empobrecidos se tomasen en serio las medidas de política proteccionistas favorables al medio ambiente y a los derechos sociales y laborales, de manera que el excedente que destinaran al comercio internacional cumpliera realmente con un marco social y medioambiental en condiciones de dignidad humanas. De esta manera, los productos que vendieran en las economías que ya son respetuosas con estos derechos, servirían de remesas con un mayor valor añadido que posibilitaría el desarrollo en sus países a través de la dinámica del impulso de un comercio justo y solidario, donde los bienes y servicios intercambiables se hacen de acuerdo y en base a unos convenios colectivos que garantizan la protección social, laboral ecológica y ambiental. De manera que los países que no pongan en marcha estas normativas de proteccionismo laboral, social y ambiental, sus productos no tendrán nunca la posibilidad de entrar en el círculo de consumo de bienes y servicios de las economías que si responden y proceden con respeto a este marco aquí explicado.
En cuanto a la contratación de los habitantes residentes y foráneos que vivan en un país, deberían poder adherirse a un convenio social colectivo laboral que les permitiera trabajar en las mismas condiciones de igualdad, para evitar cualquier tipo y marco de explotación laboral y marginación social. La desigualdad solo favorecer el empobrecimiento, la marginación, la exclusión potenciando además economías emisoras de gases de efecto invernadero, muy perniciosas para el Planeta Tierra, y para toda la humanidad. Proteccionismo SI, pero un proteccionismo socialista, solidario y ecologista, que con el tiempo ahonde en la lectura de la producción localista de kilómetro cero, en la soberanía alimentaria y en la soberanía energética para lograr como objetivo la autogestión económica de los pueblos.

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