jueves, 8 de diciembre de 2016

LIBERALES

Del rechazo popular al liberalismo.

Es habitual escuchar entre los autodenominados "liberales" que nadie les entiende, y que la población rechaza sus postulados por pura ignorancia. Pero tal vez sean ellos los que han entendido qué es el liberalismo.

JOSÉ ANTONIO SÁNCHEZ CABEZAS / L.D.
08 de diciembre de 2016 
Dinamarca es la socialdemocracia más socialista que existe. Y si dicha nación fuese un desastre, nada objetarían los liberales a semejante afirmación. ¿Cómo negarlo, si hablamos del país que tiene los impuestos más altos del mundo, empresas públicas controlando todos los sectores clave de la economía, el 30% de la población activa son funcionarios, y tienen un Estado del Bienestar que les lleva en brazos desde que nacen hasta que mueren?


Pero resulta – vaya por Dios- que Dinamarca, la muy socialista Dinamarca, no es ningún desastre. Muy al contrario, tiene una fortaleza económica asombrosa, y es frecuentemente citado como un modelo a seguir en casi todos los sentidos. Y eso, los liberales, no lo entienden. Literalmente, no les entra en la mollera.


Ellos podrían entender que Dinamarca fuese una socialista socialdemocracia… si fuese un marasmo económico, con millones de personas en la indigencia. Eso podrían aceptarlo. También podrían asumir que Dinamarca tuviese una gestión modélica y exitosa… si fuese una nación neoliberal. Pero que los daneses sean, ¡al mismo tiempo!, socialistas y prósperos… no, eso no lo pueden entender, ni aceptar.

Una de las dos cosas – progreso danés y socialismo danés- tiene que ser falsa. Y como negar la prosperidad de Dinamarca se antoja harto difícil, muchos de ellos han escogido negar su naturaleza socialdemócrata.

Por supuesto, eso tampoco es posible por las razones ya citadas: un Estado del Bienestar enorme, acompañado de un sistema tributario insaciable y omnipresente, y custodiado por empresas públicas que dominan la economía nacional no deja margen a la duda. Pero los liberales necesitan aferrarse a algo. Y, en un momento dado, creyeron haberlo encontrado.

Llegado este punto debemos hacer una pausa, y detenernos a hacer un brevísimo repaso de lo que es el liberalismo.

El liberalismo, como tal, nace entre los siglos XVII y XVIII, es el vástago ideológico de la Revolución Industrial y de la Ilustración. Su centro de gravedad es el ser humano, con una concepción profundamente individualista que le llevó, desde el principio, a colisionar frontalmente con la Iglesia y el absolutismo. Y ello porque la primera es colectivista y antimaterialista, mientras que la segunda la razón de Estado a los derechos y libertades del individuo.

En resumidas cuentas, el liberalismo consiste en una “santificación”, tanto del derecho de propiedad, como de las libertades del individuo. Y hablamos de “libertades” en toda su extensión, no solo de las económicas. TODAS las libertades del individuo, desde la religiosa a la sexual, desde la de asociación a la de movimiento, son “sagradas”, y no tienen, no deben tener, más límite que la libertad de los demás.

Una vez dotado de libertades, y con la permanente protección de su derecho a la propiedad, el individuo debe recorrer su camino en busca de la felicidad y la autorealización. En caso de fracasar, no hallará otro culpable que no sea él mismo, y en caso de sufrir pobreza y abandono, nadie tiene la obligación de ayudarle.

Así, por ejemplo, los liberales asumen muy mal todo el sistema de pensiones y de desempleo, porque entienden que no es el Estado, sino los propios trabajadores, los que deben tener la libertad de velar – o no- por su futuro como consideren oportuno, sin que venga el Estado a integrarles coactivamente en la seguridad social pública.

La versión más extrema de este sistema estatalizado lo entramos – mira qué casualidad- en Dinamarca, país en el que los trabajadores no solamente tienen limitado el tiempo máximo durante el cual pueden percibir la prestación por desempleo, sino que además – atención- en caso de rechazar los empleos que le ofrezcan, automáticamente el ciudadano danés se queda sin derecho a la prestación.

Como es posible que el lector no haya asumido todas las ramificaciones del asunto, voy a volver a explicarlo: el trabajador danés, todos y cada uno de los meses en los que ha trabado, ha estado soportando que el Estado le “guardase” una parte de su salario, con la bienintencionada intención de devolvérselo en caso de que pierda su empleo, todo ello bajo la premisa de que “burro como eres, te lo gastarías todo en bebida y putas si pudieses”. Así que Papá Estado coge – pero no te quita, porque ese dinero sigue siendo propiedad del trabajador- esa parte de tu sueldo, y te la guarda. Para una emergencia.

En eso consiste la mal llamada “prestación por desempleo”, que, en contra de lo que su nombre sugiere, no es una limosna del Estado a cargo de los contribuyentes, sino un reembolso del trabajador de un dinero – su dinero- que el Estado le ha quitado sin más razón que devolvérselo cuando lo necesite.

Solo que el Estado danés no lo piensa devolver. En ningún caso.
En la imagen, los últimos liberales daneses, que actualmente sobreviven ocultándose en los bosques de Schleswig

Así, si el desdichado ciudadano danés conserva su empleo, seguirá sufriendo la retención año tras año, y nunca volverá a recuperar su dinero (como no lo necesitaba, ¿verdad?), pero, si por una de esas cosas que ocurre en la vida, resulta que pierde su trabajo, el sistema social danés automáticamente le buscará otro. Cualquiera. Si el ciudadano lo acepta, el Estado ya no le tiene que retornar su dinero, porque no está en paro. Y si no acepta, le sanciona quitándole el derecho al desempleo, con lo que igualmente pierde lo cotizado.

Semejante forma de actuar, que convierte lo que debería ser un servicio público en un atraco a mano armada, no responde a una concepción socialista. Al menos, la mayoría de los socialistas están en contra de semejante esperpento. Ahora bien, TAMPOCO puede ser jamás calificado como “liberal”, y ello por tres razones:

Primera, el hecho de que sea un sistema estatal de seguridad social ya choca con el principio individualista.

Segunda, el derecho de propiedad del trabajador, al privarle coactivamente de una parte de su sueldo.

Y tercera, porque es un ejemplo del Estado intentado dirigir la vida privada de sus ciudadanos. Al fin y al cabo, ¿y si el ciudadano en cuestión NO QUIERE trabajar? ¿Y si decide dedicar su pensión a vivir un año sabático, viajando y aprendiendo idiomas? ¿es que acaso no tiene derecho a vivir su vida como mejor le parezca, sin que el Estado le meta por la fuerza en otro empleo… y todo para poder quedarse con el dinero de su prestación?

Pues agárrense: este perfecto ejemplo de abuso estatal es el gran argumento de los liberales para afirmar que “en realidad Dinamarca es muy liberal”.


Semejante conclusión dice muy poco de la verdadera naturaleza de Dinamarca, pero retrata muy bien a los “liberales” que sufrimos hoy en día, y que piensan que piensan sinceramente que el liberalismo consiste en machacar a la clase trabajadora, en todo momento, y con cualquier excusa. Que el liberalismo consiste en pisotear las libertades, y violar el derecho a la propiedad…. siempre cuando sean las libertades y propiedades de los ciudadanos de a pie.

Y dicen que son liberales. Pero mienten. No son liberales. Son neoliberales, que es muy distinto.
Y afirman que las clases populares les rechazan porque no les entienden. Y de nuevo mienten. Los ciudadanos de a pie les entienden perfectamente. Por eso les rechazan.

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