sábado, 15 de octubre de 2016

¿QUÉ PROPIEDAD?

La propiedad privada, en el carlismo, está sometida a las necesidades comunitarias.

Para el carlismo, la propiedad comunal, los comunales municipales, supone el control de los recursos y medios de producción por parte de la comunidad, de la generalidad, de "lo público"

Ello viene desde el origen histórico del comunal en manos campesinas.

LEGITIMISTA DIGITAL
15 de octubre de 2016 

Las comunidades y aldeas locales en el pasado tenían acceso libre y directo a la tierra, para extraer de ella el sustento que necesitaban aquellos habitantes para vivir de forma autogestionaria, libre e independiente. Ello suponía una auténtica soberanía alimentaria, económica, política y territorial.
La llegada del feudalismo significó una situación permanente de debilidad e incertidumbre para aquellas comunidades locales que antiguamente gozaban de una protección mayor derivada de la autoridad imperial romana, pero, que una vez entra en crisis, dejó a las aldeas y comunidades locales completamente desprotegidas y a merced de señores locales patricios poderosos, o nuevos señores de la guerra, caudillos de los pueblos bárbaros.
Aquellos habitantes campesinos necesitaron buscar y ponerse bajo la protección de los señores feudales; cuanto más fuerte fuera el señor feudal, más garantías tendrían de vivir en paz, pero ya no como antes.


¿En qué se fundamentaba la diferencia?
La enfiteusis por el contrato feudal, suponía la entrega del derecho de propiedad de la tierra por parte de los campesinos a los señores feudales, con la condición, que estos les defendieran de peligros e incertidumbres frente a bandas de forajidos y peligrosos mercenarios. Esa entrega de la propiedad colectiva a los señores feudales, se hacía bajo unas condiciones muy determinadas que implicaba un compromiso de bilateralidad: “Te entregamos el derecho de propiedad de la tierra, para que nos defiendas”. Básicamente este era el compromiso que representaba el juramento de vasallaje entre los patricios y los plebeyos, entre la nobleza y el pueblo.
Una de esas condiciones radicaba en la conservación e inalteración del feudo, del territorio que estaba bajo la protección del señor feudal, y ello implicaba la imposibilidad de hacer con él, lo que le diera la gana.

El factor tierra, el uso de la misma, estaba reconocido a los campesinos, a los habitantes de las aldeas que podían acudir libremente como antaño a cubrir sus necesidades, su sustento. La propiedad comunal, aunque sesgada porque estaban entregados los derechos de propiedad a los señores feudales, seguía vigente bajo el reconocido derecho de usufructo para los habitantes del lugar. Por tanto, afirmamos, que el derecho de propiedad privada tal y como hoy se entiende y establece socava los fundamentos de la propiedad colectiva vinculada al usufructo de los ciudadanos.

El derecho a la propiedad privada está hoy reconocido en la Declaración Universal de Derechos Humanos. Es el derecho, por cierto, más pisoteado por los “fuertes” de este mundo: la plutocracia neoliberal capitalista.
El derecho a la propiedad privada, es el alegato de los ricos transmitido a los estamentos populares, para que acepten la jerarquía y las acumulaciones patrimoniales financieras, monetarias, dinerarias y en especie, que tienen por objetivo el control de los medios de producción en unas pocas manos, en manos plutócratas, dejando a las clases populares completamente desprotegidas y a merced de esas oligarquías financieras.

Mientras que en la monarquía feudal el rey y los nobles tenían que aceptar unos códigos y reglamentos de usufructo consuetudinario de los habitantes, como los derechos de pastoreo y de acceso a la tierra para la obtención legítima de su sustento, en el capitalismo, se quiebra este derecho de libre acceso a los recursos y a los bienes de la naturaleza, porque se privatiza, se parcelan las tierras, y la propiedad históricamente comunal pasa a ser propiedad privada absoluta en manos de los nuevos ricos, financieros y comerciantes, nuevos terratenientes y viejos propietarios aristócratas que aceptarán el nuevo régimen liberal burgués capitalista hoy convertido en neoliberal y neocapitalista.

Cuando el marxismo denuncia como mucho antes lo hicieron autores tradicionalistas, como Fenelon, y socialistas utópicos como Saint-Simon o Prohudon, no significa que sea una cuestión y una denuncia estrictamente marxista, porque era una denuncia y una protesta social que ya venía de lejos entre el campesinado víctimas de estos desafueros que significó para ellos la limitación e impedimento del acceso al usufructo de la tierra y los medios de producción.
Marx señala y reconoce como durante el feudalismo los campesinos y artesanos si son dueños de los medios de producción a pesad de la entrega de los derechos de propiedad jurídica, de derecho, a los nobles y señores feudales. Marx habla por ejemplo de como durante el feudalismo los trabajadores no estaban alienados en el trabajo porque cuando elaboraban sus productos, los bienes que ponían a la venta, habían sido elaborados por ellos desde su origen, de manera manual, artesanal, pasando por todo el proceso de producción hasta su finalización, lo que implicaba para aquellos trabajadores campesinos y artesanos una concienciación y personalización del trabajo, lo que implicaba la traslación al precio final del Valor del Trabajo, que era el precio, el coste, el esfuerzo y las horas dedicadas a la producción de un par de zapatos o a la recogida de la cosecha.
 Y esto, es algo que Marx simplemente describe y detalla, él no inventa nada, únicamente va tomando nota de todo el proceso y forma de vida de aquellas comunidades antiguas, como se organizaban en el comunal.

Los tradicionalistas y socialistas denunciarán los hacinamientos y lamentables condiciones de vida de los obreros, señalando la implicación negativa de la nueva interpretación que adquiere en el seno del capitalismo el derecho de propiedad privada, que no tenía nada que ver con el derecho de propiedad privada amortizada y relativa del contexto medieval.
Pero los mercaderes son los que ganan la partida y nos escriben la historia para describir un concepto de propiedad privada afín a sus intereses privados y lucrativos.

Con la aparición de la banca y la concentración de los recursos en pocas manos, lo que se busca es un nuevo enfeudamiento que no respete la propiedad privada amortizada y relativa de contexto medieva, sino que rompa todos los reglamentos y códigos del pasado amparados en los Fueros, para pasar a la situación de libre mercado, dejando a la mano invisible, a las fuerzas de la oferta y la demanda que serán quienes determinen un nuevo concepto de propiedad privada desamortizada y absoluta con el triunfo de las revoluciones liberales burguesas capitalistas en el mundo.
Así, las tierras que estaban amortizadas y vinculadas a los comunales municipales del campesinado, a la Iglesia y a la nobleza, pasaron a partir de 1833 a manos de la oligarquía capitalista.

La ruptura de los Estamentos históricos: Clero, Nobleza y Tercer Estado, significó la división de los mismos entre los grandes y pequeños, entre el Alto Clero y el bajo clero, entre la Alta Nobleza y los pequeños hidalgos, entre la Burguesía y el campesinado. Esa ruptura social significó el sometimiento de “los pequeños” por “los grandes”. Un enfrentamiento de lucha de clases que se inició por parte de los plutócratas que al influir en las políticas ilustradas de la monarquía de despotismo ilustrado y posteriormente en las liberales a partir del siglo XVIII, implicó la concentración de los recursos y los medios de producción en pocas manos, en manos de la oligarquía capitalista y financiera que se declaró en rebeldía con la vieja monarquía tradicional y se organizó en la Nación. La burguesía capitalista representada por la Nación decía representar al pueblo, cuando realmente representaba sus intereses de clase capitalista y expropiadadores.

Los viejos reinos se convirtieron en naciones que rompieron su pacto histórico con los monarcas, disolvieron los Estados o Estamentos y dejaron como intérprete al Estado-Nación Liberal Burgués Capitalista. Ese nuevo Estado, copado por la plutocracia capitalista es el que realizaría todas y cada una de las nuevas medidas liberales desamortizadoras que pondría el comunal de los municipios en manos privadas bajo el nuevo concepto e interpretación liberal de propiedad privada. Ello ha significado a partir de 1830-1833 que los intereses económicos individuales de los grupos oligárquicos poderosos quedarían por encima de las necesidades económicas colectivas de los ciudadanos del mundo, no solo de las Españas. Y por tanto, ese derecho de propiedad privada que aparece en los Derechos Humanos, es una burla en realidad al acceso de los pueblos y ciudadanos libres a la tierra y en general a los recursos y medios de producción que se encuentran hoy como ayer, desde el siglo XIX, en manos de los capitalistas burgueses.

Que el derecho de propiedad privada es en realidad la excusa de los ricos para someter a la población mundial, que viene a impedir, limitar el acceso a los comunales públicos que tradicionalmente siempre estuvieron en manos de la sociedad, y por tanto en manos públicas porque la Corona se erigía en garante de la protección de “lo público” de ese contexto público del que aquí estamos tratando.
El ciudadano común piensa que la denuncia marxista, socialista utópica, anarquista o tradicionalista al modelo económico capitalista y a la propiedad privada supone la desposesión de su casa, de su coche, … Nada más lejos de la realidad. Son las clases plutócratas, las interesadas en transmitir esta idea desenfocada a los ciudadanos del mundo, al hacerles creer que todo planteamiento comunista, significa la pérdida del derecho de propiedad personal e individual que realmente no afecta ni daña el funcionamiento y desarrollo de la economía comunal de los distintos países y estados.

La propiedad privada que se denuncia es la capitalista, porque es la que realmente expropia al campesinado y a los pueblos de sus casas y viviendas ancestrales, de su trabajo, de su vida,...
La propiedad privada capitalista es la que se erige en el mundo de manera absoluta y permite a las grandes corporaciones financieras incidir muy negativamente en las comunidades locales del mundo, al ser la plutocracia financiera y capitalista la que determina los designios del colectivo. Cuando la propiedad privada se pone al servicio de intereses individuales y egoístas que dañan al colectivo, nosotros los carlistas rechazamos esa propiedad privada. No aceptamos la propiedad privada que forma una masa financiera especuladora que aplasta la soberanía de los países y las naciones del mundo, y que favorece un nuevo enfeudamiento en manos de banqueros y capitalistas que viven de la usura y el trabajo del obrero.
El carlismo, los carlistas no aceptamos la propiedad privada de los recursos y los medios de producción porque significa que estos medios al estar en poder de una minoría plutócrata burguesa, significa como ha significado en el pasado y sigue significando en el presente, la postración de una mayoría social, obrera y trabajadora completamente desposeíada y desarraigada, que no tiene conciencia de clase, y que sigue a merced de esos usureros, y más todavía hoy, cuando han quedado las ideas socialistas huérfanas de Partido.

A la respuesta de ¿qué propiedad necesitamos?, habría que matizar el tipo de propiedad privada. El tradicionalismo siempre fue enemigo de la propiedad privada tal y como lo estaban desarrollando y considerando los liberales. No podemos quedarnos los carlistas con el simplismo de la aceptación de la propiedad privada, porque sería falso pensar que el carlismo es defensor o siempre lo fue, de la propiedad privada, es radicalmente falso. Si precisamente tuvo fuerte afluencia entre el campesinado carlista su rechazo al capitalismo liberal era precisamente por los efectos de la expropiación que sufrieron del comunal municipal. Esa expulsión del comunal público los dejó sin posibilidad de sustento y ante un mayor empobrecimiento. Precisamente, fue la propiedad privada, la defensa que hacían de ella los liberales, la que dejó al campesinado carlista en la miseria más absoluta, y esto fue lo que impulsó a las masas carlistas a luchar por Don Carlos. 

La lucha por el Rey Carlos fue una lucha por hambre de tierras, que al paso de las victorias carlistas en el campo de batalla, significaba la redistribución de las propiedades que habían sido privatizadas por los liberales, y que tras las victorias carlistas se repartían a los campesinos sin tierras, restableciendo los comunales municipales que el régimen liberal burgués capitalista había privatizado. Por esto el carlismo es incompatible con el concepto de propiedad privada, absoluta liberal y desamortizadora que impone el capitalismo. La única propiedad privada que el carlismo permite es la personal, la amortizada, que es una propiedad privada que es relativa porque se somete a las decisiones colectivas de nuestra sociedad, porque impide y tiene el objetivo de impedir el gobierno financiero de las grandes corporaciones plutócratas internacionales en las decisiones libres y soberanas de los distintos pueblos y colectivos; porque sostiene el principio de democracia foral participativa bajo las decisiones tomadas en los Concejos. Por tanto las sociedades anónimas son estructuras capitalistas que no tienen ninguna justificación en una economía comunal como la carlista.
Que los comunales municipales no eran ni mucho menos islas de propiedad privada para los campesinos. Esta interpretación sesgada, rompe completamente con el contexto y devenir histórico de la existencia del comunal público. Con el comunal público pasa como con las reservas ecológicas ambientales, no son cotos privados; hoy nos parecen privados y minoritarios porque la dinámica del capitalismo se ha impuesto, y nos ha hecho creer que esto era una excepción y que lo que impera es la norma. Era al contrario. Imperaba el comunal público como imperaban los grandes bosques y reservas ecológicas-ambientales, solo que la entrada de las políticas feudales, primero, y políticas liberales privatizadoras, después, fueron agrediendo al comunal, privatizándolo, igual que ha pasado con los bosques y reservas naturales, pues hoy nos creemos que se trata de un “coto privado protegido”, de algo extraordinario en un contexto capitalista. No entender esto, es no entender la historia del comunal, su devenir histórico, sus enemigos y sus agresiones.
Hasta la tragedia de los comunes tiene dos lecturas, una capitalista y liberal que denuncia las ineficiencias económicas del comunal con el objetivo de hacerlo desaparecer en nombre de la propiedad privada, que no podemos defender los carlistas.
La tragedia de los comunes tiene que ver con el desarrollo de las economías de subsistencia y el incremento de la población. Hasta la Edad Media muchos habitantes habían vivido de forma comunal en los claros de los bosques, al margen de la ley imperante. Los comunales legales amparados por las leyes Forales y Constituciones locales se situaban en los extrarradios poblacionales y limitaban con los bosques. Un día las gentes que vivían en los claros de los bosques al margen de la legalidad medieval, se encontraron con los habitantes que tenían acceso al comunal amparados en aquella legalidad feudal. El incremento de la población significó la derrota del comunal. Las gentes del comunal legal no querían facilitar el acceso a las gentes que habían vivido en los claros de los bosques hasta la extinción de los mismos. La nueva situación dio lugar a la absorción de aquellos nuevos habitantes que habían vivido al margen de la ley, lo que significó un intento de privatización del comunal por parte de aquellos que no querían compartirlo con los nuevos habitantes.
Aquí empieza la tragedia de los comunes, cuando algunos de ellos son cómplices con la privatización por egoísmo, por no querer compartirlo. El problema real de lo que significó la disminución de la tierra per cápita, puso en evidencia que esas tierras eran insuficientes para alimentar a toda la población. Ante la desorganización comunitaria, los liberales influidos con las leyes de la reforma protestante, permitieron la parcelación de aquellas tierras comunales y su privatización, condenando a una buena parte de los habitantes a jornaleros, quienes muchos de ellos se vieron obligados a desplazarse del campo a la ciudad, a trabajar como proletarios en las fábricas de los burgueses capitalistas.

El desarrollo de la industrialización capitalista y los desmanes y desafueros cometidos por la nueva clase plutócrata dirigente, supuso la organización de los descendientes de aquellos jornaleros condenados a emigrar a la ciudad. A partir de 1833 es cuando se expresan las ideas socialistas, se extrapolaba la situación tradicional del campo y el mundo rural feudal, que aquí contamos, a las ciudades, de manera que en ese contexto burgués y capitalista, los desheredados pedían justicia social, con el objetivo de constituir un comunal o comunales en el seno de las ciudades industriales. La lucha entre “lo público” y “lo privado” que había acontecido en el mundo rural desde la caída del Imperio Romano, se extrapolaba ahora al contexto de las ciudades. Lo que algunos pensaban se había solucionado en el campo, se trasladó irremediablemente a las ciuadades. Al carlismo también le afectó esta situación en los años 60 y 70 del siglo XX, y planteó la lucha legitimista desde posiciones socialistas autogestionarias emanadas como afirmo, desde la tradición comunal frente a toda privatización. 

La bandera Foral para el carlismo, significa también la recuperación, no sólo del comunal de los municipios en el mundo rural, sino la recuperación y establecimiento del comunal público a través del socialismo autogestionario, donde los trabajadores, nuestra sociedad sea dueña de los recursos y los medios de producción. Por esto en el carlismo estamos por la socialización de los medios de producción de manera autogestionada, y que permita a los colectivos la democracia socialista económica, y no la entrega de nuestra soberanía económica a esos lacayos del capital.

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