lunes, 17 de octubre de 2016

NO ES CONTRADICCIÓN SINO COHERENCIA

El carlismo, ¿pacifista y no violento?

Puede parecer una contradicción en términos. Tres guerras civiles se diría que llevan la contraria a esta posibilidad. Y sin embargo...

RAFAEL ARENCÓN/L. D.
17 de octubre de 2016 

Don Joaquín Julián Alzáa


El pueblo carlista sabe que en las guerras todos pierden. La fuerza de las armas no es nada comparada con la fuerza de la razón. El carlismo no se ha mantenido vivo por haber recurrido a la violencia sino por la justicia de sus aspiraciones. 

Es en el territorio del corazón y del cerebro donde se ganan de verdad las batallas. El carlismo está vacunado hace años del burdo e inútil recurso a la violencia. No es un populismo que añore la revolución ni un grupo de vanguardia que pretenda traer por la fuerza un orden nuevo. Es un grito en favor de la legitimidad y del derecho.
¿Es posible entonces contribuir a transformar la realidad sin hacer uso del recurso a la fuerza? Como diría el laureado poeta Bob Dylan, la respuesta está en el viento. 


Muchos carlistas la han escuchado a lo largo de la Historia, desde el teniente coronel Joaquín Julián Alzáa (quien se negó en abril de 1837 a bombardear a cañonazos San Sebastián) hasta Pepe Beúnza, hijo y nieto de carlistas, y primer objetor de conciencia por motivos políticos en las Españas. 

Cuando nuevas generaciones se planteen el dilema ético de los límites del activismo político, han de saber que la no-violencia no es una “inacción”. Es una denuncia más, que encaja perfectamente en el cuestionamiento que el carlismo hace sobre todo el sistema de “desorden establecido” que padecemos. 

La no-violencia, en palabras del filósofo y activista Lanza del Vasto, es “decir ¡No! a la violencia y, sobre todo, a sus formas más virulentas, que son la injusticia, el abuso y la mentira”.
Todo un territorio por explorar para el carlismo del siglo XXI.

Rafa Arencón

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