sábado, 15 de octubre de 2016

La princesa socióloga

Antigua profesora de un miembro de la dirección de PODEMOS...

Esta mujer soltera ha sido compromiso y libertad.

arturo san agustín / la vanguardia
15 de octubre de 2016 
S.A.R. Doña María Teresa de Borbón Parma

Así como algunos cinéfilos sueñan, a veces, que vuelven a Manderley, yo, el pasado sábado, muy despierto, volví al bar del hotel Majestic. Había quedado citado en el mismo con Javier Lubelza, que es persona grata, culta y presidente d’Amics de la Història del Carlisme de Catalunya (AHCC). Quise ser tan puntual a la cita con Lubelza, que me adelanté. Y ese adelanto me permitió conocer a la princesa María Teresa de Borbón-Parma, tía del príncipe Carlos Javier, jefe de la casa Borbón-Parma y heredero dinástico del carlismo. La princesa acababa de llegar de Albania. María Teresa, a quien durante un tiempo se la llamó la princesa roja porque defendía la autogestión y se definía como socialista militante por su sensibilidad cristiana, es una octogenaria discreta, elegante y vital. Cuando a la elegancia se une la vitalidad, el resultado es siempre atractivo. Doctora en Sociología y antigua profesora de algún miembro de la dirección de Podemos, lo de esta mujer soltera siempre ha sido, así lo asegura, el compromiso y la libertad. Y la natación y el esquí. Y la música popular, Dostoyevski y Valle-Inclán.


El socialismo de esta mujer de mirada inteligente y media melena parisina nunca ha buscado la lucha de clases sino el consenso. Nada extraño, pues, que se haya entrevistado con casi todos los políticos más importantes. Incluso fue capaz de hablar de laicismo y de la novela Los hermanos Karamazov con aquel Hugo Chávez que practicaba y muy en serio la brujería. O con el líder palestino Yasir Arafat. Intuyo que, de todos los políticos principales que ha conocido María Teresa, debió de ser François Mitterrand quien acabó más seducido.
O sea, que desapareció la princesa, es decir, la discreción y el vestíbulo del Majestic pareció querer convertirse en la secuencia de una película de Luchino Visconti. De repente todo aquello se llenó de fracs negros, vestidos largos, condecoraciones, medallas y algún clergyman. Creo que uno de los que vestía clergyman y en el que se intuía algún antepasado irlandés, era un cardenal, quizá Edwin Frederick O’Brien. Solo faltaba un vals, cualquier vals. 

Aquellos personajes, no todos nobles, altos, guapos y delgados, pero sí ricos que se disponían a cenar, resultaron ser –Deus lo vult– los miembros de la Orden Ecuestre del Santo Sepulcro de Jerusalén, cuya misión actual es mantener económicamente al Patriarcado Latino de Jerusalén. Horas antes se había celebrado en la catedral de Barcelona la ceremonia de investidura de sus nuevos miembros. Ceremonia con espada, mantos blancos, gorgueras, guantes blancos, boinas de terciopelo negro con plumas calzadas verticalmente a la derecha o mantillas negras. El símbolo de la orden está compuesto por cinco cruces rojas que recuerdan las cinco llagas de Jesús. La cruz central, la mayor, la cruz de Jerusalén, simboliza a Jesús y las otras cuatro, más pequeñas, simbolizan los cuatro evangelios. Francamente, ante la pandemia que sufrimos de camisetas propagandistas y del rechazo ideológico que algunos de sus usuarios manifiestan contra el desodorante, un rato de fracs, vestidos largos, mantos blancos y gorgueras se agradece.

Gracias a Javier Lubelza y a Ramón Massó sé un poco más de eso que llamamos carlismo y que, para muchos, sigue siendo solo una gran boina roja, un general con grandes y espectaculares bigotes y patillas y quizá algún cura con trabuco. Desaparecidos los fracs negros y los vestidos largos apareció el príncipe Carlos Javier, duque de Parma, que es rubio, políglota, optimista y, según sus seguidores carlistas, el legítimo rey de España. Algo que no parece entrar en los planes de este holandés. Horas antes, en el monasterio de Santa Anna, se había presentado en sociedad a su hijo, el príncipe Carlos Enrique. El monasterio de Santa Anna, nada es casual, pertenece a la Orden del Santo Sepulcro de Jerusalén. Luego, en una cena sin candelabros y con pan y tomate, el príncipe se esforzó en demostrarnos que sin diálogo nada bueno es posible. Y que no siempre la queja institucionalizada logra sus propósitos. A su abuelo Javier, que se opuso a la unificación de falangistas y carlistas, Franco logró enviarlo al campo de concentración de Dachau. Pero salió vivo y optimista del mismo. En Dachau vio lo peor, pero también lo mejor del ser humano. A Carlos Hugo, su padre, Franco lo expulsó de España en 1969. Fue cuando nombró sucesor a Juan Carlos con el título de rey.

Carlos Javier, que dice trabajar promoviendo acuerdos de economía sostenible, parece haber heredado el optimismo que su abuelo Javier aprendió en el campo de concentración de Dachau.