domingo, 2 de octubre de 2016

LA BATALLA HA TERMINADO

En las películas, los buenos siempre ganan...


Es lo que pide el público. En la vida real, por el contrario, los malos pueden ganar. Y en política, me temo, esto último en la norma general. Más esta vez puede que hayan llegado demasiado lejos.

JOSÉ ANTONIO SÁNCHEZ CABEZAS / LEGITIMISTA DIGITAL
 02 de octubre de 2016 
Actualmente vivimos en España una situación política excepcional; un desgobierno que tiene ecos de la Primera y la Segunda República, cuando los partidos políticos solo lograban formar coaliciones para vetar la formación de gobierno, pero para nada más. Y los españoles, que tradicionalmente observamos los asuntos públicos con cierta alegre indiferencia, nos han metido cincuenta kilos de política por el gaznate, gramo a gramo, a lo largo de una campaña electoral recurrente que dura más de un año, y amenaza con prolongarse otro más.

Pedro Sánchez, con su “no es no, y que parte del no no has entendido” estaba logrando crispar al Clan del Oso Cavernario, que la noche del 26J celebró con alborozo una victoria que no fue tal, y ahora se veían obligados a asimilar que entre la mayoría absoluta de la cual disfrutaron cuatro años, y los 137 raquíticos diputados que tienen ahora, media un abismo que imposibilita la formación de gobierno.

Esta noche, sin embargo, la conjunción de enemigos internos y externos ha logrado hacer rodar la cabeza del Secretario General del PSOE. Acontecimiento que muchos partidarios de la izquierda lamentarán sinceramente. Y eso que Sánchez, hasta hace poco, solo levantaba entre las masas una mezcla de indiferencia e irritación. Sin embargo, el acoso del le habían hecho objeto ha resultado tan zafio y cruel que había conseguido dotarle de un aura de heroica, aunque su única causa fuese su propia supervivencia política.
Su postrera defensa numantina, de haber tenido éxito, le habría convertido en una figura casi legendaria, con reales posibilidades de devolver cierto vigor al PSOE en las próximas elecciones. Estamos, evidentemente, ante una victoria de la derecha, que resulta tanto más dolorosa por lo reñida que ha resultado la batalla.

Sin embargo, esta victoria les saldrá inmensamente cara a los vencedores.
Ocurre que el socialista es actualmente un partido sin una línea ideológica: son derechistas en Extremadura, nacionalistas en el País Vasco, separatistas en Galicia, federalistas en Cataluña, caciquistas en Andalucía, ni-se-sabe en Comunidad Valenciana…
El PSOE tiene todas las ideologías, lo cual equivale no tener ninguna. Y a nivel nacional, hace años que enarbolan discursos de izquierdas para encubrir políticas de derechas. El resultado ha sido que los votantes socialistas que acudían a las urnas por ideología se han pasado a Podemos, tras lo cual lo único que vertebra al PSOE es el odio al PP.
Esa era la última baza del PSOE: “o nosotros, o el PP”. También es la última baza del actual sistema político, esta Segunda Restauración, que, al igual que la primera, funciona en base a un “turnismo” en el cual dos partidos - que teatralizan una supuesta rivalidad, pero que defienden ideas similares- van alternándose en el gobierno.
Con toda razón Pedro Sánchez se negaba, a pesar de las muchas presiones, a ceder el paso a Mariano Rajoy, pues se le caería la máscara, no solo al propio PSOE, sino a todo el sistema.
Ahora, tras la ejecución pública del Secretario General del PSOE, al PSOE ya no le quedan salidas; Pedro Sánchez, de haber sobrevivido al aquelarre, habría sido el último cruzado socialista con capacidad para reclamar un espacio propio en la izquierda. Desaparecido este, solo quedan dos posibilidades: si persisten en la negativa a Rajoy, y fuerzan unas nuevas elecciones, el sorpasso está, ahora sí, asegurado. Podemos se encontrará a un PSOE destrozado por unas guerras intestinas feroces y demasiado recientes como para haber cicatrizado las heridas. Presa fácil.
La otra posibilidad es permitir la investidura de Rajoy para evitar las elecciones. Y habrá quien razone que, si se abstienen, pero luego ejerce una oposición fiera, todavía podría los socialistas salvar las apariencias. ¿Se acordarán los españoles, dentro de tres o cuatro años, de cómo y quién invistió a Rajoy?
La falla del citado razonamiento es que la actual composición del Congreso de los Diputados no permite dicha maniobra, pues, si el PSOE ejerce una verdadera oposición, el PP, con sus 137 raquíticos diputados no podrá aprobar ni un puñetero reglamento, aunque contase con el apoyo de Ciudadanos. Apoyo que resulta más incómodo de lo que parece, porque la formación naranja se ha presentado como los adalides de la anticorrupción, lo cual les obliga a exigir al presidente en funciones que proceda a limpiar su propio partido. Y resulta que Rajoy no puede hacer eso, en primer lugar, porque no se lo permitirían, y, en segundo lugar, porque la corrupción ha echado raíces tan profundas en el PP que arrancarlas destruiría el propio partido.

Pero insisto: aunque PP y Ciudadanos llegasen a un “modus vivendi” a base de repetir ante las televisiones el teatrillo de Rivera rasgándose las vestidura ante cada nuevo caso de corrupción del PP, y Rajoy cercenando la cabeza de algún corrupto de segunda fila para hacerle callar, aun así no bastan los votos de populares y naranjitos para aprobar, no ya unos Presupuestos Generales del Estado, sino una simple ley ordinaria.
Por lo tanto, no es suficiente con que el PSOE se abstenga en la investidura. Lo que debería hacer el PSOE – que es lo que realmente le exige la derecha- es que se convierta en socio de gobierno del PP. Y los españoles, en cuatro años, son muy capaces de olvidar cómo y quién hizo posible la investidura de Rajoy, pero no podrían ignorar el hecho de que el PSOE se hubiese pasado esos cuatro años aprobando las leyes del PP.
Y las consecuencias son previsibles: la izquierda en bloque se pasaría a Podemos. Adiós al PSOE, y fin de la Segunda Restauración.

Dos posibilidades, mismo resultado.
Esta noche, 1 de octubre de 2016, la batalla de Pedro Sánchez ha terminado, y el sistema caciquil y turnista que nos gobierno se ha cobrado su cabeza… sin comprender que la victoria en esta batalla que termina les conducirá, de una vez y para siempre, a perder la guerra. 

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