jueves, 18 de agosto de 2016

18 de Agosto, VI aniversario fallecimiento de Don Carlos Hugo de Borbón Parma

Testamento Político de S.M. Don Carlos Hugo


La Real Orden de la Legitimidad Proscripta. La Asociación 16 de Abril, pide a sus miembros, asociados y simpatizantes, participen en el recuerdo y rueguen a Dios por el eterno descanso de nuestro querido Rey.

 LEGITIMISTA DIGITAL.
  18 de agosto de 2016 
S.M. Don Carlos Hugo I

 
Mis hijos me lo han pedido y a ellos, a mis carlistas, a mis amigos, a los que me acompañaron con su fidelidad a lo largo de tantos años, dedico este escrito en el que me propongo fijar lo esencial del papel que ha desempeñado, desempeña y, estoy seguro, desempeñará nuestra familia en la historia.

Si enarbolamos como lema la "Esperanza", no fue para alentar una vana ilusión. "Esperanza" ha significado para nuestros antepasados a la vez una opción y un compromiso.

La opción era la de sostener un humanismo cristiano, fundamento de valores que se han perfilado cada vez más a lo largo del tiempo, como la justicia, la solidaridad fraternal, la libertad, el respeto a los derechos humanos, a los derechos culturales de los pueblos, el respeto a la vida que la palabra antigua de "fueros" sobre-entiende.

Pero, esto si, cuidando siempre, desde San Luis a Carlos VII y a mis antepasados mas próximos, de separar claramente la autoridad religiosa de la política, sin lo cual no se puede pretender alentar un verdadero humanismo cristiano. Para no ser estéril, el humanismo requiere que los valores sean capaces de promover cambios progresivos sociales, económicos y políticos. Porque hay una interrelación constante entre los valores que son el patrimonio mas precioso del hombre y la Vida. Los valores impulsan a la vida y esta, la vida de los hombres, el pensar y opinar de los hombres, a su vez en su dinámica nos obliga a volver a formular constantemente los valores que le han impulsado. Solo así se va hacia adelante.

Por lo tanto, y aquí interviene la exigencia y el compromiso a los que me he referido antes, hay que saber ponerse al frente de estos cambios y no frenarlos como lo han hecho tantas veces los príncipes y los responsables políticos, para asegurar el avance de las sociedades y la paz que requiere.

Este es el papel de nuestra dinastía. Cada uno de sus miembros ha recibido gratuitamente en herencia multisecular una cierta autoridad histórica. Donde cesa la gratuidad es en el manejo de esta herencia: la sociología política habla de los "guardianes de la conciencia histórica de los pueblos" refiriéndose a los que están revestidos de un prestigio histórico. Pueden utilizarla pretendiendo interpretar solos y en sentido restrictivo esta coincidencia histórica para favorecer el culto a la personalidad o, al contrario, utilizarla para abrir las puertas de esta conciencia histórica hacia otros horizontes y nuevos valores, permitiendo responsabilizar a los pueblos con las tareas sociales y políticas.

Nuestros antepasados, hasta con tropiezos y errores, actuaron así, primero dentro del marco de naciones-estado como Francia, España y Parma, donde hemos reinado hasta hace poco; y cuando faltó este marco, como espacio de una autoridad reconocida, utilizando este don de Dios al hombre, el tiempo, el tiempo vital para seguir cumpliendo con su responsabilidad en el largo plazo de la historia.

Así, mi padre, Don Javier, promovió el intento de paz separada en la primera guerra mundial entre Austria y los aliados, Francia, Bélgica e Inglaterra. Luego asumió el liderazgo político y dinástico del Carlismo, designado como era por el rey, Alfonso Carlos, en una de las etapas mas arriesgadas de su historia: la guerra civil. Participo en la segunda guerra mundial y en la resistencia al nazismo en Francia, tierra de nuestra estirpe capetiana, que le valió estar encerrado en el atroz campo de concentración de Dachau. Después retomo el mando del carlismo para su revalorización en aras de una preparación de la post-guerra.

Mi padre, Don Javier, me transmitió el testigo. En la etapa en la que, bajo su dirección, he estado al frente del carlismo, no solo como su Príncipe, sino como su líder y jefe político, ha sido marcada por esta voluntad de cumplimientos en el peculiar marco español y en la peculiar etapa del franquismo.

A nuestra generación, le ha tocado la clarificación ideológica del Carlismo, la expresión moderna de sus aspiraciones históricas, fueristas y socialistas y participar con otras fuerzas progresistas a la transición democrática. Junto a mis hermanas Mª Teresa, Cecilia y Mª de las Nieves, junto a mi esposa Irene de Holanda y a todos los militantes que me secundaron, hubo que convertir a esta antigua fuerza popular en partido moderno y progresista, luchando contra la dictadura franquista en el largo camino hacia la democracia. Llevar, el increíble cambio de un régimen elevado sobre los escombros de una guerra civil a una democracia moderna, solidaria y abierta al mundo que alejó los fantasmas de la guerra civil y cambió completamente España, incorporándola a Europa. Cambio que se reputó de milagroso: así Dios opera sus milagros a través de los hombres cuando los hombres se inspiran en una espiritualidad cuyas raíces hay que buscar en la palabra de Cristo. También en los grandes maestros de la humanidad que han surgido a lo largo de la historia.

Luego tuvo lugar la vuelta a nuestro antiguo Ducado de Parma con la ambición, desde allí, desde nuestras tradicionales Ordenes familiares, de promover hombres y mujeres, una elite mundial que participen en una activa pedagogía política, económica, ecológica a través de artículos, libros y conferencias dirigidas a la naciente sociedad mundial.

Nos hallamos sin duda en un momento difícil de la historia del mundo. Los progresos en los campos de la tecnología y de la ciencia, en general en esta parte del Orbe, no se han revertido en la "aldea global" sino solo en esta área privilegiada en la que vivimos. Y aun, en lo que se refiere tanto al poder económico como al político, en favor de determinantes agentes de nuestra sociedad.

De allí el desorden, el caos que tanto temían los griegos, es decir, la ausencia de un orden profundo, de un orden basado en una opción humanista que regule toda la complicada maquinaria del mundo, tanto de la sociedad humana como del planeta en general. El resultado es, por una parte, la violencia como expresión de la ira de los pueblos, de determinados grupos en el seno de estos pueblos o de países enteros; ira sin rumbo, pero no sin razones, que se caracteriza como terrorismo, visto como si fuera una especia espontánea, cuando en realidad es el fruto detestable de otra violencia, la gran, la terrible injusticia que caracteriza el mundo actual, la gran y terrible inconsciencia por parte de los privilegiados que envuelve, en general, a esta injusticia.

Ahora quiero hablar del futuro, de la problemática mundial.

Lo he dicho al principio. La Esperanza, lema antiguo de nuestra familia, tanto en su andadura francesa como española o italiana, nos exige realismo y voluntad de acción.

Aún teníamos una ambición mayor, la de hacer participar mas activamente la sociedad toda en la decisión política, a través de una gestión global responsable: gestión que abarque a la sociedad desde todas sus instancias en lo territorial como en otros ámbitos como el profesional, a todos los pueblos de España, a todos los pueblos de Europa, con sus tradiciones propias. Queda en pie el proyecto; no es estéril. Queda en pie como una proyección hacia la sociedad global, una sociedad cohesionada pero representativa. Hay que volver a construir una moral exigente en el campo de la justicia, del respeto a los derechos humanos y, el primero, a la creencia religiosa de cada pueblo, exigente en el campo de la solidaridad y de la compasión. Una moral compartida por los creyentes de las grandes religiones del mundo y por los que, sin pertenecer a ellas, están en línea con los valores que predican en el marco de un humanismo ilustrado. Hay que proponer un proyecto político factible de gestión común de la sociedad mundial, algo que los pueblos anhelan y que, de hecho, representan como intentos interesantes, aunque no suficientemente representativos, las grandes instancias internacionales de hoy día.

Es la única manera de salvar la vida colectiva de los grandes peligros que la acechan, el primero de ellos de disolverse en un penoso y tumultuoso sobrevivir donde cada uno vela por sus propios intereses y aun lo proclaman con orgullo. El futuro no es solamente una secuencia cronológica del pasado. El futuro es una creación nueva; os lo confío.

Mis hijos, Carlos Javier, Jaime, Margarita y Carolina estáis todos, ya por vuestra propia opción de trabajo y voluntad, comprometidos con este proyecto en la profesión altruista que habéis elegido: ayudar a cambiar el mundo, cambiar el rumbo fatalista de la sociedad actual. A mi hijo mayor, Carlos Javier, que será el nuevo Duque de Parma, transmito solemnemente los derechos dinásticos que recibí de mi padre, seguro de que cumplirá con las obligaciones que suponen. Después de él será a sus hijos legítimos y, si faltaran estos a su hermano Jaime.

Os puedo legar ahora el testigo. De donde esté velaré por el. Que Dios os guarde, mis hijos, mi familia toda, mis colaboradores, mis queridos carlistas y amigos y os permita cumplir con esta tarea.

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