viernes, 1 de julio de 2016

CUANDO LOS SÚBDITOS VOTAN

De súbditos a ciudadanos, ¿en serio?.


Dicen que ya no estamos en el Antiguo Régimen, cuando los habitantes de las comunidades políticas se clasificaban por estamentos -nobles, eclesiásticos, plebeyos-. Tras las revoluciones que acabaron con él, la ley nos iguala, con independencia de nuestro origen, oficio o residencia. Más aún, nos declaró adultos políticos, dejamos de ser súbditos y nos convirtió solemnemente en ciudadanos.

 pedro zabala /l.d.
  01 de julio de 2016 


¿Pero qué significa ser auténtico ciudadano?. Mientras que el súbdito es el sometido que vive en el miedo al poderoso, el ciudadano es un sujeto libre, que se siente miembro activo de una comunidad, en la que participa aportando sus opiniones al espacio público para resolver los inevitables conflictos, solucionar problemas comunes y designando a sus gobernantes, que deben responder ante él de su gestión.

 Las fórmulas políticas para organizar esa nueva visión de la política son variadas, de acuerdo con la historia de cada país y de las luchas que se han desarrollado en él para conseguirlo. Pero tienen algunos rasgos comunes: La formulación de unos Derechos Fundamentales y la división del poder en tres áreas -ejecutiva, legislativa y judicial- según la clásica distinción de Montesquieu... Desde el principio, hubo dos concepciones opuestas para interpretar la nueva realidad: la liberal, que desconfía del Estado y reclama esos derechos humanos como anteriores y limitadores del mismo y la que  exalta la voluntad general, como origen creadora de esos derechos, sin ningún límite al ejercicio del poder.


Conviene recordar la evolución histórica para llevar a la práctica esos Derechos fundamentales. Al principio el sufragio estaba restringido a los varones poseedores de un determinado nivel de riqueza. Las luchas políticas consiguieron su universalización; costó más el de las mujeres, las valientes sufragistas que arrostraron la cárcel y el escarnio social acabaron consiguiéndolo. A los de primera generación, propiedad privada, libertad de expresión y garantías jurídicas se añadirían los derechos económicos, sociales y culturales por efecto de los sacrificios  del movimiento obrero. 

Factor clave en los avances democráticos fué la existencia de una opinión pública que se convenció de su necesidad y acabó imponiéndose. Periódicos, hojas volanderas y folletos sin censura previa, ateneos libertarios, casas del pueblo ayudaron a la formación de corrientes de opinión que impusieron los cambios frente a las resistencias de los poderes dominantes. La aparición de la radio, de la televisión y más recientemente de las nuevas tecnologías creadoras de redes sociales están dando lugar a formas interactivas de forja de opinión. Pero con un sesgo importante: la concentración de los medios de comunicación en manos del capitalismo y la expansión de esa forma degenerada de liberalismo que es el capitalismo globalizado. La implantación en las masas del pensamiento único, la mercantilización de todas las áreas sociales, la destrucción planificada de todas las formas comunitarias de convivencia social. El contrato social que dió origen en Europa a la fórmula socialdemócrata del Estado del Bienestar se ha roto. El austericidio que se va perpetrando contra sus servicios públicos universales sigue su marcha inexorable. Los partidos políticos se han convertido en cadena de transmisión de las consignas de los poderes económicos; las puertas giratorias y la corrupción creciente les dominan. Los sindicatos mayoritarios viven a costa de  la ubre estatal por lo que están amordazados, y a menudo se han contagiado de la corrupción imperante.

El resultado de todo ello es que la mayoría de los pobladores de los países occidentales son ya mentalmente súbditos. Unos porque nunca dieron el paso para convertirse en sujetos activos y otros porque abdicaron de la categoría de ciudadanos que sus Constituciones les reconocen. Refugiados en el consumismo, en sus miedos y en el sálvese quien pueda no tienen más esperanza que la de sobrevivir a duras penas. Muchos hasta no ejercitan su derecho al voto. Y en cuanto a los que lo hacen, ¿qué pasa cuando lo practican los súbditos, llevados de sus miedos, tapándose las narices a la hora de depositar la papeleta en las urnas o no, porque se han habituado al hedor de la corrupción, al haberse encallecido sus conciencias?. ¿Y qué ciudadanos hay que depositan críticamente sus votos y que al día siguiente sigan ejercitando su ciudadanía, controlando desde la base a los que resultan elegidos?

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