lunes, 6 de junio de 2016

“Quizás debamos ser valientes de nuevo…”

El Carlismo es...


No es buena idea definirse a uno mismo en razón de los propios enemigos. Muchas ideologías y movimientos políticos lo han hecho así y eso no les ha proporcionado bien alguno. Calificar al carlismo como un movimiento antiliberal no ayuda a entender gran cosa sobre su esse.

 RAFAEL ARENCÓN / L.d.
  06 de junio de 2016 




La resistencia que el carlismo planteó al liberalismo tiene más que ver con las incoherencias liberales que con las querencias absolutistas. 

No se trataba de defender al Estado frente a la libre empresa, sino de tener un Estado que defendiese a los débiles. El liberalismo fracasó como movimiento libertador al crear un Estado clientelar, útil sólo para las élites con capacidad de influencia. 

Tampoco el rechazo al liberalismo se fundaba en una intransigencia innata ante la diversidad de ideas. El propio liberalismo permitió que la cosmovisión de la principal entidad religiosa del país se trasladase repetidamente a las normas jurídicas, sin embarazo alguno. Los carlistas lo que propugnaban era que el poder político dejase en paz a “la” religión (y, andando el tiempo, a “todas” las religiones).


Así, el carlismo vino a enmendarle la plana al naciente liberalismo con muchos de los argumentos de la actual crítica comunitarista. Podríamos decir que al hablar de carlismo estamos frente a un comunitarismo avant la lettre, un recordatorio constante de las insuficiencias del liberalismo para el establecimiento de unas relaciones sociales más justas.

Pero, por extensión, el carlismo se convirtió no sólo en la conciencia crítica del pueblo llano frente a las insuficiencias y promesas rotas del sistema liberal. El carlismo se alzó, tras el proceso de su propia autocrítica, como una llamada general a la conciencia de los pueblos de las Españas.

Si no fuese porque ya tiene sus himnos, el carlismo podría haber hecho suyo aquel canto del genial Lluis Llach: “Compañeros, no es esto” (Companys, no és això,1978). Porque la Historia del carlismo no es la historia de una enemistad sino la posibilidad de seguir creyendo y volverlo a intentar cuando somos conscientes, una vez más, de nuestro fracaso colectivo.