viernes, 1 de abril de 2016

VIVENCIA DE LA POLÍTICA

Si no haces política, y "pasas" del tema. Te la harán otros, y luego te quejarás


Hay dos formas extremas y opuestas de vivir la política. Ambas, a mi juicio, igualmente malsanas. La primera consiste fundamentalmente en negarla. No querer saber nada de ella. Declararse radicalmente apolítico. Pasar de todo lo que huela a una toma de postura, intentar ignorarla.

 pedro zabala/l.d.
  01 de abril de 2016 


Los griegos llamaban idiotas a quienes se desinteresaban de los asuntos de los asuntos de la polis. Para ellos, era una muestra de incivismo repudiable, pues el ser humano, por naturaleza, es un animal político. Se escudan en dos seudorazones: la política es malsana en sí misma; y a ella deben dedicarse sólo los políticos, los que han hecho de ella su ejercicio, la razón de su vida, diríamos su profesión. Por otro lado, los políticos, la mayoría de los cuales son seres corruptos, están entregados a su medro personal. Sólo piensan en su interés personal, ciegos de ambición, con un ego desmesurado, son indiferentes a las necesidades del pueblo. La mentira y las falsas promesas constituyen el lenguaje de los políticos. Son débiles ante el poder económico y demás grupos de presión  y, a menudo, se convierten en sus títeres. La verdad es que esa postura resulta tremendamente conservadora. Se aferran a lo malo conocido, porque desconfían mucho más de lo bueno que pudiera venir. Es una postura cobarde, pasota, desertora.


La postura opuesta convierte la opción política en una religión. La ideología o un líder son sus ídolos. A ellos rinden pleitesía incondicional. Hagan lo que hagan, les son fieles. Su devoción ciega les impide ver sus defectos, sus fallas y errores. En cambio, sus rivales son la maldad personificada. Son incapaces de ver en ellos el más mínimo acierto, la más mínima buena intención. Denunciar sus fallos, sus meteduras de pata, sus posibles delitos es su constante labor política. Saben manejar tanto el incensario como el ataque despiadado. Quienes no están con ellos, están contra ellos. Si alguien se atreve a denunciar errores o  incoherencias de su grupo, es porque está engañado o al servicio de los enemigos. A menudo, esta postura hace suyos, intenta monopolizar los símbolos comunes de la comunidad política en la que se encuentra. Por eso, quien ose criticar a su grupo, resultará ser además un traidor, un mal patriota.


Pero resulta que la realidad es tozuda. Hagamos lo que hagamos, estamos haciendo política. Lo malo es que, a menudo, no nos damos cuenta. Hasta respirar lo es, pues resulta que el aire desgraciadamente está viciado por la contaminación y la destrucción de la naturaleza. Y todas las opciones cotidianas que realizamos. Cuando nos movemos, si lo hacemos andando, en un  vehículo contaminante, público o privado. El periódico que compramos o no lo hacemos. Lo que comemos, lo que consumimos. Lo que acaparamos o lo que compartimos. Lo que reutilizamos o desechamos. El ocio que elegimos o el trabajo que hacemos, si lo encontramos.

Porque la labor de los gestores institucionales de una comunidad política, de los políticos, es sólo una parte, necesaria y noble, de la realidad política, a cuyo servicio debe estar y no al revés. La sociedad, su funcionamiento pacífico, superando los conflictos inevitables que van surgiendo, es la que debe ser la brújula orientadora de todos los actores políticos, ciudadanos y gestores políticos.

Y la primera obligación de todos para ejercer razonablemente su función es conocer esa realidad, estar informados. Hoy es extremadamente difícil. Los medios de comunicación, en su mayoría, son sectarios y confunden falazmente información con opinión. Nos llegan cantidades masivas de noticias, que parece desbordar la capacidad de procesamiento de nuestro cerebro. Hemos de aprender con trabajo a discernir. Descubrir qué nos dicen y qué nos ocultan, qué subrayan y qué minimizan. A través de fusiones, el capital tiende a controlar  los medios de comunicación y a expandir el pensamiento único neoliberal.
¿Con qué ojos miramos la realidad?. ¿desde el miedo, nuestra comodidad?. ¿O procuramos contemplarla desde los ojos de las víctimas, de los perdedores en esta jungla competitiva?.

Esta merma de nuestra capacidad de ver esta realidad, cada vez más compleja, es compartida tanto por los políticos como por los ciudadanos de a pié. Aquellos porque tiende a aislarse en la torre de marfil del poder y a  escuchar sólo a los suyos o a los poderosos. No les llega el clamor sordo del descontento. Su miopía cortoplacista les impide otear más allá de las siguientes elecciones. Y nosotros, porque todavía no somos demócratas, no nos sentimos responsables del común.

¿Cómo vivo, cómo vivimos la política?. ¿Meto a todos los políticos en el mismo saco, creo que todos son corruptos y mentirosos? ¿O somos capaces de reconocer el talante y el mérito de quienes se arriesgan a entrar en el ruedo político con honestidad y veracidad?. ¿Somos capaces de distinguir entre políticos mediocres y estadistas?. ¿Dejamos que las fronteras incrustadas en nuestro cerebro y los prejuicios nublen un juicio sereno?. ¿Nos sentimos responsables de la marcha de la comunidad política?. ¿Somos conscientes de que esa responsabilidad no puede ejercerse de forma individual, como un francotirador, sino asociadamente?.

¿Cuando somos llamados a las urnas, depositamos nuestros votos votando a quienes creemos mejor o menos malos?. ¿Estamos dispuestos, si nuestras actitudes y condiciones personales lo permiten, a dar el paso a asumir responsabilidades institucionales?. ¿Participamos en asociaciones cívicas y movimientos sociales que controlen al poder político, aplaudamos sus decisiones justas y critiquemos las que no consideremos así?. ¿Acudimos a los medios de opinión para expresar nuestra opinión con respeto y gallardía?. ¿Entramos en las redes sociales con el mismo sentido de responsabilidad, sin recurrir al insulto escondidos en el anonimato?. ¿Tenemos en cuenta a las generaciones venideras y a la salud del planeta que es nuestra casa común?.