viernes, 13 de noviembre de 2015

OTRO ESTADO ES POSIBLE

El famoso doctor Jung

A lo largo de su vida fue evolucionando en su forma de pensar

RAFAÉL ARENCÓN / l.d.
  13 de noviembre de 2015 

El famoso doctor Jung  no era moco de pavo. A lo largo de su vida fue evolucionando en su forma de pensar desde una concepción judeocristiana de los valores hacia otra más arraigada en el antiguo paganismo. Sus prescripciones reflejaban ese recorrido y, en ocasiones, dejaban boquiabiertos a sus pacientes, tanto hombres como mujeres.
Experimentando él mismo los pretendidos beneficios de la poligamia, prescribía la infidelidad como remedio para manifestaciones histéricas o depresivas.  En una carta a su colega el doctor Freud, Carl Jung escribió: “el requisito de un buen matrimonio es la licencia para ser infiel”.
 
No sé cuánto de positivo pueda haber en prescripciones de este tipo  y en una afirmación tan tajante como ésta. Entiendo sin embargo el camino por el que el doctor Jung buscaba la sanidad para el matrimonio y para la persona. Era algo así como “si la obligación de ser fiel te enferma, pues… ¡déjate llevar por ella y sé infiel”.
La exigencia de fidelidad tiene un elemento que ciertamente puede ser insano; no tanto el hecho de la propia fidelidad sino la exigencia de algo así como una “exclusividad de fidelidades”.
El precio que en ocasiones la fidelidad busca cobrarse es la deslealtad. Los celos disparan contra las amistades, la religión, el compromiso político, lo que sea… No se trata de competidores que puedan protagonizar una relación infiel; así que aceptar la pluralidad de fidelidades puede ser una alternativa igualmente sanadora a la fórmula del doctor Jung.
Al igual que sucede en la relación de pareja, algo parecido sucede con el Estado cuando reclama la exclusiva de fidelidad hacia él, usando el ardid de la soberanía.
Para legitimarse, el Estado moderno ha ido elaborando un concepto de soberanía que solamente puede ser ejercida a través de los instrumentos del propio Estado. Pertrechado por estas “decisiones soberanas” que los políticos pretenden ver  tras cada contienda electoral (sea una elección representativa, un referéndum, o cualquier otra forma de votación), el Estado “soberano” se ha creído con derecho a imponerse sobre cualquier otra lealtad.
 La lealtad a la propia nación en un territorio plurinacional como la península ibérica, la lealtad a las convicciones y prácticas religiosas de las diversas Iglesias y credos presentes en nuestra sociedad, etc. no deben ser entendidos como ataques al Estado. Más bien al contrario. El Estado que se arroga la categoría de soberano es quien muchas veces se muestra desleal con sus ciudadanos al pretender anular la vitalidad de instituciones como las Iglesias, dificultar la protección y el desarrollo de las lenguas propias de las naciones que comprende, etc.
Frente al celoso concepto de Estado soberano surgió ya a finales del siglo XIX la concepción de un Estado pluralista, respetuoso de las diferentes fidelidades. Un Estado que sea un agente social más, que reclame su propia fidelidad, pero que no pretenda imponerse en exclusiva frente a la libre acción de otros agentes. Un Estado que cumpla sus funciones pero que no se exceda en sus pretensiones, que dialogue con los restantes agentes sociales desde el respeto  y mantenga  la soberanía en manos de ciudadanos libres, fieles a sus lealtades nacionales, religiosas o sociales.
El carlismo no fue quien imaginó un Estado así, pero sí fue quien en su condición de minoría (antisistema) lo anheló, para saberse respetado y no anulado, para poder hacer su aportación aunque fuese desde la reivindicación de otra legitimidad . Por eso hoy puede estar en la vanguardia de quienes alzan la voz para asegurar que otro Estado es posible.
Rafa Arencón

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