miércoles, 16 de septiembre de 2015

Y SIN EMBARGO...

Catalunya y la vía confederal

En estos tiempos en los que la situación en Catalunya devuelve a la actualidad el debate sobre la organización del Estado, el término "confederación" sigue oculto en las páginas de los libros raros, aquellos que se guardan en lo alto de la estantería y que acumulan polvo.

rafael arencón (educador y presbítero anglicano / l. D.
  16 de septiembre de 2015 
 
"E PUR SI MUOVE" Exposición Madrid 2013

Como el Guadiana, las confederaciones han aparecido y desparecido inopinadamanete a lo largo de la Historia.  Han gozado de los nombres más exóticos (Liga Hanseática, Liga Iroquesa, Senegambia...) Su bandera ha sigo levantada por los oficialmente “malos de la película” (Guerra de Secesión). Se ha dicho de ellas que, siendo lo que son, en realidad no lo son (Confederación Helvética)...

En la Europa de postguerra el intento por experimentar el confederalismo ha cosechado un estrepitoso fracaso. Ni el Consejo de Municipios y Regiones de Europa (presidido en su momento por Pasqual Maragall y a partir de diciembre de este año por el alcalde de Santander, Íñigo de la Serna) ni la Asamblea de las Regiones de Europa (que presidió también en su momento Jordi Pujol) han significado contrapeso alguno para las políticas dictadas por los Estados dominantes en Europa.


Para más inri, otros recientes intentos de aplicar las más modernas aproximaciones al concepto de confederalismo han sido protagonizados por pueblos esparcidos por diferentes Estados en escenarios de lo más convulsos (los kurdos asediados por ISIS y Turquía).

Así que, en resumidas cuentas, el concepto de “confederación” se ha visto caricaturizado con la paradoja de un “anacronismo inaplicable”.

Y sin embargo... como dijo Galileo: “e pur si muove”.

Algo se mueve en la dirección del confederalismo, pese a las caricaturas denigrantes. No lo escribo con un sentido de inexorabilidad histórica ni tengo ínfulas de clarividente. Me limito a observar el presente y ver cómo crece el sustrato para el confederalismo. Ese sustrato se llama “participación”.

Los Estados han despreciado históricamente el valor de la participación de sus ciudadanos, construyendo sistemas totalitarios o bien democracias representativas (con la participación reducida a introducir una papeleta en una urna). El creciente rechazo hacia los políticos burócratas, en muchas democracias occidentales, pone de manifiesto que los ciudadanos desconfían cada vez más del uso que los representantes hacen de su poder delegado.. Los ciudadanos reclaman ser protagonistas y también guionistas de su propio futuro.

Un buen ejemplo de ello es la agitación política que se vive en Cataluña.

Las apariencias engañan. Hay fuerzas políticas interesadas en reconducir el deseo de mayor participación ciudadana en la dirección de reclamar un nuevo Estado-nación independiente. Pero lo cierto es que el llamado “proceso” se inició con una reivindicación en favor del “derecho a decidir”.

Las encuestan encuentran un consenso, casi absoluto y transversal a las simpatías partidistas, en este deseo de recuperar para los ciudadanos la capacidad de decidir su futuro, el “derecho a decidir”. Pero curiosamente, cuanto más grande es la participación electoral, más reducido es el porcentaje de aquéllos que apoyan la independencia de Cataluña y la constitución de un nuevo Estado-nación independiente y separado de España.

El derecho a decidir va más allá de un clamor por la independencia. Ésa es solamente una de las vías por las que ese derecho puede hacer camino; y probablemente esté aún lejos de ser siquiera la vía mayoritaria. Los ciudadanos lo que reclaman es que no se les robe la capacidad de decidir por si mismos, precisamente porque tienen distintas formas de imaginar ese futuro. Desean que les dejen construir otro tipo de Estado, que se relacione de una forma distinta con sus ciudadanos. Una nueva entidad política construida según el sentir y entender de los propios ciudadanos. Y ahí es donde surge la oportunidad para el confederalismo, como mejor expresión del respeto a la participación.

El corazón del moderno confederalismo es garantizar la participación popular Ya no se trata solamente de establecer las relaciones entre instituciones (Estados que se relacionan voluntariamente para cooperar creando una Confederación). Se trata de mantener en el pueblo la capacidad de decisión y dejar para los políticos el cumplimiento administrativo de esas decisiones. Hacer realidad el principio de subsidiariedad, siendo los primeros interesados quienes tomen la responsabilidad de elegir sus opciones de futuro.

En palabras de Murray Bookchin, el confederalismo democrático consiste en “un cuerpo conscientemente formado de interdependencias que une la participación ciudadana en municipalidades con un escrupulosamente supervisado sistema de coordinación”. Esa coordinación para Bookchin es clave para alejar el peligro de lo que él llama “parroquianismo”, un enroque en sí mismo que fosilizaría las posibilidades de crecimiento creativo de ese cuerpo interdependiente.

La reivindicación catalana del derecho a decidir puede culminar en la creación de un nuevo Estado-nación, independiente y cerrado en si mismo; pero eso es altamente improbable. Sin embargo, el proceso puede hacer camino hacia algo mucho más creativo.

Es posible un renovado foralismo, impulsado por la voluntad popular de conservar el derecho a participar y autogobernarse, sin miedo a construir interdependencias voluntarias.

Un moderno confederalismo, que en su ejemplaridad puede ser avanzadilla de las nuevas formas de organización social que nos traerá este siglo, que aún está en su adolescencia.



Rafa Arencón

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