lunes, 14 de septiembre de 2015

¿POR QUÉ LES ODIAMOS?

La crisis migratoria de Siria ha dejado al descubierto ciertas realidades sobre nosotros mismos...

...sobre las que no queremos pensar para no tener que contemplar el rostro de la crueldad y el egoísmo cada vez que nos miramos al espejo.

jOSÉ ANTONIO SÁNCHEZ CABEZAS/ l.d.
  14 de septiembre de 2015 

Los Reyes magos son tres: Melchor, el rey europeo de largas barbas blancas,  Gaspar, el rey de Oriente Próximo, y, por supuesto, Baltasar, el monarca africano.   Y si preguntas a cualquiera “¿cuál te gusta más?”, nueve de cada diez veces la respuesta es la misma: Baltasar. 

El rey mago venido de África, con su blanca sonrisa que contrasta con su piel de ébano, y su carácter exótico, al tiempo que cercano en su humanidad y su alegría, es el favorito de todos, niños y adultos.  Todos queremos a Baltasar.

Pero no lo quieres viviendo en tu barrio.




De fuera vendrá quien de tu casa te echará”, reza el viejo adagio español.  Un refrán casi irónico en un país de emigrantes, como es el nuestro, en el que todos tenemos un abuelo que tuvo que marchar a Francia o Alemania para sobrevivir a la postguerra, y que se indigna ruidosamente cada vez que salta la noticia de que en tal o cual país del norte de Europa se discrimina a nuestros compatriotas.

“Esos malditos inmigrantes sirios que vienen a Alemania a robarnos el empleo a los inmigrantes españoles…”


¿Pueda ser el odio al ajeno? ¿Miedo al que es extranjero? Pudiera ser. No hablan nuestra lengua. No tiene nuestras costumbres. Vienen de lugares lejanos, donde rigen otras leyes, donde sufren otro clima.

Pudiera ser… salvo porque no ves una marea de españoles manifestándose por la calles contra la invasión alemana en Menorca. O la inglesa en Benidorm. O la escandinava en tantos y tantos de nuestros pueblos que ahora tienen tantos noruegos, suecos y finlandeses que hasta eligen alcalde a uno de los suyos. En ninguna parte está escrito que para ser alcalde en España se tenga que saber hablar el castellano, así que nadie dice nada.

Pero claro, esos son europeos. Aunque daría igual que fuesen canadienses; serían igualmente aceptados. Está bien. Los españoles siempre estamos secretamente orgullosos de esos extranjeros pálidos del norte que vinieron en busca del sol español. 

¿Será un tema de racismo? Es posible. En España llamamos “extranjero” al europeo que viene a vivir, pero reservamos el término “inmigrante” para el africano que hace eso mismo. No nos falta racismo; tenemos de sobra. El que no lo crea dedicar un día a visitar el metro de Madrid, donde siempre encuentras un grupo de "alegres" ultrasur en busca de "negros y sudacas" a los que partirles la cara.

Es posible… pero, ¿acaso esos ultrasur no son los mismos que corean en el Bernabeu los nombres de Marcelo y Keylor Navas? ¿No se dan de bofetadas por conseguir una camisa firmada del colombiano James Rodriguez?

“¡Eres el mejor, Roberto Carlos! ¡Tú, y Hitler, sois mis ídolos!”

¿Quizás tenga más que ver con la cultura, o la religión del otro? Es cierto que lo españoles seguimos montando un escándalo cada vez que abren una Mezquita – una “escuela de terroristas”-, y seguimos viendo un miembro de Alqaeda bajo cada musulmán con el que nos cruzamos… 
… salvo que sea un jeque árabe. Nadie les pide la documentación a ellos, y en el puerto no les esperan las porras de la guardia civil, sino que es el mismísimo alcalde el que acude a recibirles cuando llega su yate. ¿Problemas con el Islam? ¡Por favor! ¡Si este es el país de La Alhambra!

¡Oh, ya sé! ¡Es la delincuencia! Los de fuera son delincuentes. No queremos a mafiosos rusos en nuestras calles… ¿o sí?

Es poco conocido, pero existe un artículo en la reciente Ley de Emprendedores que garantiza el permiso de residencia a los inmigrantes que adquieran una vivienda en España por un importe superior a los 500.000 euros. Así que, amigo Dimitri, si buscas un lugar donde blanquear el dinero negro de la droga, no dejes de visitarnos. Por gastarte medio millón en ladrillo te regalamos la residencia; si llegas a los cinco millones, te hacemos concejal.

 

“Votadme, y transformaré la Marbella de los mendigos y delincuentes en una Marbella de millonarios y delincuentes”

Y ahora, dejemos de lado la ironía, y hablemos claro: la diferencia entre un respetable extranjero y un miserable inmigrante no es la raza. Ni la religión es el motivo por el que se trata distinto al marroquí que salta la valla y al jeque que llega a puerto. Ni la honradez es el motivo por el que lo llamamos robar cuando lo hace el rumano de tu barrio, mientras que se convierte en apropiación indebida cuando lo perpetra el empresario norteamericano.

Quitémonos la careta. No les odiamos por su raza, su cultura o su religión.

Les odiamos porque son pobres.



Somos el producto de una sociedad burguesa, educada en el capitalismo. No importa cuántas veces manifiestes tu solidaridad, y cuando maldigas a los políticos, a los neonazis, a la periodista que patea a los inmigrantes sirios; en el fondo, tú también les temes y les odias.

Eres el producto de la sociedad en la que vives, y en una sociedad burguesa y capitalista ser pobre es el único delito que jamás se perdona.