martes, 8 de septiembre de 2015

NO HAY CAUSA PERDIDA

Lo mismo da triunfar que hacer gloriosa la derrota - Ramón María del Valle-Inclán

La deslealtad con los propios valores éticos es una de las principales causas de nuestro fracaso moral.

RAFAEL ARENCÓN (EDUCADOR Y PRESBÍTERO ANGLICANO) / L. D.
  8 de septiembre de 2015 
John de Rosen en la Grace Cathedral de San Francisco (USA)

Al igual que los accidentes de tráfico son una de las principales causas de muerte en las sociedades occidentales, la deslealtad con los propios valores éticos es una de las principales causas de nuestro fracaso moral. Por ello conviene guardar memoria de cuantos testimonios de lealtad pongan de manifiesto el valor de la coherencia y la perseverancia.

Uno de esos testimonios, ya casi enterrado por las paletadas de la desmemoria, es el de los Non-jurors. Fueron nueve obispos y cuatrocientos presbíteros de la Iglesia de Inglaterra para quienes su juramento de lealtad al rey James (Jacobo) II hacía imposible un nuevo juramento en favor de William III, máxime mientras el rey Jacobo siguiese aún vivo.


Se trataba de una rebelión aparentemente condenada al fracaso. La situación política en 1688 era totalmente desfavorable para la causa jacobita, como se encargarían de mostrar las fracasadas revueltas de los siguientes setenta años. Sin embargo, la postura de los Non-jurors iba más allá de una apuesta política o dinástica: era una cuestión de conciencia. Y eso hizo que su recorrido fuese mucho más largo y fructífero.

Los Non-jurors ingleses apenas participaron en episodio bélico alguno, aunque apoyaban sin fisuras la causa jacobita. Ellos estaban más centrados en la regeneración de la vida social y espiritual de Inglaterra.

Un Non-juror de segunda generación, William Law, se preocupaba por el alejamiento entre el cristianismo institucionalizado y las clases populares, exponiendo con estas palabras el ministerio ideal de un pastor de la Iglesia: “El ahora cree que la criatura más pobre de su parroquia es lo bastante buena y lo bastante grande para merecer la atención más humilde, la amistad más cariñosa, los servicios más tiernos que posiblemente puede mostrarle.”

Los Non-jurors exploraron la evolución de la liturgia en su afán por conectar con lo mejor del cristianismo que les había precedido. Redescubrieron la catolicidad de la Iglesia, no en un sentido romanista (de sumisión a Roma) sino de universalidad. Fueron los primeros en abrir un diálogo con la ortodoxia oriental, en un claro precedente del ecumenismo que vendría cuatro siglos después.

Antes que la última de sus comunidades desapareciese (a principios del siglo XIX, tras el fallecimiento sin descendencia legítima de los dos hijos del pretendiente James III) los Non-jurors dejaron su impronta en la religiosidad del Nuevo Mundo a través de la Iglesia episcopal de Escocia (de hecho, una Iglesia también Non-juror). Fueron obispos escoceses quienes consagraron en 1784 al primer obispo de la Iglesia episcopal norteamericana, Samuel Seabury, de Connecticut.

Podemos decir con seguridad que el legado Non-juror de fidelidad a la propia conciencia ,sin miedo a las consecuencias, forma parte de la impronta presente en todo el episcopalianismo de la antigua New England . Ello se evidenció de forma especial en los años sesenta del siglo pasado, durante la lucha por los derechos civiles, cuando los episcopales del nordeste de Estados Unidos dieren al país numerosos mártires por la igualdad racial (como por ejemplo Jonathan Myrick Daniels).

Cuando en 1833 se inicia el Movimiento de Oxford, que recoge el testigo de los Non-jurors en favor de la catolicidad (universalidad) del anglicanismo, el servicio prestado por estos fieles cristianos empieza a ser reconocido en sus justos términos.

¿Qué podemos aprender nosotros hoy de su testimonio? Principalmente, que no existe causa perdida.
Que ponerse al lado de la conciencia y de los más débiles tal vez no nos asegure el laurel de nuestra victoria, pero sí nos haga ser eslabones en la cadena por un mundo más justo

Colaborador Articulista: Rafa Arencón
Educador y presbítero anglicano.

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