martes, 7 de julio de 2015

VALORACIÓN A PRECIO DE MERCADO

Desde las filas liberales se asume que, en el libre mercado, cada trabajador cobra un salario acorde con lo que produce. ¿Podría ser verdad?

Dice la Ley de Godwin que en cualquier debate que se prolongue lo bastante, una de las partes llamará "nazi" a la otra; es cuestión de tiempo. Esta misma ley afirma que la parte que usa el término es la que ha perdido el debate, porque un insulto tan extremo como "nazi" solo se usa cuando te quedas sin argumentos.

josé antonio sánchez cabezas /l.d.
07 de julio de 2015 

En los debates con los liberales existe una variante de esta ley; en cualquier discusión sobre la retribución de los trabajadores, el liberal siempre acaba afirmado que el mercado retribuye al trabajador en la medida de su producción. “Si cobra poco es porque produce poco.”, suelen decir.

La idea subyacente es que cualquier regulación laboral, como lo es el salario mínimo interprofesional, perjudica tanto a las empresas como a los trabajadores. Las primeras deben cargar con sobrecostes laborales, y los segundos no encuentran empleo cuando el valor de su esfuerzo no alcanza a producir el valor de ese salario mínimo. En otras palabras, si el salario mínimo es de 600 euros, y un trabajador es incapaz de realizar un trabajo que “aporte” a la empresa un valor superior a ese sueldo, no encontrará trabajo, porque la empresa no va a contratar a alguien cuyo trabajo vale menos que su sueldo, y tampoco puede ofrecerle un salario inferior al mínimo interprofesional porque la ley no lo permite.


Las fallas de esta tesis son muchas, y darían para un libro, pero vamos a analizar solo algunas de las más evidentes:

El rendimiento intrínseco del trabajador no existe

Para empezar, la tesis liberal carga sobre las espaldas del propio trabajador la culpa de su bajo salario. El mercado no puede equivocarse, ergo, si un trabajador cobra una miseria, eso debe ser lo que vale su desempeño.

Ahora bien, es sabido que los salarios no son los mismos en todas partes. El puesto de trabajo tiene una retribución completamente distinta en países de nuestro entorno, como podrían ser Alemania, Francia, Noruega o España. La legislación de esas naciones es variopinta; unas veces es similar, en otras es más proteccionista, y en otras es más liberal, sin que esta última opción asegure en absoluto mejores salarios. Dinamarca es, por poner un ejemplo, la socialdemocracia más desarrollada del continente, y ello no impide que posea los salarios más altos y el mejor nivel de vida de Europa.

La diferencia podría radicar en la “cultura del esfuerzo”. Este concepto, verdadero fetiche liberal, carga de nuevo las culpas sobre el trabajador; si los españoles cobran menos que los alemanes en los mismos empleos es porque los alemanes son trabajadores hipereficientes, mientras que el asalariado español es de naturaleza perezosa.

Ahora bien, es sabido que, durante la crisis en la que nos hallamos aún inmersos, cientos de miles de españoles han salido a buscarse la vida más allá de nuestras fronteras, siendo así que los empresarios extranjeros están mayormente encantados con sus excelentes rendimientos. Tanto que hasta les pagan salarios decentes.

Jóvenes españoles emigrando al extranjero; imágenes de ayer, hoy, y siempre.

¿Es posible que los trabajadores españoles digievolucionen al cruzar los Pirineos? Tal vez la respuesta al misterio sea la magia…

o tal vez estén interviniendo otros elementos muchos más desagradables al oído liberal. Por ejemplo, es sabido que un trabajador puede rendir más o menos dependiendo de si está bien dirigido. Tal vez dejamos de mirar al esforzado empleado, y comenzar fijarnos en la patronal de nuestro país para explicar cómo los mismos trabajadores tienen un rendimiento completamente distinto según el lado de la frontera en el que se encuentran.

Otra explicación tentadora es invertir la relación causa-efecto: en lugar de asumir que los salarios de miseria son la justa recompensa a un trabajo penoso, podría ser que los empresarios obtienen del trabajador un rendimiento acorde al salario que les ofrecen. Si quieren un mayor rendimiento, que ofrezcan mejores salarios.

Esta última idea tiene incluso un cierto aire liberal: es una ley del mercado que la calidad se paga. Si eso sirve para coches, restaurantes y smartphones, ¿por qué no iba a aplicase también al trabajo? Al fin y al cabo, el trabajo es el producto que el empleado ofrece en el mercado laboral.

Sin embargo, acordes o no con la filosofía de mercado, estas variables no se contemplan por los neoliberales. El rendimiento del trabajador debe ser algo fijo, totalmente ajeno a lo hábil o torpe que sea el empresario. De lo contrario, se está desplazando la responsabilidad del rendimiento laboral hacia los empresarios. Y eso sí que no. De ninguna manera, vamos.

El salario de un trabajador viene determinado por su productividad

Estamos ante la idea más falsa de todo el repertorio. Y es falsa por una razón obvia: el valor de mercado de cualquier cosa no se basa en su productividad, sino en su escasez.

La escasez, recordémoslo, no significa “poco”. No cuando hablamos en términos económicos. En economía, algo es escaso cuando su oferta es inferior a su demanda; es esa escasez, la diferencia entre oferta y demanda, la que determina su valor.

Así, el petróleo que hay en el mercado no es poco. Se producen y se ponen a la venta millones de barriles cada mes, cada semana y cada día. Sin embargo, la demanda es todavía mayor; por eso es un recurso económicamente valioso.

Sin embargo, si solo hubiese cuatro o cinco unidades de un producto en el mercado, y no lo quisiese nadie, su valor económico sería cero. Lo mismo que si existiesen unos miles, y se demandasen solo unas docenas.

Volviendo a nuestro país, con el estallido de la crisis inmobiliaria se perdieron miles de puestos de trabajo en el sector de la construcción. Y la razón de dicha crisis no fue que los albañiles fuesen poco productivos; de hecho, durante aquellos años España había construido muchas más viviendas que Francia, Italia y Alemania juntas. Se produjeron tantas, de hecho, que ya no había mercado. Han pasado siete años, y en nuestro país quedan medio millón de viviendas que no encuentran comprador.


Oferta y demanda, señoras y señores. Oferta y demanda. Si el mercado demanda mil albañiles, y solo hay quinientos, los salarios se dispararán por las nubes. Si el mercado demanda mil albañiles, y hay diez mil buscando trabajo, los salarios caerán en picado. No es una cuestión de productividad.

Si lo gana es porque lo produce

Esta expresión es una variante de la idea anterior, y suele utilizarse cuando se produce un exceso en el mercado, véase el salario de los futbolistas.

Esta idea tampoco tiene mayor recorrido, y mucho menos en España, país que ha visto declararse en concurso de acreedores a 22 equipos de fútbol de primera y segunda división en los últimos años.

Y de la misma manera que es totalmente falso que el trabajo de una persona adulta y sana pueda valer menos que el salario mínimo, resulta increíble que el desempeño de Kaká en el RM valiese los 40 millones que ganó durante su estancia en el conjunto blanco. Ni siquiera en términos de mercado es sostenible tal afirmación.


En el mundo financiero tienes, además, especuladores que ganan grandes cantidades de dinero sin producir absolutamente nada, salvo ruina. ¿Otro ejemplo? Las casas de apuestas. Ganan miles de millones, pero… ¿Qué están produciendo exactamente? Un neoliberal, a falta de más argumentos, podría responder “dinero”. Lo cual nos lleva al siguiente punto…

El error del dinero

Imagine un general que, para sorprender al ejército enemigo, decide atacar a través de un desierto.
Cuando sus tropas ya se han internado en el páramo de arena, y avanzan trabajosamente bajo un sol de justicia, los encargados de intendencia le transmiten al general un mensaje preocupante: no había traído provisiones suficientes. El general escucha la noticia con calma; incluso sonríe. “Ya lo sabía, señores. – les dice- Pero no se preocupen; he traído dinero.”
Dos semanas más tarde, diezmado, el ejército alcanza un rio llamado “Camarones”. Tras recuperar las fuerzas, lo primero que hacen los soldados supervivientes es amotinarse contra el estúpido general que pensaba que se iba a encontrar un supermercado en mitad del desierto.

Esta historia, que parece una especie de chiste, es real. Le ocurrió en 1878 al dictador boliviano Daza Groselle en su guerra contra Chile.

No os preocupéis; he traído dinero.”
Dicho por Daza Groselle, en mitad del desierto.
Y si bien es difícil que ningún militar repita semejante insensatez, la anécdota sirve para ilustrar la siguiente afirmación: el dinero no es real. Solo existe como una convención social, una ficción en la que participamos todos, y en la que nos hallamos tan inmersos que, como al dictador Daza Groselle, a veces se nos olvida su naturaleza ficticia.

Dicho esto, hay un lugar, un ente, que comete ese mismo error día tras día: el mercado.

Belén Esteban gana quince veces más que los obreros que construyen las casas en las que vivimos, y Paquirrín gana veinte veces más que los trabajadores del campo cuyo esfuerzo alimenta a toda la población mundial. Y si preguntas a un defensor del Libre Mercado, te responderá que si Belén Esteban o Paquirrín ganan esas cantidades, es porque lo producen.

Que producen, ¿el qué? ¿Viviendas en las que refugiarnos del frio? ¿Alimentos? ¿Vestido? ¿Vergüenza ajena? ¿Qué es lo que producen para merecer tanto dinero?

Ah, sí. Ya recuerdo: producen dinero.

Sí, él lo vale
Una última anécdota: en 2006 fueron condenados los directivos de Enron, multinacional que había protagonizado la mayor quiebra hasta aquel momento – el relevo lo tomaría Lemmanh Brothers un par de años más tarde-, por haber hinchado los beneficios de la empresa.

Otro heroico defensor del libre mercado, acosado por el sistema
Al parecer, Enron se había acogido a un sistema denominado “Inversiones a precio de mercado”, que les permitió computar en sus libros de cuentas los beneficios de operaciones que todavía no se habían realizado, usando como referencia el precio de mercado. Al jurado el sistema de valoración a precio de mercado le pareció un fraude.

Normal: siempre lo es.









No hay comentarios: