domingo, 5 de abril de 2015

La Edad de Piedra

Colaborador Articulista: José Antonio Sánchez Cabezas

El Primate

La mentalidad del ser humano respecto del medio natural apenas sí ha variado en los últimos 100.000 años; es decir, desde que los primeros homínidos se erguían en la tundra africana para poder vigilar su entorno. Posición esta, la de estar erguido, que les dejaba las manos libres.
Aquellos monos enclenques, temerosos de los depredadores que les perseguían, de las heridas que se infectaban, de las enfermedades que no comprendían, y del hambre que les atormentaban, estaban entregados a un objetivo por encima de todo: sobrevivir y multiplicarse. Y es esos objetivos, los únicos que tenían, explican su actitud hacia el entorno natural, y que se resumía en que había que explotar todos los recursos posibles, y había que explotarlos de la forma más intensa posible.
En esto, los homínidos no se diferenciaban de cualquier otro animal. Porque, y en contra de lo que piensa el buenismo ecologista, el equilibrio natural no se debe a que las bestias quieran guardar un sabio equilibrio con su entorno, sino a que no tienen ninguna otra opción.
Pero aquellos homínidos que caminaban erguidos tenían las manos libres. Y eso les abrió otras opciones…
Desde entonces el mundo ha visto pasar las sucesivas etapas de nuestra evolución, del cromañón al homosapiens, pasando por esa rama fallida que fue el neanderthal. Y en cada etapa lográbamos un control mayor sobre los recursos de nuestro entorno, gracias a eso que llamamos “tecnología”, y que comenzó cuando nuestros más lejanos ancestros descubrieron que esos dedos oponibles, diseñados para agarrarse a las ramas de los árboles, podían servir para otras cosas, después de todo.




Sin embargo, ese desarrollo tecnológico no ha venido acompañado de un progreso intelectual equivalente; la inteligencia no consiste solo en desarrollar la tecnología (que no deja de ser una mera herramienta), sino también en saber cómo utilizarla. Y lo cierto es que la seguimos utilizando de la misma manera que hace 100.000 años.
Porque, si miras en lo profundo del sabio y omnisciente Ser Humano, justo por debajo de la superficie, resulta que seguimos siendo primates cuya única prioridad es sobrevivir y multiplicarnos. El primate, que sigue obsesionado con explotar todos los recursos a su alcance, de la forma más intensa posible…


Rapa Nui

Siempre que una población de animales herbívoros no encuentra depredadores, su número crece y crece. Como los primates, como todos los animales, no tienen más objetivos ni consideraciones que sobrevivir y multiplicarse, y es a lo que se dedican.
Por supuesto, el número de animales que puede soportar un entorno es limitado. Cuando demasiados herbívoros se multiplican en un entorno siempre llega un momento en el que la vida vegetal que sostiene dicha población creciente no puede soportar la presión, y se contrae. Los animales, en un plazo muy breve, se encuentran con el shock de pasar de una situación de abundancia a otra de terrible escasez. Y es esta escasez la que llevará al “control de población” que los animales son incapaces de aplicarse de forma racional y planificada.
Los humanos observamos este fenómeno, bien con ecuanimidad científica, bien con vanidad. Es algo que le ocurre a los animales. Pero nosotros no nos clasificamos en esa categoría. Somos distintos. Nunca caeríamos en la trampa de explotar los recursos más allá de su límite, porque, ingeniosos y brillantes como Dios nos ha hecho, siempre encontraremos nuevos recursos… de alguna manera… o veríamos venir la amenaza y tomaríamos, de forma sensata y planificada, las medidas para evitar el desastre.



No, es imposible que eso nos ocurra a las personas.

Falacias

Cuando hablamos de los recursos suelen surgir falacias. Y si de lo que hablamos es del agotamiento de los recursos, las falacias se vuelven recurrentes. Casi familiares. Te tropiezas con ellas una y otra vez, casi sin variantes. Las más comunes son las siguientes:

- “La tecnología avanza una barbaridad. Por lo tanto, no habrá problema”. Este es el equivalente científico a “Dios proveerá”, y está basado en la idea de que la tecnología es un recurso. Pero, de hecho, la tecnología se aplica sobre los recursos. Sin ellos, toda nuestra ciencia no son más que ideas sin aplicación práctica.
- “Cada vez somos más eficientes. Por lo tanto, cada vez necesitamos menos recursos”. La tecnología es ciertamente una fuente de eficiencia en el aprovechamiento de los recursos. El problema, como descubrió Jevons con su paradoja, es la economía. Y es que, cuando un modo de producción se vuelve eficiente, toda la economía se vuelca sobre él. Un bueno ejemplo son los motores de combustión: los automóviles son cada vez más eficientes en su fabricación y consumo, por lo que hay más gente que puede permitirse tener uno (o dos, o tres), por lo que el consumo de gasolina se dispara mucho más rápido de lo que ninguna mejora en la eficiencia pueda compensar.
De hecho, la mayor evidencia en contra de esta falacia es la realidad incontestable de que hoy en día consumimos más recursos que nunca.
- “La Edad de Piedra no terminó por falta de piedra”. Este es mi favorito. Se basa en sugerir la idea de que la tecnología hace que los recursos se vayan sustituyendo unos a otros. La Edad de Piedra finalizó, y le sucedió la Edad de Cobre, la de Bronce, la del Hierro...
Y hoy en día no usamos para nada ni la piedra, ni el cobre, ni el bronce, ni el hierro, ¿verdad?
En realidad, no solo seguimos usando todos esos recursos, sino que lo hacemos en unas cantidades ingentes, mayores que nunca antes en la historia.
La economía nunca, jamás, renuncia a los viejos recursos. Sí puede renunciar a determinados productos, pero no a los recursos. Así, ya nadie usa aceite de ballena, y cada vez se usan menos las pilas. Pero la ballena en sí misma, que era el recurso del que se extraía el aceite de ballena, SÍ se sigue explotando. Y los polímeros, plásticos y químicos con los que se fabrican las pilas eléctricas están más demandados que nunca.
En realidad, solo hay una forma de que la economía realmente se dedique a sustituir un recurso: que se agote. Así, cuando se agote el petroleo y el uranio, recurrimos a aumentar nuestro consumo de carbón (y digo “aumentar” porque el carbón se utiliza hoy en día más que nunca. El petroleo no lo sustituyó). Y sin petroleo, habrá que volver al acero (hierro + carbón) para fabricar objetos cotidianos que hoy son de plástico. Y cuando el carbón y el hierro comiencen a agotarse, recurriremos al bronce y la madera. Y así, retornando sobre nuestros propios pasos... hasta volver a la Edad de Piedra.