jueves, 12 de marzo de 2015

EL CARLISMO Y LA MONARQUÍA

La Monarquía Socialista que el Carlismo representa

En marzo de 1976 el Partido Carlista reafirmaba junto a la Dinastía Borbón Parma, el Pacto Pueblo - Dinastía. Fuente: (J.Mª de Zavala; Partido Carlista; 1976: páginas 67-70)

josé maría de zavala
12 de marzo de 2015 
José Mª de Zavala; S.G. del P. Carlista en 1976
Al analizar el Partido Carlista al observador ajeno siempre se le plantea la cuestión monárquica. Antes de entrar en la explicación de la postura del Partido Carlista sobre el tema, conviene detenerse en dos cuestiones previas, referidas, la primera a si se puede considerar partido monárquico y la segunda a la aparente contradicción entre un programa de socialismo autogestionario y la presencia de una dinastía.

Respecto a lo de monárquico, lo mejor es fijarnos en lo de otros países que reciben ese nombre. En Europa occidental sólo existen organizados en Italia y Portugal y unos residuos de grupo legitimista en Francia. En realidad son unas minorías con unos programas que tienen más de nostalgia que de ideología política. En ese sentido, nada tienen que ver con el Partido Carlista. Pero es que, además, son radicalmente distintos en sus orígenes pues mientras en esos países los partidos monárquicos pretenden la restauración de una corona, el Carlismo, como al principio de estas páginas hemos visto, ha sido siempre un movimiento reivindicativo de libertades forales y comunales, que ha utilizado la bandera dinástica.

Si continuamos el recorrido por Europa occidental, llegamos a países como Inglaterra, Holanda o Suecia, de larga tradición democrática, donde hay multitud de partidos políticos en regímenes monárquicos. En no pocos casos el partido en el poder pertenece a la Internacional Socialista y eso no es obstáculo para que muestre su acatamiento a la Corona reinante. En nuestro mismo país, vemos partidos de la oposición, de claro historial y confesión republicana, que manifiestan estar dispuestos a aceptar la Monarquía que nos legó Franco. Y aún más. Regímenes socialistas, como China o Cuba, funcionan, de hecho, como auténticas monarquías, no sólo en el sentido etimológico de la palabra, sino porque esos pueblos tienen depositada su confianza en “el gobierno de uno”, que reviste carácter de líder . Vemos así que, antes de aplicarlo, debe ser muy matizado el concepto de partido monárquico, aunque está claro que el Partido Carlista nada tiene que ver con su aceptación común, porque su objetivo no es una forma de gobierno, sino una organización del estado y la sociedad.

En cuanto a esa aparente contradicción entre socialismo y monarquía, hay que decir que para el Partido Carlista no existe tal contradicción, sino todo lo contrario, pues consideramos la monarquía fruto del pacto Pueblo-Dinastía, como instrumento de garantía para alcanzar la sociedad socialista. Además, el mismo análisis histórico del Carlismo es la mejor prueba de que no hay tal contradicción. Históricamente el Carlismo ha defendido la monarquía federal y popular, frente al monarquismo de la sangre, de la clase dominante y del poder de la oligarquía.
En las guerras carlistas no se luchó por la Ley Sálica o la colocación de un pretendiente en el trono. En 1833 las masas campesinas que se echaron al monte y a los caminos, sin hacer cuestión de principio la forma de gobierno, defendían los derechos forales y comunales de los que la Monarquía centralista y burguesa les había despojado y que Carlos María Isidro respetaba. En aquella época el elemento dinástico era, en sí mismo, motivo o solución de problemas.


En los últimos tiempos, y a pesar de que la reciente historia del Carlismo refrenda que no es un movimiento dinástico, las voces autorizadas del Partido Carlista han salido al paso de los intereses que quieren presentar una falsa imagen de los carlistas. En unas declaraciones a la prensa en los primeros días de mayo de 1976, don Carlos Hugo insistía en la evidencia de que el Carlismo no plantea un pleito dinástico, sino un pleito político, democrático, de la sociedad, frente al poder establecido: 

“La etiqueta no hace la institución. Nosotros proponemos una Monarquía Socialista, democrática y popular. Por eso no planteamos un pleito dinástico. Habría problema dinástico si dos dinastías estuvieran compitiendo por el mismo trono, por el mismo poder. Dado que no competimos por el mismo poder del sistema establecido, sino que queremos una sociedad socialista cuya infraestructura ideológica, económica, política y social será radicalmente distinta, no existe competencia. No existe pleito dinástico, sino pleito político”.

En la misma ocasión el líder carlista añadía: “En 1931 el Carlismo y su Rey apoyaron en el primer momento a la República considerando que era un paso adelante hacia una mayor democratización pacífica en España. Estos antecedentes le explican que no hay, en absoluto, antagonismo entre la concepción republicana y la concepción monárquica de la democracia. El Carlismo considera la Monarquía solamente en cuanto es una garantía institucional para el funcionamiento de lasepúblicas españolas para las libertades de los pueblos de España, para las libertades de los partidos políticos en España, para las libertades de las instituciones sociales y sindicales. La Monarquía para el Carlismo, es un poder político pactado, defensor de las libertades comunitarias federales e ideológicas”.

Como asume hoy el Partido Carlista su “cuestión monárquica”, lo expresa el documento de la Asamblea Federal de marzo de 1976, bajo el epígrafe “El Pacto Pueblo-Dinastía”:

El Partido Carlista ha utilizado un pleito dinástico como arma de lucha política entre el pueblo, en su manifestación socialista y federal, contra un estado centralista y burgués, en su manifestación totalitaria, fascista y oligárquica.
El Partido Carlista conserva y ratifica internamente su pacto con la Dinastía carlista personificado en Don Carlos Hugo de Borbón Parma. El Partido Carlista se reserva el presentar en el futuro, cara a una sociedad socialista, esta fórmula jurídica de pacto, como solución al problema de la forma de gobierno. Será el pueblo, y solamente el pueblo, quien decida la forma de gobierno que pueda presidir el Estado Socialista Federal, cuando goce de su plena soberanía, a través de un proceso democrático. Serán las repúblicas socialistas federadas las que, mediante pacto, decidan la forma de gobierno a través de lo que llamamos pacto federal”.