viernes, 28 de marzo de 2014

JESUCRISTO

Colaborador Articulista: José Antonio Sánchez Cabezas


"Antes pasará un camello por el ojo de una aguja, que entrará un rico en el reino de los Cielos."
Jesucristo


Estamos en el año I de nuestra era, y, en el Mundo Conocido, el poder romano es incontestable. Su Imperium se extiende a través de tres continentes, desde las Columnas de Hercules, golpeadas por las olas del Oceano Atlántico en el oeste, hasta las llanuras fluviales del Eufrates, en el oriente. Desde Egipto y los grandes desiertos de Africa en el sur, hasta los brumosos bosques de Gran Bretaña, al norte.
Y, en el centro de todo, la Ciudad Eterna, la Urbe hacia la cual se dirigen todos los caminos: Roma.


El poder de La Ciudad, como la conocen sus habitantes, va más allá de los ejercitos y la política. Es también la encarnación de una corriente religiosa y filosófica, una forma de ver y entender la realidad, según la cual la fuerza y los heroes militares deben ser reverenciados, y los ricos y comerciantes admirados. Y por ellos se alzan a lo largo y ancho del Imperio estatuas y templos a Marte, Dios de la Guerra; a Hercules Invicto; a Pluto, Dios de las Riquezas y el Comercio.
Es un Imperio conquistado por la fuerza de las armas, y que por la fuerza de las armas se sostiene, y un mundo en el que la mayoría de los habitantes son esclavos, humanos que son literalmente objeto de comercio. Más nada de malo hay en ello. Muy al contrario, el mundo no solo es como es, sino como debe ser. El Fuerte, sobre el Débil. El Rico, sobre el Pobre. Marte y Pluto, sobre los hombres.


Sin embargo, en el confín más oriental del Mare Nostrum ha nacido un niño que llevará una vida humilde, predicará para los pocos que alcanzen a oir su voz, y morirá ajusticiado casi en el anonimato. Cuando en el año 33 Jesucristo sea crucificado nadie en Roma conoce su nombre. Ninguna fuente contemporanea deja constancia de su existencia. Sin embargo, por alguna razón, sus palabras no se las llevará el viento; formarán un árbol que se alzará despacio, pero imparable, y cuyas raices en constante crecimiento resquebrajarán los suelos de marmol blanco de Roma.

"... si tu prógimo golpea tu rostro, ofrecele la otra mejilla..."
"... si quieres seguirme, abandona tus bienes y sigueme..."
"No se puede servir a Dios y al dinero, pues nadie puede servir a dos amos."
"Los mansos heredarán la tierra"
"Dadle al Cesar lo que es del Cesar, y a Dios lo que es de Dios"
"¿No os oprimen los ricos, y no son ellos mismos los que los arrastran a los tribunales? "
"Antes pasará un camello por el ojo de una aguja que entrará un rico en el reino de los Cielos."


Las enseñanzas del Hijo del Carpintero, el hombre que condenaba toda forma de violencia, pero que azotaba a los comerciantes del Templo, y condenaba al infierno a los ricos por el hecho de serlo, iban en contra de los mismísimos cimientos de Roma. Es por ello que las élites del Imperio decidieron ignorarlas. Ellos tenían a Marte, a Hércules y a Pluto, dioses hechos a su medida, y que salvaguardaban sus intereses.
Sin embargo, y ante la inicial indiferencia de las élites romana, las palabras del Hijo del Carpintero se extendían como el fuego por las maltratadas clases bajas del Imperio, pues ¿por qué iba el pueblo llano a adorar a Marte, eran ellos y sus hijos los que morían en las guerras? ¿qué amor podían sentir por Pluto, dios del dinero, cuando vivían condenados a la miseria, constantemente explotados por los banqueros y comerciantes?


El pueblo soportaba sobre sus maltratadas espaldas a los poderosos porque le habían enseñado que aquello no solo era inevitable, sino que era bueno. Pero ahora una voz les decía que aquello NO era correcto. Que todos los hombres eran iguales; que jamás, bajo ningún concepto, había que responder a la violencia con más violencia; que no había que buscar las victorias, sino la Paz; que la religión y el Estado son dos cosas distintas que no deben mezclarse; que las desigualdades económicas eran condenables, y la busqueda de riqueza algo despreciable.


Jesucristo predicó la dignidad de la pobreza, y la gloria de los humildes. Y los pobres y humildes le escucharon.
Solo mucho después los ricos y poderosos de Roma, aterrorizados, se dieron cuenta del peligro; ante ellos se desplegó la imagen de un futuro en el que las legiones que se negaran a luchar contra su prógimo, el pueblo abandonase las viejas religiones que salvaguardaban sus intereses, y las multitudes les condenaban por ser ricos comerciantes en lugar de admirarles por ello.
Su primera reacción fue la prohibición. Luego, el uso de la fuerza y el miedo.

 Las llamas, sin embargo, siguieron extendiendose por todos los confines del Imperio. Aparecían cruces pintadas con tiza en cada pared; la crucifixión, el instrumento con el que los privilegiados pretendían sembrar el miedo entre la plebe, se había convertido en un simbolo temido por los propios patricios.

Finalmente se dieron cuenta de que las Ideas no podían ser derribadas por las lanzas, ni detenidas por un muro de escudos. Y entonces decidieron que, si no podían detener los principios cristianos, lo que debían hacer era pervertirlos.

Las élites se apropiaron de la imagen de Jesus, y sobre ella edificaron una Iglesia que era un fiel reflejo de las viejas religiones. Tallaron su efigie en palacios a los que denominaron "Catedrales", y pusieron al frente de las mismas a miembros escogidos de sus propias filas.


Las damas de alta sociedad exhibieron crucifijos de oro con incrustaciones de diamante. Negaron a las clases bajas la lectura del Nuevo Testamento, y convirtieron la cercana imagen del humilde Hijo del Carpintero...


...en un idolo lejano e inexcrutable que les exigía oro en forma de diezmos, les invitaba a empuñar las armas para asesinar al bárbaro, degollar al infiel y quemar al hereje, y les obligaba a obedecer a sus amos.


La imagen de Cristo fue utilizada para destruir Su mensaje.
Dos mil años más tarde, en el Occidente que un día fue el Imperio Romano sigue librandose una pugna desigual: los herederos de las viejas religiones romanas continúan hoy glorificando el comercio y a los héroes militares. Aún se afeitan el rostro y mantienen cortos sus cabellos. Y todavía se apoyan en la religión para imponer sus opiniones políticas y sociales. Se les conoce como "Derecha".


Frente a estos, y a pesar de su tremenda inferioridad de medios, se levantan aquellos que rechazan la guerra, que defienden la Igualdad entre los hombres, la maldad inherente en el desigual reparto de la riqueza y la dignidad de los humildes. Son los idealistas que se dejan crecer los cabellos y las barbas en inconsciente imitación del primero de ellos. Es lo que hoy llamamos "Izquierda".




Fracturada la obra de Cristo entre su imagen y Su mensaje, la pragmática Derecha se apropió de la primera para poder comercializarla, y hoy luce orgullosa los laureles del triunfo. Por contra, la utópica Izquierda, sempiterna perdedora, hoy más desorientada que nunca, continúa aferrándose a Sus enseñanzas.

La desigualdad de la lucha es inevitable, dado que los principios rectores de la Derecha se apoya en los vicios y defectos de la naturaleza humana. Las idealistas aspiraciones de la Izquierda, por el contrario, siempre se desvanecen ante la realidad. No obstante, la lucha continúa, pues ni siquiera la realidad de Lo Que Somos puede impedirnos soñar con Lo Que Queremos Ser.
Tal es el estado de cosas hoy, en el año 2014 después de Jesucristo.





2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hombre, eso de "Derecha" e "Izquierda", sin más detalles, es una barbaridad. A ver si alguien va a identificarlos con la derecha e izquierda política.
De hecho, aún más que de "izquierdas", Jesucristo era "liberal". Pues la libertad es un bien máximo que se le dio al hombre, incluyendo la libertad para obrar bien o mal. Así que Jesucristo podría definirse como un "liberal" "comunista" (creía en el bien común, falta de posesiones materiales, etc., aunque no en el comunismo político donde la persona pasa a ser un recurso más, en este caso de la "sociedad", como en un capitalismo de lo más salvaje).

Jose A. dijo...

Es difícil estar de acuerdo con su idea de un Jesucristo liberal, dado que las bases del liberalismo se hallan en el egoísmo individualista, tal y como lo expuso Adam Smith en "La Riqueza de las Naciones".

Aunque entiendo que quiera desvincular a Jesucristo de la siempre desagradable arena política. Y en eso sí le debo dar la razón; ¿como era aquello de "Dadle al Cesar lo que es del Cesar..."?