domingo, 30 de marzo de 2014

EL LEGADO DEL CARDENAL ROUCO VARELA

Escrito por Antonio Cuevas en el periódico INFORMACIÓN de Alicante el día 18 de Marzo de 2014.

El cardenal de Madrid Rouco Varela, cosas de la edad y de las normas vaticanas, dejó la presidencia de la Conferencia Episcopal Española. En su mensaje de despedida no ocultó su pesimismo y dejó entrever una cierta amargura. Dedicó su vida con intensidad a destacar el papel de la Iglesia católica en este mundo tan cambiante, un fenómeno que, sin embargo, no alcanzó a comprender y del que estuvo ausente. Se guió por los dogmas más conservadores, ignorando las encuestas y la evidencia de que gran parte de los católicos españoles viven su vidas mirando para otro lado, ajenos a sermones dominicales y encíclicas.

 Poco preocupado por el paro, por los desahucios, por el hambre, su acción pastoral la centró en oponerse a las leyes de interrupción voluntaria del embarazo o a la que estableció en España el matrimonio entre personas del mismo sexo: también se destacó en señalar la «maldad» de la asignatura Educación para la Ciudadanía y en denunciar las políticas «independentistas» de ciertas comunidades autonómicas que pondrían en peligro «la unidad sagrada» del país.

 Se manifestó en las calles contra Zapatero pero no porque hubiera millones de parados. En cuanto a la financiación de la institución se limitó a ignorar que España es un Estado no confesional y consideró que, como sucedió durante siglos en España, tenía la obligación moral de hacerse cargo del mantenimiento de la Iglesia católica. De paso, gracias a una ley promulgada durante el gobierno de Aznar, durante el mandato de Rouco la Iglesia logró por pocas monedas quedarse con muchos edificios (entre ellos, la Mezquita de Córdoba, por 30 euros). 

Asegurar que España es católica no es real. Se estima que el 70% de la población se declara fiel a la Iglesia de Roma, pero menos del 20% asiste regularmente a misa. El matrimonio, tal cual es definido por el derecho canónico es, hoy por hoy, minoritario. Podría haber ojeado libros de historia para documentarse cómo España se convirtió en católica: expulsando a los judíos, a los moriscos, mandando a la hoguera a protestantes. No hay por qué ir tan lejos. 

Hoy, en España, viven unos dos millones de musulmanes, las iglesias protestantes, evangélicas, ortodoxas, cuentan con muchos miles de adeptos, y una parte de la población se autodefine como no creyente o atea. Y a los católicos de base se les puede considerar disidentes en su relación con la jerarquía.

En el sermón en la catedral de la Almudena con motivo del décimo aniversario de los atentados de Atocha, cometió la torpeza (o provocación) de convertirse en portavoz de los que fabricaron la teoría de la conspiración, asegurando que ETA había cometido el atentado: «mataron inocentes por oscuros objetivos de poder». Además, es evidente que deja la Conferencia Episcopal con amargura cuando dice que España, la sociedad española, vive en el «postcristianismo». De alguna manera reconoce su fracaso personal: durante su mandato es cuando la Iglesia ha perdido más influencia en la gente.

La pederastia en el clero tampoco le preocupó especialmente. Su interés fundamental se centró en defender a los no nacidos. En este aspecto también es evidente su fracaso. Demográficamente España es uno de los países del mundo en donde menos crece la población, y más ahora que, debido a la crisis, muchos inmigrantes abandonan el país con sus hijos e hijas. Sin nuevos nacimientos España envejece inexorablemente ya que, por el momento, a pesar de los recortes, las expectativas de vida siguen siendo una de las más elevadas del planeta.
Es de esperar que los 80 obispos españoles, ahora que se ha producido el relevo, reflexionen sobre su verdadero papel en la sociedad.