lunes, 3 de febrero de 2014

EL ESPEJISMO DEL PODER

Colaborador Articulista: José Antonio Sánchez Cabezas

En una ocasión leí una nota de prensa en la que se trataba el tema de Corea del Norte; era el típico artículo que se dedicaba a desgranar los crímenes y abusos de Kim Jong Il. No obstante, y aunque el cuerpo del texto buscaba causar la máxima indignación en el lector, lo que más me llamó la atención fue el título:

“Kim Jong Il tiene secuestrados a 40 millones de norcoreanos

Ante tal afirmación solo se me ocurrió preguntarme... ¿él solo?

Existe, y ha existido siempre, una tendencia a eximir a los pueblos de responsabilidad por los actos de sus gobernantes, especialmente si estos son dictadores, emperadores o monarcas absolutos. La idea central es dirigir la ira hacía el dirigente, al tiempo que se presenta a sus súbditos como víctimas de aquel.  Casi como si el tirano fuese una especie de mago que ha sometido a toda la sociedad por su propia fuerza.




Así se absuelve al pueblo de los excesos cometidos por sus gobernantes, lo cual es algo que siempre gusta oir al ciudadano de a pie. Sin embargo, existe una trampa, pues al mismo tiempo que se esconde la responsabilidad del pueblo también se le oculta su poder...

Toda forma de organización humana que funcione, sea un país, una empresa o un simple barco, tiene una estructura piramidal: hay una base amplia de personas que se ocupan de las tareas más pesadas. Por encima de estos, sucesivos eslabones  de personas que dirigen a las bases; estos grupos, conforme vamos ascendiendo en la jerarquía, son cada vez más reducidos, pero también más cada vez poderosos, hasta llegar a la cúspide, donde se halla una persona que, al menos en apariencia, detenta el poder y la responsabilidad en la toma de decisiones.

Este sistema piramidal, insisto, es el único realmente sólido, y que se ha demostrado eficaz a lo largo de los siglos. Tal vez por eso las sociedades antiguas de todos los continentes reflejaban, inconscientemente o no, esa misma estructura en sus monumentos.




Sin embargo, de esta misma estructura se desprende que, para mantenerse en la cúspide, la élite necesita una base solida y amplia que le siga. Volviendo al ejemplo de Corea del Norte, se puede señalar que son muchos los norcoreanos que han dado con sus huesos en prisión – o en la tumba- por oponerse al régimen. Y que, por lo tanto, hay una parte del pueblo coreano que no se opone a Kim Jong Il. Ahora bien, ¿quienes son los que buscan y encierran a esos opositores? ¿a qué pueblo pertenecen los soldados que ejecutan a los prisioneros? ¿de que nación son aquellos que escriben e imprimen la propaganda del régimen?


En definitiva, ¿acaso no son los propios norcoreanos los que, bien con su apoyo activo, bien cruzándose de brazos,  mantienen en el poder a su “amado dictador”?



Otro buen ejemplo, también marxista, lo encontramos en la otra punta del globo: Cuba.

La isla caribeña, en los años cincuenta, estaba gobernada por un sanguinario dictador – si bien tales palabras son redundantes, pues no hay dictador que no sea sanguinario- llamado Fulgencio Batista. Este gobernante tenía en sus manos todos los elementos conocidos de represión: un ejercito, una policía del régimen, propaganda, y el apoyo de caciques locales y potencias extrajeras. Y sin embargo, nada de todo aquello impidió que en 1959 tuviese que huir de la isla cuando el propio pueblo cubano, organizado en guerrillas, derrotó a su ejercito profesional y marchó sobre la capital para poner a Fidel Castro en el poder.




Setenta años después, los Castro siguen en el poder. A pesar de ataques directos (Bahía de Cochinos), a pesar de perder a su gran valedora (la URSS), a pesar de quedar totalmente aislada, a pesar de la miseria y los embargos... nadie ha derribado a los Castro. Y no lo han hecho porque los únicos que pueden conseguirlo son los propios cubanos, y estos no han movido un dedo. Algunos, muy pocos realmente, se han quedado a luchar en la isla. Otros, muchos más, se han marchado a EEUU -renunciando con ello a dar batalla, pues no se puede tomar la Habana desde Miami-. El resto, la mayoría, han seguido colaborando más o menos activamente con el régimen, formando esa base que toda pirámide necesita para mantenerse en pie.

Todas las constituciones democráticas del mundo repiten la misma idea: el poder emana del pueblo. Pero eso no es así porque lo diga ninguna constitución, sino porque, de hecho, el poder SIEMPRE emana del pueblo. En monarquías y en repúblicas. En democracias y en dictaduras. Es el pueblo el que valida las leyes, acatándolas, pues, si los ciudadanos deciden hacer caso omiso, los decretos de gobiernos y parlamentos son papel mojado.

Los gobernantes, como el Mago de Oz, se valen de humo y artificios para adoptar la apariencia de  gigantes, sabedores que su poder se mantendrá mientras subsista el espejismo de que son inalcanzables. Pero, aunque consigan engañar al pueblo, ellos mismos saben bien lo débil de su posición y cuán vacías están sus  amenazas. Lo saben, y tienen miedo. Porque basta con que el pueblo sople un poco para que desaparezcan el humo y los espejismos.

Como ha ocurrido en Madrid.



Como ocurrió en Gamonal.



No nos engañemos, pues: es el pueblo el que tiene el poder para cambiar el mundo. Y también la responsabilidad de hacerlo.

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