miércoles, 1 de enero de 2014

PRESENTACIÓN, EL ARGUMENTO DE AUTORIDAD, EL ÁTOMO PRIMIGENIO Y LAS PAREDES QUE DAN AL NORTE

Colaborador articulista: José Antonio Sánchez Cabezas


Como es la primera vez que escribo para LegitimistaDigital – y aún a riesgo de que sea la última-, considero lo más correcto ceñirnos a los viejos usos y costumbres, y, antes de entrar en materia, comenzar con una presentación.

Sin embargo, no se trata de contarles detalles personales sobre mi humilde persona; después de todo, no hay nada más desagradable que aquellas personas a las que les saludas con un “¿como estás?”, y les da por contestar a la pregunta en lugar de devolvértela. No, no. Ya que me han concedido ustedes su atención, sería injusto aburrirles con detalles de mi vida personal. En primer lugar, porque este espacio de opinión política, económica y social, no un diario personal. Y, en segundo lugar, dispongo de otras formas de aburrirles menos embarazosas...

Entonces, ¿qué clase de presentación debo hacer? Bueno, creo que debería comenzar describiendo un poco mi forma de pensar y de ver el mundo, a grandes rasgos. Y lo primero que tienen que saber es lo siguiente: no creo en los argumentos de autoridad.

                                                 La opinión de los expertos

“Esta es la cosa más tonta que hayamos hecho jamás. La Bomba nunca funcionará, y lo digo como experto en explosivos”

Almirante Willian D. Leahy, hablando de la bomba atómica, en 1945.



¿Que es un argumento de autoridad?

El argumento de autoridad, para el que no lo sepa, es sostener una conclusión basándose únicamente en el prestigio de la persona que la enuncia. Todos lo hemos oído alguna vez. De hecho, lo escuchamos constantemente. “Según la opinión de los expertos...”, arranca la presentadora del telediario. Y acto seguido suelta una sandez: 


“... Irak ya es una democracia plural y soberana”
      “... la crisis económica de España finalizará el año próximo”
          “... la Justicia española goza de total imparcialidad, y apenas sufre retrasos”

Y a cualquiera que intentase convencerle de cualquiera las tres ideas anteriores, usted le pediría, como mínimo, unos muy buenos argumentos. Sin embargo, cuando lo dice un experto, el argumento suele quedar reducido a eso mismo: a que lo dice un experto. 

Y lo peor es que hay gente que lo acepta...

Además, cabe añadir que el argumento de autoridad tiene otra cara de la moneda, y es descartar una idea, simplemente, por que la sostiene alguien que nos genera antipatía o desconfianza. Y, en mi opinión, tan equivocado es darle la razón una persona por ser quien es, que negárselo por la misma razón. 

Y dicho así, en abstracto, todos estaríamos de acuerdo. Lo que ocurre es que, una vez comienzas a debatir algo, el argumento de autoridad resulta muy seductor, muy cómodo. Exclamas: “Esto es así porque lo dice fulano de tal, que es experto en la materia”, y ya no necesitas desarrollar argumentos ni razonar tus ideas. 

Muy cómodo, realmente. 

El átomo primigenio

“No se preocupen. No habrá ningún huracán”

Michael Fish, meteorólogo británico de la BBC, en 1987, horas antes de que un huracán arrasase Inglaterra dejando tras de sí 19 muertos. 

En los años treinta estalló, en el ámbito científico, un enconado debate: por un lado estaban los físicos que proponían que el Universo era eterno y estable, sin principio ni final. Y entre los defensores del “Estado Estable” estaba Albert Einstein, que por entonces ya era el científico más famoso de todos los tiempos. 

En el polo opuesto estaban los defensores de la teoría del átomo primigenio, que sostenían que el Universo sí había tenido un principio; en concreto, que había nacido de un solo punto de densidad y calor inimaginable – punto al que se bautizó como “átomo primigenio”- que había estallado en un momento dado, por razones desconocidas, y su materia se había expandido hasta formar el Universo actual. Universo que, además, continuaba expandiéndose.

Sobra decir que era mucho más fácil defender la primera teoría que la segunda, máxime cuando la primera venía avalada por el mismísimo Einstein. 

Con todo, lo peor era que el científico que había enunciado la teoría del átomo primigenio era un completo desconocido que respondía al nombre de George Lemaitre, y era... sacerdote católico.



Por supuesto, las burlas y las acusaciones de proselitismo no se hicieron esperar. La comunidad científica nunca había olvidado, ni perdonado, los muchos errores pasados de la Iglesia Católica, y George Lemaitre se convirtió en una diana perfecta. Era demasiado fácil acusarle de estar intentando llevar el génesis a la ciencia, demasiado fácil mirar su alzacuellos e ignorar sus matemáticas.

Con todo, uno de los que se molesto en estudiar seriamente el trabajo de Lemaitre fue Albert Einstein, en busca de los muchos errores que sin duda debía contener. Al no hallar ninguno se limitó a decirle al interesado que “ sus matemáticas son correctas, pero su conclusión es horrible”.

Otros científicos, como el brillante matemático y físico Fred Hoyle, ni siquiera se molestaron en examinar la teoría del sacerdote. De hecho, el Dr. Hoyle se inventó un nombre peyorativo para burlarse de ella: la denominó “La teoría del Gran BUM” (en inglés, “The Big Bang Theory”).

Sin embargo, el padre Lemaitre perseveró en la defensa de su idea, aún bajo el aluvión de críticas. Y conforme transcurrían las décadas comenzó a ocurrir algo curioso: todos los descubrimientos de la astrofísica iban confirmando, punto por punto, la teoría del átomo primigenio. Finalmente, en 1965 un radiotelescopio captó una estática persistente que resultó ser el remanente del mismísimo Big Bang, el eco del nacimiento del Universo. Y el debate llegó a su fin. 



Un año más tarde, en 1966, George Lemaitre abandonó este mundo sabiendo que su teoría del átomo primigenio había sido bendecida por la ciencia. 

Las paredes

La historia del padre George Lemaitre es el mejor alegato que conozco en favor de juzgar las ideas no por quien la enuncia, ni porque no guste o nos dejen de gustar sus conclusiones, sino por los argumentos que las sostienen. Y ese es un principio que voy a intentar seguir en todos los artículos que escriba para Legitimistadigital.

Así, si me encuentro con una persona que sostiene que “las paredes más frías de una casa son las que dan al este, según los expertos”, otra que dice “en mi tierra siempre se ha dicho que las paredes más frías son las que dan al sur”, y una tercera que suelta una estupidez del tipo “¡es que todas las paredes de mi casa dan al norte!”, no le daré la razón automáticamente a la primera solo por citar a expertos. Escucharé los “porqués” y los “cómo” tanto del primero como del segundo. Incluso me detendré a escuchar las razones de la tercera.



Al fin y al cabo, cabe dentro de lo posible que tenga su casa en el centro del polo sur.





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