martes, 22 de mayo de 2012

LUÍS FELIPE Y LA MONARQUÍA CAPITALISTA DE JULIO DE 1830: SIMILITUDES CON LA DE JUAN CARLOS


Luís Felipe y la Monarquía Capitalista de Julio de 1830


Tras la derrota de Napoleón Bonaparte en Waterloo, la Santa Alianza, especie de sociedad de reinos, que se habían coaligado para derrotar al dictador megalómano, y así derrotar al tiempo las ideas que representaban sus ejércitos, de libertad, igualdad, fraternidad, y todo ello con su expansionismo imperialista, significaba tratar de aniquilar las ideas surgidas tras 1789, ideas liberales, que tenían origen burgués y capitalista.

Sin embargo reyes y príncipes de la Cristiandad europea, se vieron obligados a pactar con la burguesía capitalista que financiaba sus ejércitos, y se enfrentaron al nacionalismo burgués y al egoísmo que representaban aquel sistema capitalista naciente. Al hacerlo, sin darse cuenta, o conscientemente se destruiría la base política de la monarquía tradicional. Institución que había sido soportada por estructuras económicas rurales, artesanales y no capitalistas, mucho más acordes con los usos y costumbres del pasado.

Luís XVIII de Francia, antiguo Conde de Provenza, que se había pasado exiliado los años de la revolución francesa, y la dictadura napoleónica, hermano del desdichado Luís XVI de Francia, había decidido sintetizar al Antiguo Régimen con las Ideas Revolucionarias y Burguesas capitalistas. Para ello concedió a los franceses una Carta Otorgada que reconocía implícitamente las conquistas revolucionarias concernientes a la libertad individual, de prensa y de comercio, que de alguna manera se plasmaban en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Esta Carta Otorgada se diferenciaba de la Constitución porque el Rey entendía que era una prerrogativa, una concesión que el monarca realizaba a sus súbditos para que estos pudieran ser escuchados. Entendía que la soberanía recaía en el rey (soberano), y que este a su vez otorgaba parte de la misma a través de dicha Carta, de claras reminiscencias feudales, pero de la que sacará tajada la burguesía de los negocios, representada en los organismos e instituciones, debido a sus influencias mercantiles y comerciales.

A la muerte por asesinato de su hijo, el heredero legítimo del Trono. Luís XVIII adoptó una política cercana a los planteamientos políticos ultramonárquicos de los ultrarrealistas partidarios de su hermano, y hermano de Luís XVI; Carlos de Borbón, Conde de Artois y futuro Carlos X de Francia. Un proceso semejante ocurriría en España con los parciales Carlistas que rodeaban al Infante Carlos María Isidro de Borbón, futuro Carlos V de España para los legitimistas españoles.

Debemos observar la esencia del contexto socio-económico para entender la crisis del antiguo régimen, también tras la restauración, ya que las monarquías europeas, aunque trataban de mantener sus fundamentos tradicionales, se estaban apoyando en un sistema económico, el capitalista, ajeno a toda tradición histórica de los pueblos de Europa, y más bien de importación anglosajona, al haber sido allí, en la Gran Bretaña, donde tendría su origen el sistema liberal capitalista, que todos los países continentales tratarán de asumir, aniquilando por tanto todas las estructuras feudales, y con ello el apoyo popular a la monarquía.

La continuidad del boato monárquico legitimista en las formas, no se correspondía con el modelo económico que estaban asumiendo las economías europeas de la restauración. El sistema económico capitalista era en realidad ajena a las tradiciones de los reyes y príncipes de la Cristiandad y por este hecho, el egoísmo burgués capitalista y su nacionalismo los barrerá de la faz de la tierra, convirtiéndolos en simples figuras decorativas en el presente.

Sin embargo, esta burguesía capitalista, consciente de la tenencia del factor capital, y por tanto dueña de los recursos y medios de producción, necesitará del escaparate sentimental y feudal que significa la institución de la monarquía, porque imprime unos valores, viejas lealtades, y un romanticismo idílico que devuelve al hombre al terreno del honor, la justicia, la virtud, el valor. Sin embargo, como comenta Carlos Marx en el Manifiesto comunista, todo quedará en nada, cuando la burguesía capitalista ponga de manifiesto la fría relación que significa el poder del dinero.

Así pues, los defensores de la monarquía tradicional aceptarán como aliados a unas gentes ajenas al tradicionalismo monárquico, a la forma de entender la vida y el mundo. Los monárquicos moderados o transaccionistas a los que seguirán los conservadores y liberales, defenderán la doctrina del sistema económico capitalista, poniendo al servicio del capitalismo todas las instituciones y valores tradicionales, y a esto lógicamente se van a negar los legitimistas europeos, en este caso los carlistas españoles o los realistas legitimistas franceses.

Volviendo a Francia, a la muerte de Luís XVIII, subió su hermano Carlos X. Al principio y por consejo de su hermano mantuvo la Carta Otorgada, pero sus pretensiones absolutistas desencadenaron la revolución de los tres gloriosos 27, 28 y 29 de Julio de 1830. La torpeza de Carlos X, rememoró lo que había ocurrido con Jacobo II de Inglaterra en la Gloriosa Revolución de 1688, y es que está visto que no hay mucho margen de creatividad en los liberales para ponerles nombres a sus revoluciones, entiéndase porque todo va de “Glorias”. Carlos X se pensaba que la popularidad de la monarquía podría imponer de nuevo el absolutismo a la plutocracia capitalista, en la cual se apoyaba la monarquía francesa, ya que había adoptado las formas del sistema económico capitalista, con lo cual, el mismo, representado por la burguesía de los negocios y hombres políticos jamás aceptarían una monarquía intervencionista como era la monarquía del último Borbón legítimo que se sentó en el Trono de Francia: Carlos X.

Durante la Dictadura de Napoleón Bonaparte, los monárquicos y los jacobinos se habían aliado para acabar con el enemigo común, incluso habían desarrollado un proyecto de reconocimiento de las tierras agrarias en manos campesinas que había sido fruto de la revolución. Realistas y Jacobinos estaban convencidos que el mal estaba encarnado en el “Emperador de los Franceses”, en su “Código Civil”, en la “sangría militar”, y en el reconocimiento de la propiedad privada absoluta, por eso el tema de ver una vía más “socialista” o comunitaria, como lo habían sido en el pasado las tierras comunales. Los atentados perpetrados por realistas y jacobinos contra Napoleón el Dictador de Francia, no tienen parangón. Por supuesto hubo una reacción, que mandó a la muerte a inocentes, como al Duque d´Ehguien pariente de la realeza legitimista, acusado de poner en marcha “la máquina infernal”, para eliminar al Dictador.

El Imperio Francés supuso el triunfo de una dictadura republicana que contentó a la burguesía capitalista, pues de facto les entregó en parte el poder político y sobretodo el económico, desarrollando en Francia un sistema capitalista proteccionista y burgués.

Desde 1789, el movimiento monárquico francés se había visto sacudido por el lamentable comportamiento de Luís Felipe de Borbón Orleans, futuro Felipe Igualdad, ya que votó la muerte de su primo Luís XVI durante la revolución francesa y el proceso ejecutorio que tuvo lugar, para atraerse las simpatías populares de los revolucionarios, quienes vieron en él un “amigo de la libertad”, cuyo objetivo era alcanzar para si la Corona de Francia, aun a sabiendas que sería acusado de regicida, y por tanto anulada sus pretensiones.

Y es que desde Luís XIV de Francia, venían operando una serie de logias masónicas, que pretendían ser herederas de los Caballeros Templarios, y en sus estructuras y cuadros conservaban las formas originarias de la misma Orden del Temple, variando del todo su objetivo, ya que reunía a nobles críticos con el absolutismo de los Borbones Franceses desde Luís XIV. Así la rama Borbón-Orleans será una rama menor o colateral que viene del hermano de Luís XIV de Francia.

La actividad política y secreta de la rama Borbón-Orleans fue tolerada, hasta el punto que uno de sus miembros llegó a ser regente de Francia durante la minoría de edad del futuro Luís XV. Partidaria de Inglaterra y su “Gloriosa Revolución” que había dado el trono al usurpador Guillermo de Orange en el año 1688, ya convertido en Guillermo III; la rama Borbón-Orleans deseaba ardientemente una situación homologa a la Inglesa que les permitiera acceder al trono de Francia, a sabiendas de las consecuencias que ello podría tener para el pueblo que tanto diría defender. Y es que siempre es para el pueblo, pero en la realidad dieron el poder a la plutocracia burguesa y al sistema económico capitalista, en detrimento del pueblo y sus tradiciones agrarias.

Llegamos entonces a Felipe Igualdad, que vota la muerte de su primo el Rey Luís XVI para ser simpático a los revolucionarios, pero estos terminarán también por cortarle la cabeza en la guillotina. Así y todo, en la rama Borbón-Orleans, que pasará a ser reconocida simplemente como rama Orleans, quedará impresa la imagen de regicidas y traidores, y como veremos también de usurpadores. ¿Por qué?

Porque tras la revolución de los tres gloriosos 27, 28 y 29 de Julio de 1830, Carlos X saldría al exilio hacia Inglaterra, y en él y en su hijo legítimo Enrique V de Borbón, Conde de Chambord, quedarían representadas para siempre las esperanzas de reclamación de la Corona de Francia al ser los primogénitos de la Dinastía Borbónica, y por tanto la rama mayor de dicha estirpe.
Y es que la burguesía capitalista había visto en la monarquía tradicional de Carlos X una traba feudal a abatir, ya que ellos no necesitaban una monarquía intervencionista que ejecutase en función de la administración de la justicia, sino que ellos necesitaban la monarquía del dejar hacer, dejar pasar, y esta la encontraron en la rama de los Orleans.

La abolición de la Carta Otorgada por Carlos X fue un error que llevaría a la revolución de los tres gloriosos, llevando a Luís Felipe de Orleans al Trono de Francia. Una buena parte del pueblo sublevado deseará la república. Pero los hombres políticos, burgueses o nobles influyentes que componían la casta capitalista, llevarían al trono de Francia al hijo del regicida Felipe Igualdad Duque de Orleans, el 7 de Agosto de 1830. Este Luís Felipe de Orleans se veía a si mismo como un nuevo Guillermo de Orange Rey de Inglaterra, pero en Francia. Se cambiaba la bandera monárquica legitimista, blanca con flores de lys y el escudo de la casa de Francia, por una bandera tricolor de la nueva monarquía que daba comienzo por el rojo, blanco y azul, bañada en lises de oro.
No sería un simple cambio de bandera o de reyes, porque implicaba la instauración de una nueva monarquía que rompía con el pasado feudal, comunal y “socialista”, para asumir la defensa de una monarquía burguesa y capitalista, donde iban a hacer y deshacer la plutocracia capitalista. Y es en este sentido como hay que entender la monarquía actual española de Juan Carlos el primero, jefe legal del Estado, porque él es el heredero de una dinastía comparable en sus actuaciones a Guillermo de Orange en Inglaterra (1688), a Luís Felipe de Orleans en Francia (1830), a Isabel “II” en España (1833), pasando por Alfonso el XII, Alfonso el “XIII”, Juan de Battemberg y el actual que tenemos que aguantar Juan Carlos el primero. Instauradores todos ellos de la monarquía capitalista que garantiza los derechos y libertades de la plutocracia burguesa, pero no del pueblo.

Volviendo al personaje que nos ocupa, símbolo y representante del Orleanismo político monárquico conservador, y totalmente alejado del tradicionalismo monárquico legitimista, a Luís Felipe gustaba ganarse las simpatías del pueblo, aunque en la práctica gobernara para banqueros, hombres de negocios, financieros y capitalistas en los que apoyaba su monarquía capitalista. Se rodeaba de ministros que como Françoi Guizot alababan la historia de la revolución de Inglaterra, siendo partidario acérrimo de la usurpación capitalista, en detrimento de los parciales jacobitas defensores de los Estuardo. Su máxima era que para gobernar se necesitaba “la razón y el cañón”, pues Luís Felipe, en medio de sus consignas liberales para agradar a su público no descuidaba la autoridad.

“Se cuenta que aprovechando la tolerancia del usurpador recién llegado al Trono, un escritor bohemio Eduardo Ourliac, amigo de Balzac se encaminaba todas las mañanas al palacio real acompañado de una turba de golfillos y zarrapastrosos, y comenzaba a dar estruendos, con gran entusiasmo y gran alboroto vivas al monarca recién instaurado.
Luís Felipe de Orleans, por cortesía y autocomplacencia, se asomaba al balcón, porque así se creía más rey del pueblo, y entonces Ourliac le decía: “¡Cantad La Marsellesa!” y el Usurpador para no ser menos cantaba la Marsellesa también, con el coro de desarrapados y no se atrevía a retirarse del balcón, hasta no terminar de cantar y satisfacer las peticiones de aquellos burlones. ¡Quizá se adivinaba la campechanería borbónica de los usurpadores que para granjearse las simpatías del pueblo dan al traste con las tradiciones seculares de la monarquía, para ser más populares, y a la hora de la verdad, dan la espalda a ese pueblo, para servir a los intereses de la plutocracia capitalista!.
Esta situación duró unos cuantos días, ya que este Eduardo Ourlac llevaba siempre con él a esta turba de golfillos de la que hablábamos antes, hasta que Luís Felipe, adivinando que le estaban faltando al respeto, prohibió aquellas “manifestaciones patrióticas”. Y es que resultaba cómico ver a Luís Felipe cantando al mismo son que aquellos burlones.

Durante ocho años los legitimistas le consideraban usurpador, los bonapartistas y los republicanos se esforzaron en derribar la monarquía orleanista instaurada por la plutocracia capitalista. Se sumaban a ello escritores y pensadores monárquicos legitimistas como Renato de Chateaubriand.

Y es que al final Luís Felipe de Orleans, el “rey burgués”, el usurpador del trono de Francia, quien después de la primera guerra carlista ordenó el confinamiento en la ciudad de Bourges al legitimo rey de las Españas Carlos María Isidro de Borbón (Carlos V), para confraternizar con sus homólogos liberales españoles que apoyaban el trono de la sobrina de aquel, Isabel “II”, se vio apartado de un trono que tan suciamente había conseguido.

Resulta por tanto las buenas relaciones de las ramas legitimistas francesa y española, la primera representada por Enrique V de Borbón , Conde de Chambord, Rey legítimo de Francia, y la segunda por Carlos V de Borbón, Conde de Montizón, Rey legítimo de España, apoyados respectivamente por los legitimistas franceses y los carlistas españoles frente a la usurpación orleanista e isabelina que significaba la implantación de la monarquía capitalista.

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