viernes, 23 de septiembre de 2011

LA REVERENCIA PERMANENTE DE LA BANCA Y NICOLÁS FOUQUET

Nicolás Fouquet, (1615-1683); Superintendente de Finanzas y Ministro de Economía de Luís XIV de Francia






Durante la regencia de la Reina de Francia Ana de Austria y el Cardenal Julio Mazarino llegó a superintendente y ministro de finanzas del Reino de Francia Nicolás Fouquet.
Cuando Luís XIV subió al trono, Fouquet era uno de los integrantes del grupo de administradores que, en privado con el joven rey, resolvían los asuntos públicos. Luís lo había heredado de Mazarino, ya que bajo el gobierno del cardenal Fouquet era quien comprobaba los ingresos y gastos del estado fracés representado por la Corona de Francia. Jean Baptista Colbert, cuyo nombre habría de quedar unido a la economía francesa, no era más que un subordinado que esperaba su oportunidad.
El cardenal Julio Mazarino nunca intentó doblegar al poder del dinero. Su error fue debido en parte a las necesidades económicas apremiantes. Además en el pasado, después del caos de la rebelión de los hugonotes -1560,1590- y el saqueo de los bienes del Estado efectuado por sus servidores encumbrados, se llegó a la estafa escandalosa de Sully el gran hugonote amigo de Enrique IV.
Posiblemente Mazarino no quisiera darse cuenta de lo mala y corrompida que era la administración de Fouquet. El cardenal miraba para otro lado con tal de que su ministerio se viera provisto de algunos fondos.
Los efectos inflacionarios que tuvo la llegada de oro y plata americana se traducía en una depreciación real de las rentas obtenidas en los territorios de la Corona. El valor nominal cobrado seguía siendo el mismo, mientras que el valor real por la inflación significaba una creciente disminución de los ingresos reales de la Corona.
Como consecuencia de todo esto, una monarquía basada en la agricultura y no una oligarquía burguesa basada en el comercio, se endeudaba de forma creciente y debía dedicar todo su ingenio a la tarea de arbitrarse fondos. Esta situación era perfecta para los traficantes de créditos que eran los prestamistas, los usureros, los banqueros.
La Corona para saldar sus gastos solicitaba pequeños préstamos que tenían que devolver con intereses elevados, viéndose la monarquía obligada a renovar los préstamos perpetuamente. Jamás pagaban intereses menores del ocho por ciento y frecuentemente tenían que pagar el doce. Así, los futuros ingresos de la monarquía quedaban hipotecados y los funcionarios de la administración real se veían precisados a componérselas para obtener el dinero imprescindible para las necesidades inmediatas. Esta situación terminó por arruinar a la monarquía inglesa.
Fouquet, al administrar las finanzas del Estado independientemente de toda fiscalización real, no sólo amasaba una fortuna enorme para lucro propio; fortuna con la que concedía préstamos a la reina regente y al cardenal Mazarino, sino que actuaba de verdadero amo, sirviendo de ejemplo a la grey de traficantes de su calaña y a los prestamistas de las ciudades y aldeas a quienes tenían que recurrir humildemente las municipalidades, al igual que los contribuyentes.
Desde joven, Fouquet conocía los negocios del estado, y había participado en la dirección del Tesoro Público de la Corona. Cuando dio comienzo el reinado de Luís XIV, Fouquet era un experto financiero y amo del Estado que contribuía a la privatización del mismo, porque los ingresos futuros quedaban hipotecados para abonar los intereses de la deuda.
A la muerte de Mazarino, Fouquet era para Luís XIV, lo que para la Inglaterra actual es el subsecretario del tesoro y director del Banco de Inglaterra.
Fouquet prestaba dinero a quienes estaban identificados con el Estado, e incluso al Estado mismo. Al hacerlo, se llamaba así mismo partriota, quien servía a sus propios intereses, ya que sacaba beneficios de los contratos públicos en cuantas ocasiones se le presentaban. Uno de los métodos favoritos consistía en entregar pagarés en lugar de pagar al contado, a fin de negociar dichos documentos con un gran descuento, para luego cobrar al Tesoro todo el importe y guardarse la diferencia.
Nicolás Fouquet era sobornable y sobornaba a todo el mundo. Sobornó a Soissons, a Lionne, al limosnero de la reina, e icluso lo intentó con el confesor del rey. Creyó que el joven rey Luís XIV aceptaría cualquier rendición de cuentas que se le presentara, pues no tendría tiempo ni capacidad para descubrir la verdad a través de semejante laberinto de cifras donde aparecían los gastos y los ingresos y los adelantos. Todo ello ante la incansable, educada y permanente reverencia que Fouquet le hacía al rey Luís, mientras este examinaba las cuentas que no entendía. Era una situación cómica, típica de la villanía bancaria, pues Fouquet era la imagen y símbolo de esa oligarquía bancaria y financiera. Mientras estaba en situación permanente de reverencia ante el monarca, no lo se veía la cara, cubierta por su gran ostentosa peluca. ¿Se estaría riendo Fouquet ante el rey Luís, mientras este examinaba las cuentas que no entendía?

La reverencia educada y permanente de Fouquet ante el rey Luís de Francia, nos recuerda a la misma que hoy la Banca nos rinde a toda la sociedad, con frases como la de “queremos ser tu banco”, “tenemos las puertas abiertas” “queremos ayudarte”. Son las típicas frases y slogans de aquellos que jamás dan nada sin recibir. Es decir, la oligarquía burguesa financiera y capitalista, personificación del egoísmo.
Fouquet había contado con la condescendencia y apatía del joven e inexperto monarca, mientras se inclinaba ante Luís haciendo burla de él, tal y como hacen hoy los bancos con todos nosotros, con toda la sociedad. Esta es pues la reverencia educada y permanente de la Banca ante toda la sociedad.
Pero Colbert ayudaba a Luís XIV a examinar las cuentas que Fouquet le presentaba, y así llegaron a darse cuenta del gran timo que representaba él y toda la oligarquía burguesa financiera y capitalista, en cuanto al cáncer que significaba el hecho de hipotecar los ingresos del Estado, para destinarlos al pago de los intereses de la deuda soberana.
Y en este sentido se explica la detención y encarcelamiento del superintendente de finanzas del Cristianisimo Reino de Francia.
La caída de Fouquet fue el ejemplo más contundente y sorprendente que se podía dar a Europa y sobretodo a la oligarquía financiera y capitalista de lo que tenía que significar la monarquía. En los comienzos mismos de su poder soberano, el más grande de los monarcas de Europa se había medido con el poder del dinero, y éste yacía ensangrentado. La monarquía popular doblegaba así, parcialmente a esa oligarquía plutocrática. Pero en la guerra entre el campo y la ciudad, el mundo rural y la oligarquía comercial, las instituciones de monarquía y banca iban a significar una lucha constante y permanente a lo largo de los siglos. Los símbolos de Esparta y Atenas, del estatismo económico y el dinamismo económico, del escolasticismo y el relativismo, del monarquismo y el republicanismo, del cristianismo y el ateismo o agnosticismo, del comunismo y el capitalismo. En ambos, religión, política y economía, se recogen en las instituciones de monarquía popular y república oligárquica comercial las inquietudes de una lucha eterna, despiadada y sin cuartel, donde al final nos hemos dado cuenta todos que frente a esa monarquía socialista o tradicionalista surgió una oligarquía capitalista y plutocrática que acabó finalmente por suplantar a la monarquía, y con ello se hundió todas las libertades y esperanzas de toda nuestra sociedad.

Luís XIV de Francia encarceló a Fouquet en la fortaleza de Pignerolo situada al otro lado de los Alpes, en el antiguo Ducado de Saboya. Allí vivió aislado durante años. Nosotros en nuestras “democracias occidentales y plurales” todavía no hemos sido capaces de encarcelar y encerrar de por vida a los banqueros y usureros que han propiciado y provocado la actual crisis económica financiera, y todavía vemos como hay algunos banqueros que pretender dar "lecciones de honradez" en algunos canales televisivos. Sobretodo porque estas democracias están condicionadas por el poder del dinero y el capitalismo que la monarquía tradicional siempre trató de combatir y aniquilar.
El poder del dinero, centralizado y respaldado por la experiencia y extendido por toda una red de intereses comunes, se constituye, en el transcurso de los años, en una temible institución que cuenta con numerosos miembros en el interior y con contactos permanentes en el extranjero, hasta el punto de que su fuerza y poder soberano es más difícil de destruir que cualquier otra persona o institución. Cuando ha llegado a arraigar en esta forma, el poder del dinero es casi invencible. La hiedra sólo puede ser exterminada arrancando de cuajo sus raíces.



La acción más importante de Colbert con relación a las finanzas públicas de la Corona de Francia consistió en la drástica reducción de la usura. Sin embargo la monarquía francesa no se vio libre completamente de esta plaga, como tampoco la inglesa. Al principio los banqueros habían atrapado al Rey e Francia en sus garras, lo mismo que a su primo Carlos II de Inglaterra, pero Francia era cada vez más monárquica y en Inglaterra sucedía lo contrario; pese a tener monarquía la oligarquía burguesa y financiera con los prestamos carcomía los ingresos del reino, de modo que la oligarquía comercial usurpó el lugar de la Corona, cayendo la monarquía inglesa a merced de los intereses de la plutocracia capitalista y no del pueblo, los grupos vulnerables de campesinos y jornaleros.
El esfuerzo financiero de Colbert pudo impedir que Francia se derrumbara ante la oligarquía plutocrática burguesa. Nadie hubiera podido decir que la Corona de Francia estaba insegura, como lo estaba la inglesa, donde el poder del dinero en aquellos años de 1660 a 1690 estaba aniquilando por completo a la monarquía, sometiéndola a los intereses de la plutocracia burguesa y capitalista.
La lucha que emprendió Colbert contra la usura sería la siguiente:
Las obligaciones llamadas rentas, que más tarde en Inglaterra se llamaron deuda nacional y hoy llamamos deuda soberana, créditos obtenidos por el gobierno con promesa formal de pagar intereses a los deudores con el dinero de los impuestos, constituían una deuda pública que no fue abolida.




Colbert no la podía abolir, pero la limitó, metiendo en cintura a los banqueros, saldando las últimas deudas mediante una operación cubierta con las sumas adelantadas a la Corona, omitiéndose las comisiones y los intereses acumulados. Los grandes comerciantes y burgueses que habían invertido su dinero en estas “obligaciones del gobierno” protestaron vehementemente, perdiendo la batalla. En los años en que el monarca Estuardo en Inglaterra, después de su restauración, continuaba en dificultades con los prestamistas ingleses, a los que tenía que pagar sus deudas con el recargo del doce por ciento de interés, Colbert obligaba en Francia a los prestamistas a no cobrar más del cinco por ciento. En todas sus acciones el nuevo ministro de finanzas francés contó con el apoyo de ese instrumento único para dominar y someter el poder de la plutocracia burguesa y capitalista: la monarquía.

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