miércoles, 13 de octubre de 2010

EN LA MUERTE DE QUIEN FUE EL VERDADERO REY

S.M.C. Don Carlos Hugo I de Borbón, Rey de las Españas (1975-2010)


El presente artículo nace como respuesta a la publicación de "Reino de Valencia" de los Circulos San Miguel y Aparisi y Guijarro titulado "En la muerte de quien pudo haber sido el Rey", en clara referencia al fallecido Don Carlos Hugo de Borbón Parma.


Prácticamente en todas las páginas del número 68 se pronuncian dando una llamada o toque de atención al nuevo Rey Don Carlos Javier de Borbón para que se decida en tomar partido por el tradicionalismo político del carlismo histórico, eso si bajo la batuta y seguimiento del pensamiento político integrista de estos señores.


La línea editorial ataca y critica duramente a su padre Don Carlos Hugo porque consideran que se hizo socialista y se convirtió en un desviacionista, con lo cual al no responder a la legitimidad de ejercicio interpretada por estos señores, Don Carlos Hugo se vería fuera de sus derechos al Trono de España, ya que especifican que en el Rey deben concluir tanto la legitimidad de origen como la de ejercicio.


Sin embargo no existe ningún documento político en vida de Don Carlos Hugo de Borbón que reniegue del tradicionalismo político, tal y como estos señores integristas interpretan. Es más, mientras que estos señores interpretan el tradicionalismo político de forma sesgada, segmentada destacando únicamente aquello que les conviene, o bien para estar al lado de la extrema derecha o bien para estar cerquita de la derecha conservadora, no han sido capaces todavía de entender que el tradicionalismo político que encabezaba Don Carlos Hugo de Borbón en el Carlismo era de mayores miras, siendo mucho más amplio que el pobrecito y simplón integrismo católico.


Para la escuela integrista el Carlismo es únicamente o básicamente Catolicismo. Es la Fe Católica su principal baza y fuerza moral y todo lo demás que pudiese plantear el carlismo histórico queda para ellos olvidado como si jamás hubiera existido. Eso es lo que llevó a buena parte de los carlistas a creer que después de la contienda civil la Fe Católica se había consolidado, y que únicamente por la Fe católica, como verdaderos cruzados, los carlistas salieron a luchar en el campo de batalla.


Por tanto para estos señores integristas que interpretan el tradicionalismo político del carlismo histórico Don Carlos Hugo de Borbón Parma no ha sido Rey de las Españas al no coincidir en él la legitimidad de ejercicio. Pero por la parte y cuenta que les trae a quienes afirman esto, se olvidan de que no deberían entonces considerar Reyes de las Españas a los siguientes príncipes cabezas del movimiento carlista, como por ejemplo Don Carlos VI de Borbón, príncipe bastante ajeno al integrismo católico de su padre Don Carlos María Isidro de Borbón (Don Carlos V). Don Carlos VI podría ser considerado por la escuela integrista como un desviacionista al considerar las proclamas del catalanismo carlista, al aceptar las alianzas de los carlistas con los progresistas y los republicanos durante la II Guerra Carlista de los Matiners en el Principat de Catalunya.


Sin embargo nuestros amigos de la escuela integrista, lo consideran Rey, pese a las proclamas comunistas de los carlistas, que se advertían en el manifiesto liberal de la Garriga el 25 de Enero de 1849: ...es el fatal comunismo en toda su extensión y horror, es este sistema desorganizador del mismo; es, en fin, el terrible combate del que no tiene contra el que tiene: en una palabra, la destrucción de la religión; es decir, “que los bienes sean comunes”, esto es, de todos en general, y de ninguno en particular: que los padres no tendrán dominio sobre sus hijos; ni éstos sujeción respecto a sus padres; que los templos y sus ministros serán abolidos... tal es el comunismo".




S.M. Carlos VI de Borbón, Rey de las Españas decía en 1860: "ha llegado el momento de buscar en la historia de nuestras antiguas libertades, de estas libertades el origen se pierde en la oscuridad de los tiempos, en Navarra y las Provincias Vascas y que en la Coronilla de Aragón regían muchos siglos antes que naciera en Inglaterra ".






Manifiesto de Maguncia de 1860:"El sistema liberal no ha aprovechado para nada al pueblo y no es más que un nuevo feudalismo de la clase media representada por abogados y retóricos ...




La empresa más honrosa para un Príncipe es liberar a las clases productoras ya los desheredados de esta tiranía que los oprimen los que, invocando la libertad gobiernan la nación "Carlos Luis de Borbón y Braganza (Carlos VI).




Sin embargo, repito, para la escuela integrista y los señores que la representan, y que por tanto interpretan el tradicionalismo político del carlismo, ¡a su manera!, para ellos Don Carlos VI de Borbón, tampoco es Rey de las Españas, porque si son coherentes con lo que dicen sobre Don Carlos Hugo de Borbón, no podrían entonces tampoco aceptar a Carlos VI como su antiguo y legítimo soberano. Sin embargo no es así, porque no fueron coetaneos, y no se enfrentaron a él, los hoy integristas, porque los integristas de mediados del siglo XIX por lo general eran mucho más respetuosos con los representantes legítimos de la Corona, que los integristas de hoy, que son en la práctica republicanos.


¡Y de Juan III de Borbón, hermano de Carlos VI!: observo en sus páginas webs, incluso en mi blog y en otros artículos y libros. Lo consideramos Rey, pese a la oposición de la Princesa de Beira.


¡Y que decir de Don Carlos VII que tuvo que enfrentarse al integrismo Católico de los Nocedal!, porque para Cándido Nocedal y los integristas católicos Don Carlos VII era un desviacionista.





S.M.C. Don Jaime III de Borbón, Rey Legítimo de las Españas basó su línea política en los sectores obreros y juveniles del carlismo, quien no dudó en proclamarse socialista: “Cuando se ha tratado de mejorar las condiciones sociales del obrero, me han parecido siempre tibias todas las reformas e insuficientes todos los esfuerzos; me considero y me he considerado siempre como un socialista sincero, en el sentido exacto de la palabra, y nadie podrá negarme que en todo momento he hecho cuanto he podido para conocer las necesidades verdaderas del pueblo y procurar que se considerara la cuestión social como el problema esencial para todos los hombres de gobierno”.






De hecho durante el reinado de Don Jaime III de Borbón los integristas católicos no pensaron en acercarse al Partido Carlista de aquel entonces, ya que también lo consideraron desviacionista, y en coherencia para todos ellos tampoco sería el legítimo representante de la Corona de las Españas.












Don Carlos Hugo de Borbón no puso la institución de la monarquía al servicio de la revolución, sino que fueron los liberales conservadores o progresistas quienes secuestraron a la monarquía en interés de la plutocracia burguesa y capitalista, chantajeando a la institución de la Corona con sus revoluciones liberales burguesas. Don Carlos Hugo de Borbón quería recuperar para el pueblo la institución de la monarquía. Y para ello no tuvo que hacerse de izquierdas, sino simplemente defender la historia del carlismo que representaba como descendiente y heredero de sus mayores. En esa historia del carlismo viene insertada la defensa de la España de las Españas, con una monarquía federal, y la defensa del Comunal, con una monarquía socialista, eran ambos puntos que representaban la antigua tradición histórica del carlismo, sin renunciar al Cristianismo Católico en ningún momento. Pero algunos interpretaron esto como una desviación, como ya les había ocurrido a otros Reyes Legítimos en el Carlismo.




S.M.C. Don Carlos Hugo de Borbón diría cosas tan interesantes como esta que publicó en el librito Qué es el Carlismo de la Editorial La Gaya Ciencia, año 1976:




Las Condiciones específicas de la formación del Carlismo




La subida al trono de Isabel II, en lugar de su tío Carlos, significa también el nuevo imperio de una burguesía que va a controlar el proceso industrial, como en el resto de Europa y que, para esto, organiza la vida colectiva a nivel socio-económico, según la lógica de opresión de clase, y a nivel político según el esquema de democracia formal, totalmente ficticio, importada de Europa.


Pero hay con Europa una diferencia esencial: que en España no se ha dado la ruptura que significó la Revolución Jacobina en Francia. Esto tiene importantes consecuencias.


En primer lugar, que por la ausencia de esta revolución jacobina la burguesía no arrasará a las estructuras del Antiguo Régimen, sino que éstas, parcialmente, continuan presentes tanto en el campo de la burguesía (alianza del feudalismo y de las nacientes capas capitalistas), utilizando el poder de instituciones como la Iglesia y el Ejército, como en el campo popular (defensa de los valores religiosos pero en sentido de sociedad religiosa, defensa de las estructuras monárquicas, defensa de los Fueros como elementos de autonomía regional).


A ambos lados de la barrera de lucha de clases la confrontación empieza, no a partir de un planteamiento puramente conceptual, sino de hechos concretos históricos que hay que revalorizar en el contexto nuevo:




-Para la burguesía, el feudalismo aplicado al campo económico.


-Para el pueblo, los valores religiosos y el pacto inherente a la estructura monárquica, con el transfondo de las libertades regionales o forales, hoy expuesto como principio de autogobierno y de autodeterminación de los pueblos.


En el caso del pueblo carlista, el fermento revolucionario actuará a través de estos presupuestos heredados del pasado, en la lenta superación del concepto de "paraíso perdido" hacia objetivos políticos nuevos. Esto será para el Carlismo una experiencia, al tiempo que una incitación a la "revolución permanente".


La otra consecuencia de esta ausencia de ruptura con el pasado es que en ningún momento la burguesía se alía con el pueblo, aunque sea para defraudarle, sino que desde el principio de la era industrial ha concluido un pacto con la aristocracia terrateniente y, por tanto, el terreno en el que van a combatir estas dos clases será menos político y más violento desde el principio. El escenario político está absolutamente vedado ya de antemano a toda iniciativa popular.


Aclaradas estas diferencias se ve más facilmente como el movimiento carlista es el movimiento popular que se alza contra una imposición antidemocrática, porque además de que Isabel ha sido designada fuera de un acto democrático se inicia la estructura de una nueva forma de autoridad y de explotación que es el sistema liberal capitalista que queda instaurado con la suspensión de todas las libertades forales.


Estado centralista-capitalista, despotismo ilustrado, democracia ficticia negadora de las libertades forales y de los particularismos regionales, es decir, de todo lo que puede permitir a un Pueblo tener conciencia de su identidad y, por tanto, ser capaz de tener voluntad política autónoma.


Frente a este "progresismo", a este liberalismo enfocado desde y para la clase privilegiada tan servidor de sus intereses, se levanta una inmensa protesta popular. Quizá regresiva en muchos aspectos, pero que es el auténtico grito del pueblo, expresiva de su conciencia de identidad, de su voluntad de ser y de ser responsable creador del momento político. Es el Carlismo. No hay más explicación del Carlismo. Un pueblo entero se levanta en armas para ser. Se encontrará con un líder, Carlos V, privado de su derecho a despecho de la ley semisálica, víctima él también de la nueva clase, perseguido, despreciado por ella. Este príncipe representa a su vez los derechos del pueblo que se ve despojado y explotado. Representa estos derechos porque él los asume en su lucha.


El Carlismo rechaza en bloque todos los presupuestos de la democracia formal hasta en sus posibles planteamientos positivos teóricos como es el de los partidos políticos y se aferrará desesperadamente a estos rasgos que expresan la identidad popular. Es un sufragio censitario el que se quiere implantar, es una democracia para la clase que dirige la sociedad y controla el poder. Las libertades forales, que aún están vigentes en parte, perduran en la "memoria colectiva" de los pueblos que componen España, son pisoteadas por la nueva clase capitalista liberal. Esta bandera de las libertades forales será la que enarbole la causa carlista y sus reyes.


El pueblo carlista que representaba el 80% del pueblo español mantiene una actitud religiosa "tradicional" como una riqueza cultural comunitaria y popular, de la que la burguesía hace caso omiso o utiliza para alienar aún más al pueblo.


Es así esta perspectiva de lucha de clases que arranca del concepto de libertades sociales opuestas al de las libertades individuales, como hay que juzgar su rebeldía, su anticonformismo, tan profundamente democrático, sus contradicciones, su avance dialéctico.


La realidad del Carlismo es otra muy distinta a como los historiadores liberales lo han intentado presentar. No es el Carlismo "una fuerza que ha aplacado" con manifiesta ausencia de capacidad analítica la categoría "fuerza represiva" en contraposición a la "fuerza progresiva" de los llamados "liberales".


Son otros historiadores y políticos, no carlistas, los que mejor han definido el Carlismo como fuerza popular y el primer socialismo organizado de Europa porque era el "socialismo de alpargata" como lo definiera Unamuno, Costa, Baroja, Marx y otros muchos.


Porque la historia del Carlismo, escrita en su mayor parte por el bando liberal, ha sido deformada. El hecho dinástico no fue la causa exclusiva de aquellos enfrentamientos. El pleito dinástico fue el vehículo que hizo posible un pleito político que en el transcurso de siglo y medio polarizó a las fuerzas que desde un principio se enfrentaron. Por un lado, unas fuerzas, las carlistas que basaban sus razones en una dinámica federal-foral y popular de índole económico-social y religiosa, por otro lado una burguesía y liberalismos económicos que exhibía unas razones pseudodemocráticas. Hoy se puede apreciar perfectamente la alienación de aquellas fuerzas y donde está cada una de las dinastías que entonces representaban dichas fuerzas en la batalla política actual...(...).


Uno de los factores que determinaban aquellos enfrentamientos, guerras civiles, de mayor importancia, por no decir el más importante, fue el principio de libertad de los pueblos, sus libertades forales. Libertades de las repúblicas como el mismo Carlos VII las definía. Principio defendido por el carlismo durante toda su existencia porque estaba compuesto por casi toda la base popular del Estado Español entonces y en la actualidad este fenómeno federal o regional adquiere un valor irreversible para la construcción democrática futura de España. Éste fue el principal motivo de las guerras carlistas, la defensa de los fueros. El primer lema del Carlismo sería Fueros y Rey.


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