martes, 25 de agosto de 2009

CONFESIONES DE UNA PRINCESA LIBERAL: la usurpación del Trono de España al Infante Don Carlos María Isidro de Borbón


Don Carlos V de Borbón, Rey de las Españas




El hecho que Isabel "II", hija de Fernando VII, ganara el Trono de España, fue debido a la Infanta María Luisa Carlota de Borbón, ya que años después confesaría su contribución delictiva sobre la usurpación del Trono español, que en lugar de recaer sobre el príncipe Don Carlos María Isidro de Borbón, lo haría sobre la princesa Isabel.



La confesión se hizo pública en el libro "La usurpación de un trono", firmado por Modestinus, seudónimo de Guillermo Arsenio de Izaga. En ella podemos ver las intrigas de los liberales y de la propia princesa que trata de justificar su inocencia y arrepentimiento ante el general carlista Jaime Ortega:

Infanta María Luisa Carlota de Borbón, quien abofeteó al ministro Calomarde, en la imagen fotográfica, debajo de estas líneas.




"Mi conciencia me obliga a hacer a usted revelaciones, que harán asomar el carmín de la vergüenza y de la culpa en mis mejillas, pues que yo, instrumento de masones, de gentes que no viven como Dios manda, intervine de una manera funesta en lo de la abolición de la Ley Sálica. Las influencias palaciegas, con que contaban los francmasones, lograron que el Rey Fernando VII, mucho antes de morir, con pleno conocimiento, más sin ningún derecho y de una manera ilegal y hasta ilícita, aboliese esta Ley, que aseguraba el derecho a la corona a Don Carlos; mas después, haciéndole entrar en reflexión Calomarde y algunos otros consejeros dignos y honrados, el Rey deshizo lo que, en secreto puede decirse, había hecho, dejando en vigor aquella sabia pragmática que, en bien de España, los procuradores a Cortes, con anuencia del Rey Felipe V, había solemnemente promulgado.



Sabedores de esto los liberales o masones, buscaron todos los resortes para lograr inclinar de nuevo el ánimo del Rey a favor de una abolición inconcebible por lo arbitraria y despótica. Al efecto, acudieron a mí, y yo, miserable, dejándome seducir por sus fementidos halagos, ofrecíme a servir de instrumento de gente tan vil, reconviniendo en cierta ocasión agriamente a Calomarde, hasta el punto que, abusando de mi sexo y de mi regia estirpe, en un acto de exaltación, le estampé mis dedos en sus mejillas.






¡Oh! Hasta me horroriza el pensarlo.



De todos los ardides imaginables valíme para disuadir a Fernando VII, quien, con la mano en el corazón, decíame que no podía hacerlo, que de lo que yo trataba no era, ni más ni menos, que la SANCIÓN REAL DE UN ROBO y que él, viéndose próximo a la eternidad, quería morir tranquilo y en la gracia del Señor.






No bastaron las poderosísimas razones que me presentó el augusto Soberano para detenerme en mi perenne empeño de lograr la abolición de la Ley Sálica. Los masones, que, gracias a su infernal astucia, llegaron a introducirse en Palacio en los últimos años del reinado de Fernando VII, no pararon de conspirar para llevar a cabo sus criminales intenciones. Ayudados, y con valiosa cooperación, de doña Cristina, prepararon solapadamente el terreno para dar, en los últimos momentos del Rey, el golpe de gracia a favor de sus insaciables deseos.






Estaba Fernando VII en el lecho del dolor, luchando con la muerte. Un silencio sepulcral reinaba en el cuarto del moribundo Soberano, interrumpido sólo por el horroroso resuello del estertor que salía de los cárdenos labios del agonizante. "Tome V.A. me dice un alto dignatario de la Corte, urge, conviene que, antes el Rey no expire, ponga al pie de este decreto su firma, y se ha pensado que nadie más que V.A. puede llevar a cabo tan importante acto". Cogí aquel papel que quemaba mis manos; azorada, atravesé por entre la corte de generales y altos dignatarios que, en la antesalas de la morada donde agonizaba el Rey, esperaban la triste nueva de su fallecimiento: dirigíme a su cuarto y ... ¡Dios mío! ¡Qué hice!... y cogiendo la mano del moribundo Soberano, puse entre sus dedos una pluma y le dije: "Fernando, señor Fernando, pon debajo de este real despacho tu nombre y rúbrica, que de ello depende la felicidad de tu Isabel". Al escuchar el Rey el nombre de su idolatrada hija, probó de incorporarse; mas cayó como una losa de plomo y con los ojos vidriosos y en el estertor de la muerte, puso una ininteligible firma y una mal pergeñada rúbrica debajo de un escrito que no sabía lo que decía, exclamando: "¡Por Dios! ¡Dejazme morir en paz!






Señora, ¿es esto verdad? dijo Ortega a doña Carlota.



¿Si es verdad? Dispuesta estoy a jurarlo puestas las manos sobre los santos Evangelios. Es tan verdad, que mi conciencia me grita incesantemente que lo publique y que busque prosélitos para la causa del primogénito de Carlos V, a quien yo contribuí a usurparle el Trono de España".






Después de leer esto nos sorprenderá encontrar por ahí, escritos, textos y libros proclives a Juan Carlos, el jefe legal del Estado Español por la gracia del dictador Franco, en el que tratan de imputar la condición de "intrigantes" a la Dinastía Carlista, es decir, a la Familia Real de los Borbón Parma, cuando son los paladines y representantes que luchan aún hoy día, contra aquella usurpación de los intrigantes liberales, propiciada en el año 1833, a la muerte del Rey Fernando VII, con tal de que reinara Isabel, y así posibilitar la constitución de un sistema centralista, oligarquico-burgués, liberal-capitalista, que escupiría sobre la Tradición de los diversos pueblos de las Españas, incluyendo la propia legislación secular, referente a la sucesión semisálica existente en la Corona de Aragón y en Navarra, reinos, señoríos y principados que tuvieron que tragar con una puesta en falsa Ley de Partidas Castellana, en honor a Alfonso X, el Sabio y que era antitradicional, como digo, en estos Reinos de la Corona de Aragón.
Al final, Doña María Luisa Carlota de Borbón escribiría una carta a su hijo Francisco de Asís, esposo de Isabel "II", donde le expresa lo siguiente:
"Con la conciencia en la mano, te digo que a Don Carlos se le usurpó el trono que por derecho divino le correspondía, por consiguiente, deseando morir arrepentida y en la gracia del Señor, te encargo, y has de jurarlo solemnemente, cumplir mi última voluntad, haciendo cuanto esté en tu parte para disuadir a Doña Isabel de la creencia que los masones le han imbuido, de que es la reina legítima de España, y ambos a dos no dejaréis un instante de trabajar para que el primogénito de Don Carlos ocupe el trono que yo, miserable de mí, contribuí se usurpara a su señor padre".
Y es que siempre podremos vislumbrar todos y cada uno de los intentos intrigantes de los liberales, que como recientemente ocurrió con la Guerra de Iraq, pretendieron pasarse por alto toda la legalidad internacional, para intervenir en Iraq y arrasar con el petróleo. Estos países responsables de aquellos sucesos de esta terrible guerra, son los EEUU, Gran Bretaña, y la España de José María Aznar, quienes contribuyeron a engañar a la opinión pública mundial con las famosas armas de destrucción masiva, y para ello invadieron Iraq, saltándose la legalidad internacional. No era la primera vez que ocurría, ya que estos liberales siempre estuvieron acostumbrados a engañar y a usurpar, en España y en el mundo.
Los carlistas protestaron, precisamente porque los liberales quisieron y pudieron saltarse la legalidad tradicional del funcionamiento de las normas sucesorias españolas. Conscientes de ello, no tuvieron escrúpulos para lograrlo, como en Iraq, arramblando con los Fueros, costumbres, usos y libertades tradicionales de los pueblos de las Españas.

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