sábado, 8 de noviembre de 2008

EL AGRICULTOR, EN PELIGRO DE EXTINCIÓN

En el diario Información de Alicante del miércoles 5 de noviembre 2008 hay un espacio llamado ENTORNO, en el que escribe Vicente Boix, escritor y autor del libro "EL PARQUE DE LAS HAMACAS". Me gustaría dejaros con sus palabras que subscribo totalmente y así nos sensibilizamos un poquito con el campo y el mundo rural, ya que pensamos que el asfalto, el hormigón y los billetes nos van a dar de comer, porque sobrevaloramos el orden industrial y financiero capitalista. Para desmitificar este "orden panaceo capitalista industrial y financiero" me quiero quedar con las palabras de Vicente Boix:
"Desde el año 1989 y hasta 2003, cerca del 50% de los titulares de explotaciones agrarias han desaparecido en el País Valencià. Si en 1989 había 286.886, a principios del nuevo siglo la cifra había bajado a 149.207. Dentro de la citricultura todo el mundo conoce los motivos, unos precios para el productor más reducidos que hace 20 años y que además no llegan ni para cubrir los gastos. Desgraciadamente, esta tristeza es más mala que aquella enfermedad del mismo nombre que asoló el campo años atrás. Porque para esta tristeza de ahora no hay variedades tolerantes, sino más bien es fruto de la intolerancia y el despotismo de todas las administraciones políticas.
¿Qué está pasando? Bien, desde mi punto de vista, todo se podría resumir en una palabra: descontrol. Si se analiza algo la situación, se puede ver como no hay ningún tipo de orden desde las administraciones. No se está haciendo nada para evitar los que posiblemente sean los dos principales problemas que está sufriendo la naranja valenciana. Por una parte el crecimiento de la producción a nivel estatal y por otra el abuso salvaje de los intermediarios dentro de la cadena productiva. Las administraciones no gobiernan para los agricultores y no se están plasmando las soluciones que desde las organizaciones agrícolas se plantean. De esta manera no se han establecido precios mínimos, no se controla la producción, no existe un fondo de crisis y por delante de todo, nadie hace nada por evitar que supermercados y grandes cadenas de distribución continúen comprimiendo los precios para los productores, mientras paralelamente los elevan considerablemente a los consumidores.
Todo este descontrol tiene origen en una doctrina económica predominante, denominada liberalismo, que establece que el estado y los diferentes poderes públicos no deben controlar e interferir en la economía y los mercados.
Evidentemente estos postulados cuestionan el mismo concepto de democracia, porque si los representantes políticos no pueden intervenir para que el campo valenciano (o cualquier otro) vuelva a ser fuente de trabajo, futuro y alegría para centenares de miles de personas, entonces, ¿para qué están? ¿para llenarse los bolsillos únicamente?
El liberalismo se justifica diciendo que la no interferencia de los mercados por parte del estado comportará una mejora de la competitividad, y por extensión, una mejora de los precios y la calidad de los productos. Evidentemente esto no es real como explica Alberto Montero, profesor de Economía de la Universidad de Málaga: "Yo creo que el problema actual obedece a que con la liberalización de determinados sectores para favorecer una mayor competencia que redunde en mayores beneficios para el consumidor (fundamentalmente, precios más bajos y mejor servicio), se suele generar el fenómeno opuesto al esperado porque las empresas lo que hacen es, en primer lugar, tratar de expulsar a los competidores más débiles para, una vez controlado el mercado por unas cuantas, esto es, llegados a una situación de oligopolio, repartirse el mercado y fijar precios mediante comportamientos colusorios".
Las palabras de Montero encuentran su reflejo en el problema que sufre el campo. Cada vez la distribución está en menos manos, la comercialización también y al paso que vamos, la tierra y la producción también lo estarán. De esos precios más bajos que nos prometían mejor ni hablar. Por lo tanto es urgente que las administraciones abandonen el fundamentalismo del mercado y empiecen a tomar medidas urgentes que proporcionen soluciones efectivas.
Lo que sucede en el campo valenciano sólo es una muestra de lo que acaece a nivel global. Se está produciendo un cambio en la concepción de la agricultura. De una que proporcionaba trabajo y comida a millones de personas, se pasa a una donde la premisa fundamental es el negocio y el acaparamiento de capital independientemente de los daños colaterales.
Como afirma Montero, la supusta libertad de mercado está provocando que el pequeño agricultor desaparezca ante grandes transnacionales agroexportadoras, distribuidores, terratenientes, etc. En manos de esta gente, la tierra ya no tiene por qué producir alimentos que garanticen la seguridad alimentaria, sino aquello que esté mejor pagado y tenga más demanda. Es de esta manera como los latifundios para cultivar agrocombustibles, forraje, tejidos, etc., cobijados en el integrismo del mercado, están desplazando a los pequeños minifundios que garantizaban trabajo y comida para millones de personas. Para muestra un botón. Argentina fue conocida como el granero del mundo, sin embargo, hoy día, más de la mitad de su superficie está cultivada de soja para la exportación. Miles de campesinos han abandonado el campo y se sigue muriendo gente de hambre. Según analistas entrevistados por la agencia IPS, el aumento de los precios de los alimentos podría dificultar una dieta equilibrada en los sectores más vulnerables de la sociedad. Por lo tanto, mientras unos pocos terratenientes se hacen ricos con el negocio de la soja, miles de campesinos abandonan el tejido rural y tienen dificultad para comprar unos alimentos que antes cultivaban.
Por lo tanto y a modo de conclusión, está en juego el puesto el trabajo de mucha gente, la soberanía alimentaria y nuestras propias raíces. Muchas organizaciones como Vía Campesina están exigiendo medidas a los diferentes estados para salvar el campo. Hay mucho en juego. Con la comida y el trabajo no se puede especular."
Como diría mi abuela Vicente Boix tiene más razón que un Santo y lo que dice va a Misa.
Por tanto se confirman unas palabritas mías:
El neoliberalismo capitalista es la excusa de la plutocracia burguesa para denunciar el monopolio del poder del Estado, que ellos en realidad querían para si. Lo estamos viendo. Los liberales imputan los desajustes y fallos actuales del mercado a la regulación e intervención económica que pudiera hacer el Estado. Tradicionalmente acusaron a todo tipo de intervencionismo y regulación como socialista o comunista. Aquellos que hace unos años criticaban el monopolio del Estado, combatiéndolo con las doctrinas neoliberales, comprobarán como esas doctrinas han venido a favorecer el monopolio de la plutocracia burguesa, en cuanto a que en el sistema capitalista solo tienen cabida los grandes, porque los pequeños tienden a desaparecer. Vislumbrando así una contradicción ya que en realidad se ataca a la libre competencia debido a la absorción de los pequeños por los grandes.
La hipocresía del sistema neoliberal capitalista se vislumbra al contemplar el intervencionismo gubernamental de los Estados gobernados por la plutocracia burguesa, que ve peligrar su capital, de manera que acepta un intervencionismo por parte del Estado, nacionalizaciones de Bancos y Financieras, que de haber sido planteado por gobiernos de paises empobrecidos o en vias de desarrollo, se les habría acusado de rojos, comunistas o socialistas. Por tanto, parece, que cuando peligra el capital de los ricos, entonces es legal o se hace legal la intervención del Estado en la economía; cuando peligra el medio de subsistencia alimentaria de los pobres, entonces se posibilita el golpe de estado, o se procura el derrocamiento de gobiernos considerados como socialistas. Esa es la hipocresía del sistema. Frente a esto planteamos la recuperación de la institución de la Corona Carlista, como garantía del débil frente al poderoso.

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