lunes, 14 de julio de 2008

LA TOMA DE LA BASTILLA: INICIO DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA EN PARIS







René de Chateaubriand: "Los patricios fueron quienes comenzaron la revolución, los plebeyos la acabaron"



Hoy día 14 de Julio celebran los franceses su fiesta nacional como todos los años ,de la toma de la Bastilla acontecido en el año 1789. Este hecho glorificado acá y acuya, significó el triunfo de las huestes revolucionarias burguesas y el profundo deterioro de hecho político de la institución monárquica francesa representada por Luis XVI de Francia.



La ambición de los nobles aristócratas que ansiaban una monarquía débil, aliados con el papel preponderante de la burguesía iniciaron los hechos revolucionarios que comenzaron con la toma de una fortaleza que había servido durante la baja edad media de protección a los parisienses de las incursiones de vikingos daneses y noruegos, que anteriormente ya habían saqueado y quemado Paris.
Una fortaleza como la Bastilla, que había significado en las inmediaciones de la época de los cardenales Richelieu y Mazarino el inicio de acumulación de poder político en torno a la institución monárquica francesa a la que sirvieron con tanto ahinco porque era símbolo de lo que conocemos por el nombre de "construcción nacional". Esto representado por la Corona de Francia, pretendía ser la sujección de los ricos, en garantía y en favor del bien público y a la rex-pública en general. Sin embargo la monarquía francesa se encontraba en medio de serios problemas financieros, con una deuda pública al borde de la bancarrota, y con una burguesía que si bien había servido de aliada desde el siglo XVI, ahora en el XVIII se había rebelado contra la Corona de Francia al exigir poder político, dirección efectiva y control del reino. Los ministros de economía franceses habían llevado una política económica de sucesivas privatizaciones de los puestos funcionariales, venta de tierras de la Corona, usurpación de tierras en nombre de la Corona para entregarlas en venta al mejor postor. Esta perdida de poder efectivo de la Corona le lleva a entrar en una crisis de imagen social frente a las protestas campesinas contra los inquebrantables derechos feudales. La Corona de Francia quiere introducir por influencias burguesas capitalistas medidas liberalizadoras que perjudicarán a la masa campesina, al quedarse sin tierras, por la venta del comunal. La aristocracia francesa querrá la división de poderes, guardando celosamente su patrimonio y sus derechos feudales. Los malos usos feudales de los aristócratas contra el campesinado, pondrán a a estos contra la monarquía. Las medidas liberalizadoras burguesas pondrán a los pueblos de Francia bajo el suplicio de la hambruna general acuciada por las malas cosechas. La Corona de Francia pretende ser el colchón de las garantías públicas y sociales de los franceses, pero los grupos de presión atienden a sus propios intereses.

Los acontecimientos revolucionarios que siguieron al día de la toma de la Bastilla se ven entremezclados por la influencia que gran parte de la nobleza tenía por las ideas masónicas, mediante las cuales la aristocracia capitalista de Francia quería hacerle la guerra a la Corona.











La Bastilla era la prisión real, el símbolo de la Corona en Paris. Los cuentos de brujas en torno a la prisión alimentaron los recelos de los parisienses y azuzaron la rebelión.




La Bastilla no significaba lo que se ha dicho de ella en los libros de historia de la historiografía oficial, pues es bien sabido que el resultado final de la revolución francesa no ha sido alcanzar la verdadera justicia social entre los hombres. La Bastilla era el símbolo de poder odiado por los grandes, los grandes aristócratas, terratenienters, latifundistas, grandes propietarios, grandes comerciantes, grandes burgueses y capitalistas. Los poderosos, los grupos poderosos como diría Renato de Chateaubriand fueron los que hicieron la revolución francesa, quienes enquistaron en el pueblo un pretendido hecho revolucionario en su mentalidad, para convertirlo finalmente en protagonista de unos hechos revolucionarios que jamás les beneficiarían, al convencerles de que eran dueños de sus propios destinos, al hacerles considerar los hechos políticos revolucionarios como propios.




La podrida aristocracia francesa, que había dejado de ser y de representar sus verdaderas funciones, para lo que se les requirió desde un principio en los tiempos de la historia. Estos nobles traicionaron su propio ser al traicionar a su pueblo y a su rey. Estos mezquinos nobles, que se aliaron con una aureola mental en torno a las ideas masónicas que pretendían ser por quienes las proclamaban herederas directas de los Caballeros Templarios. Aquellas mitologías y leyendas que decían que la maldición de Jacques de Molay, (último gran maestre del Temple condenado a la hoguera por designio de Felipe IV el Hermoso, Rey de Francia), estaba muy cerca y que por tanto se condenaría al descendiente de aquel rey de Francia como castigo por la injusticia imputada a la Casa Real.




La ambición de Felipe de Orleans primo de Luis XVI de Francia, que ansiaba ser rey, puso de manifiesto sus tremendas cualidades para la constante conspiración contra la Corona de Francia, aliándose con los masones franceses y con las inquietudes burguesas capitalistas que luchaban por dar a Francia una constitución liberal como la que había surgido en los EEUU en su guerra contra la Gran Bretaña.




Entre Luis XVI y su pueblo había demasiados intermediarios. Intermediarios políticos y económicos que se servían de la Tradición histórica monárquica y cristiana francesa para acrecentar sus recursos y privilegios dejando en plena evidencia, punto de mira, y situación crítica a la institución de la monarquía francesa. Esos intermediarios político-económicos fueron quienes impulsaron el proceso revolucionario que posteriormente querrían frenar al observar la deriva jacobina de los Sants Culots y los republicanos radicales.




El abuso por parte de los nobles aristócratas de la aplicación de los malos usos en cuanto a lo concerniente a sus derechos feudales fue una constante en la voluntad popular pretender conseguir la abolición de los derechos feudales que les pisoteaba y los trataba como verdadera escoria.



La implantación de las medidas liberales burguesas por parte de los ministros ilustrados que respondían al negocio de las clases capitalistas negociantes y mercantiles supuso un impacto negativo sobre la población campesina, que vio en estas medidas la disolución de su autoabastecimiento y propio sustento.




El pueblo dirigido por políticos liberales habiles exigieron pan, y la derogación de las medidas liberalizadoras que les imponía la burguesía comercial al verse expropiados de tierras comunales de los municipios con las que habían contado para su autosustento sus antepasados.




Nobleza y Burguesía pretendieron repetir las rebeliones de la Fronda del siglo XVII al creerse que el campesinado se iba a prestar sin contraprestación a seguirles, tal y como había ocurrido en tiempos pasados.




Ante la toma de la Bastilla los grupos privilegiados no se sintieron ofendidos, mas bien todo lo contrario. La institución de la Corona quedó publicamente mal parada, debilitada por aquellos acontecimientos. Los grupos aristocraticos odiaban la fortaleza porque sabían que era la única prisión que les convertía en traidores a la Corona por Lessa Majestad, y ellos pretendían estar por encima de eso, pues lo que siempre han querido los privilegiados es no someterse nunca a ninguna normativa en beneficio e interés de todos, y la única institución que les recordaba que estaba para la defensa y garantía de la rex-pública era la monarquía, institución que públicamente rechazaban, al considerar que su posición se encontraba por encima de la Corona.




La diferencia entre la Corona y el Estado actual se encuentra, en que el estado refleja la posición política alcanzada por el estamento del tercer estado, siendo la burguesía la clase dirigente y a la que le dará repugnancia compartir estado o estamento con el pueblo. La Corona es una institución más entre otras existente en un país de estados. Esa era la cocepción medieval, y esto convertía a la monarquía en una institución interinstitucional que contrapesaba con otros poderes que estaban confederados en interes del bien público.




La Francia del antiguo régimen tenía aspectos positivos, no todo fue negativo, a pesar de que la historiografía capitalista ha intentado engañarnos a todos. El país de estados que significaba la Francia monarquica heredera de los Merovingios, Carolingios, Capetos, Valois y Borobones no se limitaba unicamente a los tres estados famosos que hemos recordado hasta la saciedad: Clero, Nobleza y Tercer Estado, sino la existencia política descentralizadora, las Cortes Locales y Territoriales denominados en Francia Estados Particulares o Territoriales de cada una de las comarcas y provincias de la campiña Francesa lejana a la revolución liberal parisina, sus lenguas, el respeto de la monarquía francesa por las entidades lingüisticas y particulares con su capacidad propia de autogobierno basada en el derecho medieval de la Francia antigua. Esa Francia odiada por los igualitaristas, homogenizadores, uniformistas, capitalistas ansiosos por instituir un mercado nacional y eliminar así los aranceles internos y los derechos aduaneros de las provincias francesas. Los particularismos de Bretones, Vandeanos, Normandos, Picardos, Flamencos, Borgoñones, Champañeses, Borboneses, Orleaneses, Provenzales, Delfineses, etc. Aquel Reino de Francia, conjunto de Ducados, Condados y Principados confederados todos en torno a su Rey desaparecería de la faz de la tierra por una demanda importante revolucionaria que sería viéndolo desde el punto de vista cristiano, una demanda legítima, el autosustento, la lucha contra la hambruna, contra la pobreza, y en esto los derechos sociales-económicos de la revolución francesa son una cuestión inviolable, y un gran triunfo hoy a conseguir. Porque los derechos humanos en este mundo aun no se han alcanzado, ni si quiera hemos conseguido paliar la hambruna que azota el planeta. Aquellos que sublevaron al pueblo frances contra la Corona, inculcaron unas ideas legítimas en el pensamiento de aquella plebe revoltosa que se sublevó en armas, pero aquel grito, por el cual lucharon aquellos campesinos, hoy ha sido completamente olvidado, y la historia y el presente me lo demuestran. Acabarían con la monarquía legitimista francesa, no con la Dinastía heredera de los Capeto, pero no lograrían alcanzar los pretendidos derechos contra el hambre.




Las Burguesías del mundo, después de la revolución francesa, tomaron nota, construirían su mundo de explotadores y explotados. Animarían a los pueblos del mundo a movilizarse en torno a la idea legítima de la libertad, pero esta vez manipulada por ellos, la libertad de los que tienen frente a quienes no tienen. La revolución francesa consiguió el objetivo de llevar a la burguesía a la cuspide del poder político y de gobierno del estado unitario constitucionalista, centralista y uniformizador, pero jamás sería capaz de ser el aliento del pueblo frente a los poderosos.






Posteriormente es sabido, que llegó el terror republicano jacobino. A pesar que se consiguió un reparto de tierras que beneficiaba al campesinado, único logro y simpatía por el cual puedo tener ante el hecho revolucionario en si, no sin embargo por la persecución que significó la revolución contra el Clero y la Corona, asesinando a sus miembros. No existe ninguna idea en este mundo, ni tan siquiera la libertad, que pueda justificar el asesinato de personas, y por tanto lo que surgió como un intento entre otras cosas, de protesta contra la pena de muerte se convirtió en una máquina de matar. La revolución francesa, triste episodio de la historia de Francia, lleva al mundo y a los franceses a pensar que la memoria histórica de su país comienza el 14 de julio de 1789, lo cual no es verdad. La incapacidad social actual de crítica contra la revolución, el asimilar y aceptar lo bueno que tuvo y pretendía esta y sigue sin conseguirse como objetivo hoy a nivel mundial. Intentar vislumbrar el antiguo régimen sin prejuicios, y explicar el país de estados que significó Francia antes de 1789, implica dar un giro inesperado al pensamiento homogenizante de lo políticamente correcto, e intentar rescatar de la historia lo que significó en otro tiempo el orgullo de los Franceses y la confederación que significó su monarquía tradicional.





La toma de la Bastilla y su destrucción significó, no el triunfo del pueblo francés y sus derechos y libertades legítimas, sino la victoria de la burguesía y su capitalismo salvaje que iría tomando faz conforme fuera avanzando el siglo XIX. Es el capitalismo industrial de la revolución inglesa lo que leería Robespierre, inspirado por aquella revolución, conseguiría llevarla a cabo en Francia. Y aunque con la revolución francesa se consiguió un reparto mas o menos coherente y equitativo de tierras para los campesinos, no significaría el triunfo verdadero de los derechos legítimos del hombre, sino mas bien la victoria del monopolio de las instituciones en manos del estado o estamento burgués, que destruirá todas aquellas instituciones de antiguo régimen que le hicieran sombra, como la monarquía tradicional francesa o como las asambleas territoriales locales y sus circunscripciones idiomáticas denominadas despectivamente por el jacobinismo francés igualitario, uniformista y centralista como patois. Cualquiera que no hablara en francés era acusado sin más de monárquico realista, de royalista, partidario de la Corona.





La institución de la Corona en Francia había respetado una vertebración parcial de la descentralización y todavía existía en la Bretaña, la Borgoña o en las tierras de la antigua lengua de Oc y sus dialectos, territorios con asambleas locales propias y practicamente independientes de la Corona. La Corona de Francia no era lo que la revolución francesa consiguió, no era el mismisimo estado. La monarquía francesa era una institución más de entre otras existentes en el país de estados que era la Francia del antiguo régimen, nunca había sido, ni había pretendido ser el monopolio de todo el país, y si en algún momento fue así, es porque estuvo movida y motivada la institución de la monarquía francesa por entes ajenos a su verdadero ser, es decir por el movimiento despótico ilustrado, padre de la burguesía capitalista, el cual despreciaba profundamente al resto de instituciones políticas, públicas y religiosas del país, quienes se refugiaron tras una monarquía a la que adulaban y adoraban sin convencimiento alguno, porque buscaban la perdición de la institución y del monarca en cuanto éste se creyera absoluto, y no tuviera necesidad ya de responder ante nadie.



La revolución francesa fue una rebelión unilateral burguesa parisina expansiva que instrumentalizó al campesinado en los hechos revolucionarios, y que luego este pueblo pagaría injustamente su participación en la revolución, en la medida en que ayudaron a la burguesía a hacerse con el poder político del país, sirviendo de exclavo durante la era de la industrialización capitalista decimonónica.



La revolución francesa aniquiló todas aquellas instituciones públicas, usos, creencias, lenguas y costumbres francesas porque eran enemigas y se oponían al poder de la burguesía. La monarquía francesa fue una de las primeras instituciones en caer, luego caerían otras como las asambleas locales de los estados particulares territoriales de las diferentes comarcas y provincias francesas en nombre de la igualdad y la homogenización de Francia.



Finalmente la revolución francesa asesinó a Luis XVI de Francia y a María Antonieta de Austria, dando comienzo un periodo terrible de muertes y desolación impulsada desde el gobierno revolucionario. Fue mas despiadado este perido que todos los gobiernos absolutistas de los reyes franceses Luis XIII, Luis XIV, Luis XV y Luis XVI juntos. Los atropellos, los desmanes y desafueros cometidos contra quienes pensaban diferente a la imposición asesina, hizo sublevarse contra la revolución a Bretones, Vandeanos, Borgoñones y Lyoneses entre otros. Caudillos y jefes realistas y federalistas unidos lucharon contra la revolución con un estandarte propio que tenía por lema Dieu et le Roi. Estos campesinos monárquicos querían restaurar la monarquía francesa con el hijo de Luis XVI al frente.