lunes, 30 de junio de 2008

¡TRIUNFA ESPAÑA! ¡GANAMOS LA EUROCOPA!











La victoria final de la Selección Española sobre Alemania ha hecho impacto en nuestra sociedad con un neopatriotismo. Curiosamente España no ha ganado en Europa absolutamente nada desde los siglos XVI y XVII, donde la percepción del español de a pie es que en aquellos siglos España era grande, y jamás se ponía el sol. Los triunfos y victorias en Flandes y Bravante, en Nordlingen y en Montaña Blanca, pusieron como flor y nata la maquinaria de los tercios españoles en toda Europa. Eramos únicos e indiscutibles. Además decir español significaba al mismo tiempo e indisolublemente e imperecederamente ser Católico y Monárquico, fiel servidor de la Fe en Cristo y en su monarquía cristiana restablecida en los reinos, señoríos y principados peninsulares, denominados Hispania por los Romanos.




Esta asociación de demostración de fuerza, de poder en Europa y más allá no nos viene de ahora con el futbol, sino de antaño.




Les contaba a mis amigos el otro día que en Francia durante el final de la Guerra de los Cien Años que azotó las tierras francesas por la invasión de las fuerzas extranjeras inglesas y por la división existente entre los señores feudales franceses, unos partidarios de la sucesión al trono de Francia del Rey de Inglaterra, otros partidarios de la sucesión del familiar más cercano al difunto y último de los Capeto, un Valois; la Corona de Francia y el resto de instituciones feudales se mostraron apáticas y débiles frente a la invasión inglesa. La Corona de Francia estaba desprestigiada, los nobles franceses le atribuían al Delfín Carlos de Valois las inmediaciones del Ducado de Berry y la ciudad de Bourges como su capital, no considerándole rey de Francia, sino un noble más entre ellos. Esa debilidad de la Corona fue desapareciéndo conforme vislumbramos la figura de Juana de Arco. La Corona francesa debió haber sido en principio el ente aglutinador principal de la unidad "nacional" entre los Franceses frente a la invasión inglesa, sin embargo el descredito de las mesnadas feudales de Carlos VII de Francia y su imposivilidad de combatir al Inglés en suelo Francés llenó de preocupación, penuria y desmanes la vida social de los habitantes del Reino de Francia. Los campesinos sufrieron las injusticias de la guerra, pero vieron en la aparición de Juana de Arco el referente, símbolo de unión necesarios para acabar de una vez con los desmanes e injusticias que padecía la población francesa a causa de la guerra.




Pronto se darían cuenta los príncipes de la Iglesia y ciertos aristócratas vinculados a la monarquía de Carlos de Valois, de la importancia que significaba la figura de Juana de Arco como referente de unión del pueblo de Francia contra los invasores Ingleses; por ello se le recomendaría al entonces Delfín de Francia Carlos "VII" de Valois salir al balcón, publicamente al lado de Juana de Arco, porque si a ella la aclamaban, le adoraban, y le querían por su compromiso real por liberar de las penurias de la guerra a los Franceses, era conveniente, se situase al Delfín Carlos cerca de Juana de Arco y así se asociase la victoria personal, el prestigio, la dignidad, la humanidad, la abnegación y el corazón de Juana, su victoria y triunfo final sobre las huestes inglesas en Orleans a la triste figurilla melancólica, apática y creída del rey de Bourges o Delfín Carlos de Valois.




Esa asociación era conveniente y deseable si se quería la unidad de los Franceses, porque Juana de Arco había conseguido levantar la moral de la apática y melancólica sociedad medieval francesa de la guerra de los cien años, incitando a los campesinos franceses a revelarse contra la injusticia, asociando esta lucha con la causa monárquica legitimista que llevaría a Carlos VII a ser Rey de Francia.




Como en aquella Francia, en esta querida España nuestra, a los españoles, no nos une ya la religión católica, ni la monarquía, ni la republica, ni la derecha, ni la izquierda, ni unos, ni otros. Población apática, materialista y descreída, desengañada y resabiada. A nuestra población miremos por donde miremos, se mire como se mire nos une la Selección Española de Futbol que derrotó a los Alemanes ganando la Eurocopa 2008; como en tiempos pasados ganándoles en Nordlingen y en Montaña Blanca. Los políticos de turno, la monarquía de Juan Carlos, y Juan Carlos mismo, todos, todos, quieren verse asociados como el Rey Carlos VII de Francia con Juana de Arco, para ganarse el prestigio, la honradez y la decencia de la interacción y el trabajo en equipo reflejada en el juego capaz de los jugadores de nuestra querída y admirada Selección Española.




Durante las manifestaciones de euforia por el triunfo de España sobre Alemania hubo una clara muestra de diversos estandartes que hondeaban al viento: banderas rojas y gualdas, banderas republicanas con su color morado castellano y banderas carlistas con la Cruz de San Andres o de Borgoña. Unas con escudo constitucional, otras con el escudo del Aguila de San Juan de los Reyes Católicos, otras con escudo Republicano, otras con el escudo del Águila Bicéfala Imperial de la Casa de Austria heredado por los Carlistas. Percibí que ahora ser español significa creer ciegamente en la Selección Española, más que ser forofo, significa mucho más que ser Católico, cuando antes estaba indisolublemente reafirmado y aceptado por toda la comunidad internacional de los siglos XVI y XVII. La monarquía Hispánica, si aceptamos la representación de esta institución en Juan Carlos, significa una oligarquía institucionalizada que desde que dio comienzo la monarquía liberal burguesa hizo dejación de sus derechos y deberes, desamparando al remedo que queda de aquella gloriosísima institución que fue la monarquía española y tradicional, símbolo de la unidad de las Españas, del amparo y protección cristiano que debe prestar al pueblo español, a los pueblos de esapaña, como garantía del débil frente al poderoso. Una monarquía socialista de formas tradicionalistas, una monarquía popular cristiana y confederal que no haga dejación de sus derechos reales es la institución necesaria en la que creemos los carlistas, no en esta otra amparada y aupada por el capitalismo liberal burgués que trata de popularizarse incumpliendo las normativas seculares y tradicionales internas por las cuales fue forjada siéndo heredera de un pasado forjador de la unidad de las Españas, y ese papel ahora, lo ha heredado indiscutiblemente y tristemente para nosotros los carlistas, la Selección Española de Futbol.




Lo que fueron los campos de batalla de Nordlingen y Montaña Blanca en la qe se batieron los imperiales españoles contra los alemanes protestantes, salvando las distancias, hoy se vuelve a reflejar en el triúnfo y la victoria en el estadio de futbol en Viena de España contra Alemania. Los colores de los equipos lo dicen todo, para cualquiera que tenga unas minimas nociones de historia, quedara admirado al contemplar los colores heraldicos de lo que fue el Ducado Protestante de Brandemburgo, y aquellos duques prepotentes que se creían con más autoridad que el emperador Fernando II de Austria. Aquellos duques que pasaron de ser duques a reyes en Prusia, y posteriormente a ser Emperadores de la nada de Alemania, basandose en la confederación burguesa del norte, usurpándoles a los Austrias de Viena la concepción imperial heredada desde Carlomagno, sobre lo que fue el Sacro Imperio Romano Germánico.




España y Alemania, el resto de las selecciones, sus colores lo dicen todo, ya no nos matamos en el campo de batalla, menos mal, pero peleamos con la misma fiereza que antaño, salvando las distancias.




Ese triunfo español puede eclipsar como eclipsaban los triunfos y las victorias de los tercios imperiales españoles, eramos invencibles. Antes ser español era ser partidario del Rey de las Españas, ahora es ser partidario, ser de la selección. Zapatero y el resto de políticos pueden emular al duque de Lerma, o a Gaspar de Guzman, Conde-Duque de Olivares, medrando del erario público, aprovechándose de los triunfos de España en el exterior por nuestra supuesta invencibilidad. Estamos ahora embriagados por el triunfo de nuestra selección, pero siguen existiéndo como entonces problemas reales que preocupan y mucho a los españoles. La Corona se prestó al juego de la embriaguez, en lugar de ser crítica y querer haberse convertido en el pilar basico social necesario en el que se ampararan los diversos pueblos de España. El centralismo de la oligarquía burguesa acabó con los fueros y ser español significó ser y hablar unicamente castellano, porque cualquiera podía ser ya español exceptuanado quien no hablara castellano. Ni en tiempos de "cuando España era grande" se dio credito a tal semejante absurdo, pues la naturaleza y el hecho de ser Español estaba basado en la unidad católica y monárquica, al aceptar la cohesión social basada en un cooperativismo agrario comunal foralista de espiritu socialista conservado en las comarcas y los pueblos donde exitían aun tierras comunales, tierras de labriegos, campesinos y jornaleros, su garantía dependía de la coherencia real de la existencia política de la monarquía española y sus príncipes, no de la oligarquía institucionalizada actual que hace dejación de sus deberes y recurre al patético abrazo, a la inminente vinculación, asociación hipócrita de aparecer como Carlos VII al lado de Juana de Arco, en el balcón, para ser aclamado, por el trabajo y sacrificio, abnegación y victoria de nuestra selección. Por tanto nosotros los carlistas nos negamos a la manipulación política generada a partir del triunfo de la Selección española frente a Alemania, al vislumbrar que se repite la historia de nuevo.
En Luís Aragones podríamos recordar a Don Gonzalo Fernández de Cordoba con las cuentas del Gran Capitán o al gloriosísimo Duque de Alba imponiendo la rendición de Breda, en fin, la historia se repite. España vuelve a comerse una rosca, no nos mal acostumbremos. Y así, después de todo, después de dejarnos sin autonomía en la política monetaria, después de dejarnos sin soberanía política económica propia, después de despojarnos los intereses europeos burgueses de nuestro propio ser con la complacencia de los políticos y del jefe del estado actual, decir, que los españoles, los pueblos de España, ya no sienten suyas instituciones e intereses extranjeros, los cuales nos postran. Solo sentimos muy nuestra, algo que todavía no han podido quitarnos de las manos: nuestra selección española.