martes, 17 de julio de 2007

EL SOCIALISMO BLANCO EN EL SENO DEL TRADICIONALISMO CARLISTA









"La subida al trono de Isabel "II", en lugar de su tío Don Carlos, significa también el nuevo imperio de una burguesía que va a controlar el proceso industrial, como en el resto de Europa y que, para esto, organiza la vida colectiva a nivel socio-económico, según la lógica de opresión de clase, y a nivel político según el esquema de democracia formal, totalmente ficticio e importado de Europa".



En el seno del tradicionalismo Español que defendía y defiende el Carlismo se encontraba y se encuentra la doctrina socialista blanca del carlismo, que ha ido evolucionando a lo largo del tiempo, desde sus inicios como un socialismo “feudal” como lo clasificaría Marx, hasta el actual socialismo autogestionario.





Como diría Don Carlos Hugo de Borbón en su libro de La Gaya Ciencia S.A. ¿Qué es el Carlismo? En un párrafo:

“La realidad del Carlismo es otra muy distinta a como los historiadores liberales la han intentado presentar. No es el Carlismo “una fuerza que ha aplacado” con manifiesta ausencia de capacidad analítica la categoría “fuerza represiva” en contraposición a la “fuerza progresiva” de los llamados “liberales”. Son otros historiadores y políticos, no carlistas, los que mejor han definido el Carlismo como fuerza popular y el primer socialismo organizado de Europa porque era el “socialismo de alpargata” como lo definiera Unamuno, Costa, Baroja, Marx y otros muchos”.

Ese socialismo blanco situado en el seno de la doctrina tradicionalista defendida por los Carlistas evoluciona desde el socialismo “feudal” al socialismo “autogestionario” pasando por el socialismo “comunalista” en la defensa del Comunal de los Municipios, de la propiedad minifundista campesina y de las tierras de la Iglesia para la manutención de hospicios, leproserías, hospitales y horfanatos. Continuaría el socialismo “colectivista-foralista” con Carlos VII a través del Acta de Loredán y las acusaciones de revolucionario imputadas por los integristas hacia su persona, queda reflejado en una frase: “si el País está pobre, vivan pobremente hasta los ministros, hasta el mismo rey”. Seguiría posteriormente por la defensa de un socialismo “sindicalista” de la etapa Jaimista cuando el Carlismo era consciente de la constante despoblación del mundo rural y la proletarización del campesinado carlista. En el libro de José Carles Clemente, “Crónicas de los Carlistas, la causa de los legitimistas españoles” afirma: El Carlista vizcaíno Pedro Ulaortua, mas conocido como Perico “el marmolista” fue uno de los fundadores de los sindicatos libres vascos, nos ha dejado escrito cómo se crearon:

“Las primeras reuniones las tuvimos en el Circulo Carlista de la calle Jardines, de Bilbao, en el cual nos veníamos reuniendo varios carlistas para crear una organización obrera que defendiera claramente a los trabajadores. Fue sin embargo en 1910 cuando se creó la primera comisión del que se denominó Sindicato Profesional, en el Círculo de la calle Astarloa de Bilbao. En esta comisión estábamos García Álvarez, Oyarzabal, Bonilla, Amurria, Los Arcos, Martínez, Ojenola... todos ellos difuntos.
Nosotros posteriormente convocamos en el círculo del Ensanche de Bilbao una reunión más amplia en la que se crearon los Sindicatos de Oficios Varios, Ferroviarios, etc, ya como Sindicatos Libres. El cambio de nombre fue debido a que los elementos paternalistas organizaron otro Sindicato Profesional de
tendencia amarilla (Católica y Patronal), además de que el nuevo nombre concordaba mejor con nuestra idea”.

Dice más el libro de Clemente:

“El primer programa lo propusieron Casado, Payuelo y Ulaortua en la Asamblea de Huesca de 1919. el Estatuto que se aprobó fue: transformación del sistema capitalista en sistema colectivo; por la unidad de la clase obrera; autonomía del sindicato respecto a la patronal, los partidos y la Iglesia. En palabras de Ulaortua: “La unidad de los trabajadores contra el sistema capitalista, en total autonomía”.


Así mediante el sindicalismo socialista defendido por los Jaimistas se profundiza en un socialismo “cooperativista y colectivista” que rechaza como hemos visto la doctrina capitalista y su pensamiento liberal burgués por egoísta, materialista y suntuoso. Con Juan María Roma se concreta hasta un socialismo "autárquico", al hablarnos de las autarquías regionales y la capacidad de autoabastecimiento y autogobierno de los diferentes territorios españoles.





Ante el “peligro revolucionario” por fuerzas de signo anticristiano, se refugian en el seno del Carlismo elementos integristas que se hacen sus portadores y responsables en momentos determinados oportunistas, intentando llevar hacia objetivos políticos completamente ajenos al carlismo al pretender apoyar los planteamientos de la derecha conservadora burguesa capitalista por la cuestión de la defensa estricta de la religión Cristiana Católica, atendiendo únicamente a Dios y descuidando el resto del lema tradicional Carlista. Siendo la “atención” a Dios, la utilización de la religión Cristiana Católica como elemento de excusa para defender los intereses materiales, plutocráticos conservadores de la derecha liberal burguesa asociada a la CEDA, y así defender más fácilmente el sistema capitalista explotador y expoliador que vende al hombre por el hombre egoístamente utilizando la supuesta defensa de la religión que posteriormente se ha venido viendo el falso interés de la derecha burguesa por la defensa de la Fe, ahora que no es elemento aglutinador, no la defienden, porque nunca la defendieron, solo defendieron sus bolsillos y la detención del poder político-económico que sostienen.


He incorporado distinta documentación para confirmar la presencia histórica del socialismo blanco en el seno del tradicionalismo carlista, su evolución y desarrollo, de forma que la cuestión socialista del carlismo no es una invención ni de Don Jaime III de Borbón, ni de Don Carlos Hugo I de Borbón, sino que se trata de una cuestión, la CUESTIÓN SOCIAL, que venía preocupando a las bases populares carlistas desde el principio del nacimiento del movimiento carlista expresado en el Partido Carlista y el Pueblo Carlista, pues el Carlismo desde el punto de vista estrictamente económico nació como rechazo a la concentración y acumulación de tierra y capital en pocas manos que representaba el conservadurismo capitalista de la revolución liberal burguesa, rechazando la alienación en el trabajo, la estatalización y mercantilización de la sociedad, y la sobreexplotación laboral, esgrimiendo la defensa del Comunal y la defensa de los Fueros y por tanto del Socialismo Blanco, distinto del rojo caracterizado este último por ser ateo y anticlerical al asegurar intelectualmente, influenciado por la doctrina marxista, la alienación del hombre en la religión y por tanto el rechazo de ésta; al tender al estatalismo y centralismo económico y a la negación de los particularismos locales populares.



Según Fontana: “el liberalismo moderado ...que apoyaban la burguesía de las ciudades del litoral y los hombres de negocio que empezaban a surgir en Madrid al compás del incipiente desarrollo de la economía nacional [...] La proclamación de Isabel como heredera de la Corona no fue, pues el resultado de un mero cabildeo cortesano. La burguesía festejó en todas partes el acontecimiento con singular aplauso”.


Según Fontana: “...los intereses del campesinado fueron sacrificados y amplias capas de labriegos españoles, que anteriormente vivían en una relativa prosperidad y vieron ahora afectada sus situación por el doble juego de la liquidación del régimen señorial en beneficio de los señores, y del aumento de los impuestos, se levantarían en armas contra la revolución burguesa y una reforma agraria que se hacían a sus expensas, y se encontrarían, lógicamente, del lado de los enemigos de estos cambios: del lado del carlismo”.

Pi y Margall, haría notar: “...la falta de visión de los liberales respecto a la política agraria y la realización de la desamortización, vincularía a numerosos sectores campesinos a la Causa de don Carlos, entendida como movimiento campesino frente a la “ciudad”, que les oprimía con sus contribuciones en metálico, más difíciles de soportar que los antiguos diezmos en especie”.

Los carlistas critican el lujo escandaloso que invade España y que sólo puede exasperar al obrero. No por casualidad, por otra parte, los partidarios carlistas queman el tren privado del financiero de Salamanca, símbolo de la nueva riqueza. Para ellos, el liberalismo es en realidad el poder de los plutócratas. Valbuena escribe sin rodeos:

“Es una verdad en que se piensa poco o nada, pero evidente para todo hombre observador y reflexivo: en estos tiempos en que tanto se habla de libertad, de igualdad, y sobre todo de democracia, no hay sin embargo nada de esto. Lo que hay desde que se abrió la era de las revoluciones es una verdadera plutocracia, es decir el gobierno de la gente del tanto por ciento, el peor de todos los gobiernos posibles”.


El Semanario Católico Vasco-Navarro, 2 de junio de 1871, art. “Debilidad y crueldad”.



El diputado carlista Múzquiz se pregunta por el devenir de las sociedades que poco a poco se apartan de la idea de la caridad afirmando:

“Hay que pensar sobre todo en que a la raza latina, eminentemente socialista, se le ha arrancado la idea de Dios; y hay que pensar, en fin, en el inmenso peligro que amenaza a la sociedad española el día en que las masas carlistas, que son socialistas, lleguen a perder toda esperanza de restauración”.

J. M. Múzquiz, Consulta a los electores de Estella, pág 65.


“El Carlismo es opinión radicalmente democrática, con puntos y ribetes socialistas”.

Según Arturo Campión, en su novela Blancos y Negros, pág 337.


Un propietario liberal analiza el levantamiento carlista:

“Son estas causas ni más ni menos que de origen socialista, predominando el odio del campesino contra el bilbaíno, como símbolo de ataque del colono al propietario. Los inquilinos vascongados disfrutan generalmente de padres a hijos de sus tierras , y concluyen por creer que tienen más derecho sobre ellas que su legítimo propietario, gracias al cariño y trabajo que las ofrecen”.

Sobre el mismo fenómeno en el Oeste de Francia, ver P. Bois, Paysans de l´Ouest, pág 611.

“Este socialismo está sostenido por el clero, reclutado casi exclusivamente entre las clases más pobres de las Provincias Vascongadas y no muy ilustrado.
Este carácter domina en el fuero y la existencia de bienes comunes dando a los pueblos la propiedad de las minas, montes, marismas, etc., le sostiene”.

El Sitio de Bilbao en 1874, pág 144.

Los medios conservadores liberales denuncian con maligno placer esta tendencia anti-ricos que existe innegablemente en las filas carlistas. Se habla de “socialismo blanco”, y un periódico favorable al Duque de Montpensier, El niño Terso, facilita una información según la cual: “nos dicen de varias provincias que no hay “carlismo” sino “comunismo”.

Para El Diario de San Sebastián, los “socialistas blancos”, que son los carlistas, son mucho más peligrosos para la propiedad que los “rojos”. El periódico La Época confirma la existencia de esta tendencia “socialista” en el carlismo vizcaíno.



Un propietario navarro que se dice partidario de una libertad tan alejada del “socialismo rojo” como del “socialismo blanco”, critica así los sermones sediciosos de algunos sacerdotes carlistas:

“No hace mucho que el párroco de uno de los pueblos importantes de Navarra, furibundo carlista por más señas, predicaba a sus feligreses sirviéndole de texto aquellas palabras del Evangelio “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que el que se salve un rico”. ¿Y qué dirá el doctor si nosotros, que oímos por desgracia el sermón, le decimos que fue de un color socialista del más subido rojo? ¿Será sabio el referido párroco? Pues como éste hay muchos en Navarra, y por desgracia en el mundo”

Cartas de un labriego navarro, Madrid, 1872, pág 73.








Cuando el levantamiento de los Matiners, las autoridades liberales hacían acusaciones parecidas contra las partidas carlistas del conde de Montemolín, Carlos VI en la genealogía carlista:

...lo que no pretende restablecer Montemolín es el absolutismo y si en cambio un gobierno constitucional. Pero no para aquí el engaño que padece nuestra credulidad. Tampoco es monarquía constitucional, como la que tenemos, ni a don Carlos lo que se pretende, no, montañeses: es el fatal comunismo en toda su extensión y horror, es este sistema desorganizador del mismo; es, en fin, el terrible combate del que no tiene contra el que tiene: en una palabra, la destrucción de la religión; es decir, “que los bienes sean comunes”, esto es, de todos en general, y de ninguno en particular: que los padres no tendrán dominio sobre sus hijos; ni éstos sujeción respecto a sus padres; que los templos y sus ministros serán abolidos... tal es el comunismo".

“Manifest del poble de la Garriga”, 25 de enero de 1849 citado por J.C. Clemente y C. S. Costa en Montejurra 1976, Barcelona 1976, pág 13.






Y dicen más los liberales catalanes:






"Y que estos sean los intentos no podemos dudar. Prescindiremos de aquella monstruosa hermandad que se ha hecho con los republicanos, por más que ahora quieran hacernos ver lo contrario; y nos atendremos solamente a las ideas manifestadas, a los discursos pronunciados en diferentes pueblos y reuniones por el propio general en jefe de las tropas carlistas; ideas y discursos que, siendo declaradamente democráticos y desorganizadores, en una palabra “comunistas”, no han podido menos que alarmarnos y hacernos poner sobre aviso, mayormente que desde presentadas y sometidas a la Reina varias brigadas y partidas de “matiners”, y no existiendo ya la de los republicanos, se continúa con más prisa y rigor que nunca exigiéndose las contribuciones, las cuales importan mucho más de lo que pensamos, y no son muy superiores a lo que se puede necesitar para sostener cuatro mil hombres que escasamente tendrán entre todas las partidas carlistas que quedan".







Manterola critica a la Inglaterra industrial que domina y explota al hombre como no había sucedido jamás. El canónigo de Vitoria nos hace pensar en León de Arroyal cuando condena las tristes consecuencias de la prosperidad inglesa para el proletariado del país:


"¿No es allí mismo a la vez el hombre esclavo envilecido de la industria moderna, explotable como un producto cualquiera, una máquina más, de mayor o menor fuerza, que vale cuanto produce, en razón de la resistencia que ofrece al rozamiento incesante de un trabajo abrumador?
Y esos hombres, y esas mujeres, y aun esos niños, que pasan su vida enterrados en las glaciales entrañas de húmedas y negras minas, sin Dios, ni familia, ni patria; sin un rayo de luz para sus almas, sin un consuelo para su espíritu; esos seres embrutecidos, que tienen como enmohecida su inteligencia y paralizados los resortes del corazón, condenados a morir prematuramente, sin haber logrado su desarrollo físico y moral, deberán estar muy agradecidos a la civilización de la Gran Bretaña? Esos infelices son indudablemente más desgraciados que lo fueron jamás los esclavos en nuestras colonias de Ultramar...
Inglaterra se preocupa mucho de un minuto, de un segundo, porque ese segundo, ese minuto son tiempo, y el tiempo es allí dinero, como lo es en toda sociedad condenada al servilismo rutinario del “tanto por ciento”. Un segundo en el mundo mercantil puede significar la solución de una crisis monetaria; puede ser la fabulosa ganancia de una exorbitante jugada; puede determinar el aplazamiento del descrédito y de la ruina, y sostener el principio de una inmensa fortuna. Pero un hombre que nada tiene y nada puede adquirir ¿qué valor representa en Inglaterra?".

V. Manterola, Don Carlos es la civilización, pág 5. Sobre León de Arroyal, ver el artículo de F. López, “León de Arroyal auteur des Cartas Político-Económicas al Conde de Lerena”, Bull. Hisp. T. LXIX, 1967, núm. 1-2, pág 49.







El periódico La Reconquista subraya el abismo cada vez mayor que la sociedad moderna abre entre obreros y ricos, y comprende el auge del socialismo:

“El obrero de la fábrica, verdadero esclavo convertido por el liberalismo en una máquina, buena sólo para producir, pero indigna de todo cuidado moral; ese obrero a quien se encierra en una especie de lóbrega cueva, donde ni penetra apenas la luz del sol, ni el aire de los campos; ese obrero a quien no se le deja ni tiempo para pensar en Dios, ni descanso para que repose en el seno de su familia y dirija una mirada a sus hijos; ese obrero que al salir de su prisión llevando aún los pulmones llenos de nauseabunda atmósfera de la fábrica, y los ojos fatigados por la luz artificial, y los oídos estremeciéndose todavía con el atronador y monótono chirrido de las máquinas, se encuentra en medio del alegre bullicio de una gran ciudad y ve pasar a su lado un sibarita cuya fortuna sabe que está formada con bienes que arrebató a la Iglesia o que ganó en el juego de la política, el más inmoral de todos los juegos; ese obrero que al volver a su casa, si por acaso es tan venturoso que la tiene, ve por todas partes el refinamiento de una civilización sensual y materialista; ve palacios suntuosos en las calles, manjares delicadísimos en las fondas, molicie y afeminación en todas partes; ese obrero a quien le han enseñado que el clero es su enemigo y la Iglesia su verdugo arrancándole así el sentimiento de la Religión, único asilo de paz y dulce sosiego en donde podía encontrar inagotables consuelos y fortaleza inextinguible, ese obrero escucha una voz que le promete hacerle dueño de toda esa riqueza material,...”

La Reconquista, 4 de abril de 1872, art. “La cuestión social”.







Los publicistas carlistas hablan con desprecio de los explotadores, hombres de negocios que produce el capitalismo, y frente a los cuales sólo están los hombres de fe. Se denuncia a las clases ricas por la practica tendente al monopolio, terrible novedad capitalista, al aumentar la pobreza de los desheredados. Según Feliú de la Figuera

“Las clases ricas... como el espíritu de monopolio o de mercantilismo lo ha invadido todo, se han hecho... especuladoras, siendo lo peor cuando el monopolio o tráfico recae en los artículos de primera necesidad, como sucede ahora con las fábricas de harinas recientemente construidas, cuyos dueños, acopiando el grano de lejanas provincias, hacen que todas las clases de la sociedad coman caro el pan aunque la cosecha haya sido abundante”.

Feliú de la Figuera, Reflexiones sobre el liberalismo, pág 264.







En los escritos carlistas de la época, todos los términos que pueden guardar relación con las finanzas, la banca, el comercio o el accionariado, están teñidos de las connotaciones más negativas:

“Está visto: no tenemos que habérnoslas con verdaderos soldados sino con verdaderos mercaderes; no con un ejercito que maneja la espada en noble lid sino con una como sociedad anónima de banqueros, que va buscando el filón de una mina de debilidades humanas para explotarla”.

El Cuartel Real, 25 de diciembre de 1875, art. “Mercaderes”. Pensamos en el inglés Burcke, que escribía: “Pasó la edad de la caballerosidad. Le ha sucedido la de los sofistas, economistas y calculadores, y la gloria de Europa se ha extinguido para siempre”. Citado por R. Aron en Espoir et peur du siècle”, París, 1957, pág 11.






En el programa que propone Don Carlos es “privilegiar” a la pequeña propiedad:

“Que la pequeña propiedad quede dispensada de todo tributo, de todo gasto de inscripción y de toda clase de costas, mediante un recargo en progresión creciente sobre la gran propiedad. Hacen falta modestas industrias; más obreros fabricantes y más fabricantes obreros para que los capitalistas desciendan y los trabajadores se eleven al bienestar sin lujo y sin miseria, ideal a que debe aspirar la política del trabajo”.

I. Caso, op. Cit., pág 444.






Los carlistas critican las iniciativas que refuerzan el poder de la burguesía de banqueros, industriales, grandes terratenientes afirmando:

“La desamortización eclesiástica y civil, tanto por su forma cuanto por su fondo y sus resultados ha sido en España un acto de rapiña abominable, una detención escandalosa de la fortuna pública, un golpe de estado liberticida”.

L. Herrero, El gobierno carlista, pág 80.






Artiñano y Zuricalday precisa las modalidades de esta expoliación:

“Las leyes desamortizadoras han arrancado a las Comunidades y pueblos los bienes adquiridos legítimamente, ofreciéndoles en cambio un papel que no acaban de recibir y cuyos intereses se pagan tarde o nunca”.

Artiñano y Zuricalday, Jaungoicoa eta Foruac. La causa vascongada ante la revolución española, Vitoria, 1869, pág. 58.







Don Jaime III de Borbón, Rey Legítimo de las Españas basó su línea política en los sectores obreros y juveniles del carlismo, quien no dudó en proclamarse socialista:

“Cuando se ha tratado de mejorar las condiciones sociales del obrero, me han parecido siempre tibias todas las reformas e insuficientes todos los esfuerzos; me considero y me he considerado siempre como un socialista sincero, en el sentido exacto de la palabra, y nadie podrá negarme que en todo momento he hecho cuanto he podido para conocer las necesidades verdaderas del pueblo y procurar que se considerara la cuestión social como el problema esencial para todos los hombres de gobierno”.






O este otro:






"Es verdaderamente intolerable que en España y fuera de España se mendigue como una merced lo que es un derecho para el necesitado y una obligación para el gobernante".





Juan Vázquez de Mella llegaría a decir: “El Carlismo ha sido, ante todo y sobre todo, una fuerza social; y las muchedumbres carlistas, en caso de quedar sin rey, pueden irse a su casa o a engrosar el socialismo”. O esta otra frase atribuida a su persona: "mas sociedad, menos estado" queriendo afirmar: "mas sociedad, menos estado, menos mercado", ante la fuerte presencia del mercantilismo capitalista y del estatalismo comunista.







Ignacio Romero Osborne, Marqués de Marchelina, en noviembre de 1972 diría:





"Nuestro socialismo está lejos de designar un sistema que destruya la persona humana o la comunidad, y lo qué si queremos designar es una sociedad o régimen al servicio de esa comunidad y por consiguiente del hombre".







Don Carlos Hugo de Borbón, en mayo de 1974 diría:





"La opción socialista del carlismo es la de un socialismo en libertad. Y el socialismo en libertad, supone la gestión democrática de la sociedad. El socialismo en libertad supone, además una concepción de autogestión global, de toda la sociedad. Nuestro planteamiento político se contrapone a las concepciones capitalistas dictatoriales, a las democracias formales y al socialismo de estado, porque busca, en una intensa participación, liberar la capacidad creadora del hombre y las comunidades".








Don Javier de Borbón, en mayo de 1974 diría:





"En nuestro afán superador perseguimos alcanzar la construcción de un estado socialista de autogestión que responde a un viejo anhelo cristiano del carlismo: devolver al pueblo su soberanía".







José María de Zavala, año 1977:





"Todo cristiano es socialista. Cualquier forma apologética del cristianismo que se oriente en otras direcciones puede conducir al conflicto de la lucha de clases... creo que es muy dificil ser cristiano y no ser socialista".







Doña María Teresa de Borbón, noviembre de 1997:





"El Carlismo es una experiencia histórica muy arraigada en el presupuesto federalista de libertad colectiva y de aunar la esperanza cristiana y socialista. Y eso no ha muerto. Eso tiene futuro en España y en la sociedad europea".





Podemos resumir la evolución del pensamiento socialista blanco en el carlismo de la siguiente manera:


SOCIALISMO FEUDAL-CAMPESINO DE ALPARGATA asociado a la época del rey legítimo español Don Carlos V de Borbón.


SOCIALISMO REGIONALISTA-COMUNALISTA asociado a la época del rey legítimo español Don Carlos VI de Borbón.


SOCIALISMO COLECTIVISTA-FORALISTA asociado a la época del rey legítimo español Don Carlos VII de Borbón.


SOCIALISMO SINDICALISTA-FEDERALISTA asociado a la época del rey legítimo español Don Jaime III de Borbón.


SOCIALISMO AUTÁRQUICO-FEDERATIVISTA asociado a la época del rey legítimo español Don Alfonso Carlos I de Borbón.


SOCIALISMO FEDERALISTA-COOPERATIVISTA asociado a la época del rey legítimo español Don Javier I de Borbón.


SOCIALISMO CONFEDERALISTA-AUTOGESTIONARIO asociado a la actualidad carlista, defendida por el rey legítimo español Don Carlos Hugo I de Borbón.
El Socialismo Blanco del carlismo es originario del movimiento campesino de resistencia contra el nuevo orden liberal legal oligárquico burgués, dirigido por aristócratas rurales hidalgos y curas rurales asociados a un socialismo comunitario y comunalista muy particular, defensor de las tradiciones de los pueblos de España, sus Cortes Locales y Fueros, un socialismo que nada tiene que ver con el movimiento obrero proletario rojo y ateo, originario de las fábricas y la industrialización, de los cuales se derivan los pensamientos marxistas socialistas, comunistas y anarquistas, también como contestación al orden opresor oligárquico burgués.


Mas información en: "Los cristianos ante el socialismo autogestionario", Adolfo Goñi. Cuadernos de Historia del Carlismo nº 6 junio 1998.



"La Ideología Carlista (1868-1876), en los orígenes del nacionalismo vasco. Autor: Vicente Garmendia.